22/12/09

EL CULTO A LA HERRUMBRE

Debe ser que ya soy muy antiguo, pero no entiendo bien la moda de la herrumbre.



Parece que existiera un culto hacia la misma, porque la mayoría de esculturas, vallas, miradores, que se instalan en la actualidad, todo ello es de desnudo hierro sin pintar y, por lo tanto, tarde o temprano, lo recubre esa maldita herrumbre, ese óxido u orín que, al resbalar, deteriora aceras, muros, pedestales… mancha la ropa y hasta los ojos de los ciudadanos, hartos como yo, de ese tedio rojizo que ha invadido el entorno.


 
La corrosión que ocasiona la herrumbre suele deberse a la humedad o a la salinidad, y si no se aplica un producto que la detenga, es como una caries que lo devora todo sin remedio y termina arrastrando con ella, poco a poco, las propias estructuras.  

Sigo sin entender el porqué de esta nueva manía por la herrumbre, máxime cuando ya existen en el mercado convertidores poliméricos, que vienen a ser productos anticorrosivos que se aplican directamente sobre el óxido, logrando encapsularlo para, quitándole el oxígeno, evitar la corrosión, creando al mismo tiempo una especie de pavonado protector; evitando así el trabajo que suponía lijar y pintar luego esas superficies.


 
Es una pena que no pueda adjuntar aquí más fotografías que lo documenten, pero si a partir de ahora intentan fijarse en lo que digo, descubrirán que existen multitud de cosas que la herrumbre recubre a nuestro alrededor y, cómo no, sus correspondientes regueros de incontenibles manchas: la valla exterior del Hospital Universitario, la pared de la vía del barranco de Santos, la horrorosa "escultura" del puente de la calle Salamanca, el "tobogán" de la Plaza de Europa, la chimenea de la Estación Marítima, la base de "la fea" que conmemora la derrota de Nelson, la fachada del Hotel-Escuela, El Parque de Cuchillitos de Tristán, los miradores de toda la isla, etc. etc. etc.


¡Ah!... También había, en sustitución de una magnífica fuente, cuatro vigas herrumbrientas que, en posición vertical, por lo visto adornaban la Plaza del Cristo de La Laguna. Afortunadamente el pueblo hizo presión y fueron retiradas.

Miguel Ángel G. Yanes

12/12/09

EL TRANVÍA Y LA JOVEN CRI

Me llamaba la atención, desde un principio, el silencio casi religioso en que se sumía, prácticamente, la totalidad de los viajeros del tranvía, en contraposición a la distendida algarabía que se suele escuchar en las guaguas.


Tal vez íbamos demasiados tensos por lo novedoso del medio de transporte y, a no ser que sonara algún teléfono móvil, obligando a responder a la llamada, no se oía ni una mosca. De haber sido así, parece que lo vamos superando, porque ya se escuchan las conversaciones de rigor, algún chiste, algunas risas y como no… los que pueden romperte el tímpano con un chorro de decibelios disparado a toda presión contra tu oído.


La joven que hoy iba sentada frente a mí, era una de estas personas.

El tono de su voz era demasiado agudo y su intensidad altísima (supongo que se le oiría perfectamente en todos los vagones) pero, además, “rajaba” que daba gusto. Hablaba a grito pelado con un amigo que iba a su lado y no se hartaba de decir lindezas de una conocida común:

“Que basta es. ¿Tú te has fijado como viste? No sé para que se pone esos tacones, si no sabe caminar con ellos. A todos lados va con el novio; tendrá miedo de que se lo quiten. Y pretendía presentarse a Miss…”


Yo la observaba con detenimiento y no conseguía entender cómo una chica joven y guapa como aquélla, sólo echaba sapos y culebras por la boca.

