22/12/09

EL CULTO A LA HERRUMBRE

Debe ser que ya soy muy antiguo, pero no entiendo bien la moda de la herrumbre.



Parece que existiera un culto hacia la misma, porque la mayoría de esculturas, vallas, miradores, que se instalan en la actualidad, todo ello es de desnudo hierro sin pintar y, por lo tanto, tarde o temprano, lo recubre esa maldita herrumbre, ese óxido u orín que, al resbalar, deteriora aceras, muros, pedestales… mancha la ropa y hasta los ojos de los ciudadanos, hartos como yo, de ese tedio rojizo que ha invadido el entorno.


 
La corrosión que ocasiona la herrumbre suele deberse a la humedad o a la salinidad, y si no se aplica un producto que la detenga, es como una caries que lo devora todo sin remedio y termina arrastrando con ella, poco a poco, las propias estructuras.  

Sigo sin entender el porqué de esta nueva manía por la herrumbre, máxime cuando ya existen en el mercado convertidores poliméricos, que vienen a ser productos anticorrosivos que se aplican directamente sobre el óxido, logrando encapsularlo para, quitándole el oxígeno, evitar la corrosión, creando al mismo tiempo una especie de pavonado protector; evitando así el trabajo que suponía lijar y pintar luego esas superficies.


 
Es una pena que no pueda adjuntar aquí más fotografías que lo documenten, pero si a partir de ahora intentan fijarse en lo que digo, descubrirán que existen multitud de cosas que la herrumbre recubre a nuestro alrededor y, cómo no, sus correspondientes regueros de incontenibles manchas: la valla exterior del Hospital Universitario, la pared de la vía del barranco de Santos, la horrorosa "escultura" del puente de la calle Salamanca, el "tobogán" de la Plaza de Europa, la chimenea de la Estación Marítima, la base de "la fea" que conmemora la derrota de Nelson, la fachada del Hotel-Escuela, El Parque de Cuchillitos de Tristán, los miradores de toda la isla, etc. etc. etc.


¡Ah!... También había, en sustitución de una magnífica fuente, cuatro vigas herrumbrientas que, en posición vertical, por lo visto adornaban la Plaza del Cristo de La Laguna. Afortunadamente el pueblo hizo presión y fueron retiradas.

Miguel Ángel G. Yanes

12/12/09

EL TRANVÍA Y LA JOVEN CRI

Me llamaba la atención, desde un principio, el silencio casi religioso en que se sumía, prácticamente, la totalidad de los viajeros del tranvía, en contraposición a la distendida algarabía que se suele escuchar en las guaguas.


Tal vez íbamos demasiados tensos por lo novedoso del medio de transporte y, a no ser que sonara algún teléfono móvil, obligando a responder a la llamada, no se oía ni una mosca. De haber sido así, parece que lo vamos superando, porque ya se escuchan las conversaciones de rigor, algún chiste, algunas risas y como no… los que pueden romperte el tímpano con un chorro de decibelios disparado a toda presión contra tu oído.


La joven que hoy iba sentada frente a mí, era una de estas personas.

El tono de su voz era demasiado agudo y su intensidad altísima (supongo que se le oiría perfectamente en todos los vagones) pero, además, “rajaba” que daba gusto. Hablaba a grito pelado con un amigo que iba a su lado y no se hartaba de decir lindezas de una conocida común:

“Que basta es. ¿Tú te has fijado como viste? No sé para que se pone esos tacones, si no sabe caminar con ellos. A todos lados va con el novio; tendrá miedo de que se lo quiten. Y pretendía presentarse a Miss…”


Yo la observaba con detenimiento y no conseguía entender cómo una chica joven y guapa como aquélla, sólo echaba sapos y culebras por la boca.

Hay que ver. Con la edad que tengo y a veces no consigo reprimirme. Nunca terminaré de aprender. Así que cuando ya me encontraba de pie, a punto de abandonar el tranvía, viendo que ella continuaba con su larga letanía, me giré y le dije:

“Señorita, le recomiendo que cambie de canal”. Ella me miró sin entender de qué le estaba hablando.




Reconozco que soy un entrometido.

Miguel Ángel G. Yanes