Hay que ver. Con la edad que tengo y a veces no consigo reprimirme. Nunca terminaré de aprender. Así que cuando ya me encontraba de pie, a punto de abandonar el tranvía, viendo que ella continuaba con su larga letanía, me giré y le dije:

“Señorita, le recomiendo que cambie de canal”. Ella me miró sin entender de qué le estaba hablando.




Reconozco que soy un entrometido.

Miguel Ángel G. Yanes

30/11/09

ME HA LLEGADO LA ONDA...


Sí, como lo leen. Me ha llegado la onda de que un grupo de personas intenta presionar, con una serie de razones más o menos discutibles, para que se vuelvan a permitir las corridas de toros, prohibidas por ley del Gobierno Canario desde 1991, aduciendo que la ley "se refería fundamentalmente a los animales domésticos, y el toro bravo no lo es", lo cual llevaría a revocar la misma, cosa harto improbable. Todo ello con la digna idea de preservar, de alguna manera, la plaza de toros de Santa Cruz de Tenerife, amenazada por una bandada de buitres inmobiliarios que la sobrevuela con insistencia, y evitar así su demolición, que conllevaría la construcción de un edificio de viviendas, aparcamientos y locales comerciales.  

Una de las frases cogidas a vuelapluma fue: "Es que es la fiesta nacional de España". Sí señor, eso no lo discute nadie, aunque habría que preguntarle a los toros por la palabra "fiesta", pero no la de Canarias. Y eso quedó claro hace 18 años. 
Alguien apuntó también, supongo que con su mejor intención, la posibilidad de que fuera un espectáculo enfocado al turismo que nos visita, y yo me quedé mascullando entre dientes que si, quieren ver corridas de toros, vayan a la Península, que en sus dos países las celebran (creo que el verbo no es el apropiado) o detrás de los Pirineos que también, aunque por poco tiempo.  
 

No poseo ningún tipo de conocimientos sobre arquitectura y, aunque he leído que la plaza data de 1893 y se remodeló en los años veinte tras sufrir un aparatoso incendio, desconozco si dicha construcción pertenece al estilo neomudéjar, "neo-puro hormigón" u otros, y si arquitectónicamente tiene algún valor; aunque, fiándome de la magnífica reflexión efectuada por D. Federico García Barba en la Red de Redes:


He de inferir que no. Pero la he visto ahí durante toda mi vida; la considero un importante punto de referencia de la ciudad y no me gustaría que desapareciera. Pero claro, habrá que darle alguna utilidad.

 

Miguel Ángel G. Yanes
26/05/09

22/11/09

A MANUEL DE LOS REYES PEÑA SIVERIO, IN MEMORIAM

Hoy he perdido a uno de mis mejores amigos. Un hombre íntegro, un artista al que nunca le sonrió la suerte. Nació pobre, vivió pobre y murió pobre en una aséptica habitación de hospital. Tenía talento, mucho talento, pero nadie le dio jamás una oportunidad. Si en sus años de juventud algún mecenas lo hubiera encaminado, tengo por seguro que hoy sería un pintor de renombre. Pero no fue así.


"Aquí quedaría bien una foto suya,
pero, lo que son las cosas,
no tengo ninguna."

Poseía una mano única para el dibujo, y sí no, que se lo pregunten a la gente de nuestra época. La mayoría de los tatuajes que lucen fueron dibujados por él. También tenía una facilidad innata para la música y no digamos nada para todo tipo de manualidades; trabajó el cuero, la madera, el metal, haciendo cruces, pulseras, pendientes. Reparó lavadoras, televisores, equipos de música, teléfonos móviles. Eran pocos los aparatos domésticos que se le resistían, pero siempre a base de cáncamos, laborando al tran tran, porque nunca consiguió un puesto de trabajo estable. ¡Miento!… tuvo uno. Allá por los años 70 llegó a ser oficial troquelador en la Litografía Ramírez, hasta que el famoso Santaella arrambló con los cuartos y se fue todo al traste. Y como aquel era un oficio a desaparecer, máxime cuando la única empresa que quedaba activa en ese ramo comenzaba a rescindir plantilla, no tuvo más remedio que demandar empleo como peón en la oficina de marras. Y jamás lo llamaron. Luego vendrían los años más duros, económicamente hablando, hasta los últimos tiempos en que sobrevivían (él y su familia) apenas con una mísera pensión y el poco dinero que sacaban los domingos, vendiendo en el Rastro una serie de objetos que vecinos y amigos les llevaban.



Desde estas líneas quiero pedirle a Israel, su hijo, que guarde su memoria. Que lo recuerde con el respeto y el cariño que merece, como un buen padre que sólo buscaba lo mejor para su hijo, aunque algunas veces no acertara en las formas. Sé que chocaban, como chocan siempre las diferentes generaciones, pero también sé que lo amaba profundamente y que se sentía orgulloso de él, aunque hubiera querido que no abandonara los estudios. Espero que cumplas sus expectativas, y te conviertas en un hombre de bien, como él quería.

Tu padre fue todo un personaje: autodidacta, innovador, casi un ídolo de aquellos años en los que fuimos jóvenes. Sí, aunque no te lo creas, nosotros también fuimos jóvenes; luchamos a brazo partido por un mundo mejor y nos vencieron... casi. Por eso te pido que jamás abandones, que no te rindas nunca, que luches por sacar adelante a tu familia, que protejas a tu hermana (la mayor tristeza de tu padre era no poder verla crecer) y que persigas tus sueños con ahínco, hasta el final. Es algo que le debes.


Miguel Ángel G. Yanes

20/11/09

AL AYUNTAMIENTO PORTUENSE

Es de bien nacido ser agradecido. Por ello considero que, después de haber denunciado en su momento el lastimoso y deplorable estado en que se encontraba la calle Robles del Puerto de la Cruz (para quienes no la ubiquen, diré que es la que comienza frente al Jardín Botánico para desembocar en la calle Aceviño, en la parte baja de La Paz) ahora me toca felicitar a la corporación municipal, ya que, por fin, se están acometiendo las obras de asfaltado y repavimentación de dicha vía, cosa que agradezco profundamente como usuario de la misma.


No obstante me gustaría puntualizar que la calle Retama, donde se encuentra la entrada principal del Jardín Botánico, aunque no alcanza aún el grado de deterioro de la anterior, va camino de ello, pues al servir de enlace con la Carretera del Este, ha experimentado, en los últimos años un importante aumento en el volumen de tráfico, lo que ha provocado que el firme (que no lo es tanto) se haya resentido sensiblemente.
 

Está claro que "parche aquí, parche allá" es un estribillo que no acaba de solucionar el problema, porque a los pocos días cambia y vuelve a sonar "bache aquí, bache allá". Me parece que para solventarlo se hace necesario recurrir también a una cura en profundidad más temprano que tarde.


Y ya que hablamos de calles, no puedo dejar de mencionar la avenida Marqués Villanueva del Prado. La entrada principal a una ciudad turística no puede estar en esas condiciones. Si tengo que buscar una palabra para definir su estado sólo me sale ¡lamentable!



Espero que la obra de la calle Robles, así como la del Mirador de La Paz, que también se está ejecutando en la actualidad, no sean algo puntual, sino el comienzo de una verdadera campaña de restauración que, junto con otro tipo de medidas que se antojan urgentes ante el visible deterioro experimentado en los últimos años, sirva para que esta ciudad recupere su prestigio y su proyección internacional como centro turístico de primer orden.

Miguel Ángel G. Yanes
28/04/09

10/11/09

EL DIOS DE LA AVARICIA MATERIAL


Como un canario más con, al menos, dos dedos de frente, quiero solidarizarme con los razonamientos expuestos por don Pedro Antonio Martínez Martín, publicados en la presnsa local el 31-03-09, bajo el título "Tren del Sur". Escueto y puntual. Pocas razones de tanto peso pueden aducirse con menos palabras.


Aunque hay algo con lo que no estoy totalmente de acuerdo. Yo no creo que lo que en realidad motive a esos "descerebrados" sean las grandes locuras, sino más bien los grandes pelotazos. ¿Pero es que no vemos lo que ocurre ante nuestros propios ojos? Los mismos de siempre enriqueciéndose a manos llenas, a costa de arrasar nuestro patrimonio natural, de llevar a cabo obras faraónicas, de destruir y construir sin tino, deteriorando irreversiblemente este frágil territorio y, con él, el futuro de nuestros hijos.



Está claro, clarísimo, que "los de la pomada" tienen todas sus necesidades cubiertas y que, en el fondo, les importan un… (iba a decir un carajo, pero me pareció de mal gusto) las verdaderas necesidades de la isla y de los isleños. Sólo los mueve un desmedido afán de riqueza y poder. ¿Cómo es posible que este pueblo nuestro no reaccione, no se rebele de una vez contra tanto despilfarro, tanto despropósito y tanto mamoneo?

¡Señores!, aquí hay una ciudadanía trabajadora que paga religiosamente sus impuestos y se merece un respeto. Y éste pasa por cubrir con urgencia sus necesidades perentorias.

 

¡Sí! Yo también abogo por una sanidad en condiciones (me viene a la memoria una viñeta humorística donde un mago dice: "Pedí una sanidad en condiciones y me dieron un policía autónomo"). Esa es otra fruslería de alguien que también desea pasar a la posteridad como artífice de otro despropósito. 

Los pueblos no evolucionan fomentando el crecimiento de cuerpos represivos, sino fomentando la educación y la cultura. Pero claro, los que manejan los hilos saben a ciencia cierta que, cuanto más culto es un pueblo, más difícil resulta de manipular. O sea, que las marionetas, cuantos más hilos tienen, más complicadas son.



Después del Tren del Sur, vendrá el Tren del Norte, y si nos descuidamos, un tren transversal que una el norte con el sur, y más tarde un tren turístico que descienda a las profundidades del Averno, para visitar el balneario que regenta el patrón de estos "mammones": servidores de Mammón, el dios de la avaricia material.

Miguel Ángel G. Yanes
13/04/09

2/11/09

AUTORIDAD PORTUARIA

Tengo 54 años ya cumplidos y nunca me había ocurrido esto.

El martes, 27 de octubre de 2009, a las once de la mañana, el puerto de Santa Cruz de Tenerife presentaba la imagen de otra época. Al contrario de lo que suele ser común, y coincidiendo con el comienzo de la temporada de cruceros, la línea de atraque del muelle sur se hallaba al completo.


Tres trasatlánticos gigantescos y un magnífico velero (el único cinco palos del mundo), ocupaban la totalidad de un muelle casi siempre vacío y desangelado.


No ya por los grandes trasatlánticos, que a fin de cuentas se me antojan enormes edificios flotantes, sino por ver de cerca el "Royal Clipper", decidimos, el amigo Paco Morera y yo, acercarnos al mismo. Digo bien "decidimos", porque "poder" no pudimos. Unos agentes de la autoridad portuaria (ella y él) nos impidieron el paso en la misma entrada del muelle.


- ¿A dónde van? Nos espetaron.

- A ver de cerca ese velero. Contesté.

- ¡No se puede pasar!

- ¿Me explica por qué?

- ¡Órdenes!... Por seguridad.

-¿Quiere decir que, a dos ciudadanos nacidos aquí, que viven aquí y que pagan escrupulosamente sus impuestos aquí, no se les permite acceder al muelle (construido y mantenido con esos impuestos) para ver un barco de cerca?

-¡Exactamente! Hablaba él, sonreía ella.

De pronto se me llevaron todos los demonios (y aún no he vuelto)

-Pues esto habrá que denunciarlo en algún medio. Repliqué.

-¡Pues hágalo Vd!. Se me dijo con sorna. Y en ello estoy.



Cuando nos frenaron en seco, pensé que tal vez hubiera bastado con llevar una cámara al hombro para acceder al dique sin problemas, porque de la interminable hilera de supuestos turistas que nos antecedía, no vimos que detuvieran a nadie, ni que pidieran ningún tipo de identificación, salvo a nosotros. ¿Será porque mi amigo y yo somos morenos y de baja estatura, qué resultamos sospechosos? Me da la sensación de que con la excusa del terrorismo internacional, están estrangulando muchas de nuestras libertades. 


Me crié en ese muelle. Me fugaba del colegio con doce o trece años para deambular por aquel mágico lugar que abarcaba desde la Marquesina a la Grúa Titán. Soñaba con los barcos; subía sus escalas, unas veces con más suerte que otras, por el mero placer de recorrer la cubierta, sobre todo si se trataba de algún buque de vela, sentir su tenue balanceo una vez los cabos atados al noray, chapurrear con la tripulación algunas palabrejas en un inglés de puro garrafón… y no digamos nada si te dejaban tocar la rueda del timón. Es menester decir que algún que otro coscorrón alcancé en mis intentos. Pero nadie nos prohibía el acceso a los muelles, y los chicos de entonces nos movíamos libremente por aquella extensión del paraíso. 


Pero… ¿a qué situación hemos llegado en la actualidad? El puerto parece un país extranjero, con sus fronteras, su propia policía, sus excesivas normas... Y después se preguntan por qué los chicharreros vivimos de espaldas a la mar.

Si por razones de seguridad, el pueblo llano no puede acceder a la plataforma portuaria, pido desde aquí a quién competa, que se vuelva a habilitar el acceso al paseo del muelle sur, para que todos los ciudadanos podamos disfrutar de "nuestro puerto" como hacíamos antaño. 
  


¡Y déjense de "mamonadas"!

Miguel Ángel G. Yanes

30/10/09

UNA BOUGANVILLA SE RESISTE A MORIR

Primero voy a intentar ubicarla por si ustedes no han reparado en ella: Puerto de la Cruz; Urbanización La Paz, parking del supermercado SPAR; confluencia con la avenida Marqués Villanueva del Prado. (¡Que venga Dios y la vea! No entiendo cómo una ciudad turística se puede permitir tener el asfalto de su acceso principal en unas condiciones tan deplorables). Pues bien, en esa esquina, una bouganvilla se resiste a morir.
 
 

Cuando se asfaltó, años ha, el terreno de lo que hoy en día es el mencionado aparcamiento, ella ya se encontraba allí, pero nadie tuvo la delicadeza de dejarle, al menos, un palmo de tierra junto al muro donde pudiera medrar. La cortaron a ras del suelo y la cubrieron de "piche".

Pues sí, "piche" fue lo que sepultó las raíces de la bouganvilla, una capa asfixiante, ardiente, pegajosa, densa y oscura que parecía condenarla sin remedio, pero también fue "piche" lo que, contra todo pronóstico, se resquebrajó un día ante su empuje.

Y hoy, diminutas ramas intentan aferrarse con desesperación al aire diáfano, a un rayo de sol, a una gota de lluvia.


No molesta a nada ni a nadie, y sin embargo sobrevive a duras, a durísimas penas en un rincón carente de lo más elemental, sin que se le preste la más mínima ayuda. Así y todo, en un alarde de generosidad, regala sus incipientes flores a los ojos de todos aquellos que reparan en ella.  
 

No sé de quién depende el minúsculo territorio donde habita; si del ayuntamiento, del supermercado o de algún particular, pero pido por favor que, sea quien sea, tenga a bien compensar su empeño, su lucha, su generoso sacrificio, habilitándole un mínimo espacio, una diminuta poceta, un puñado de tierra desde donde pueda trepar libremente hacia la luz, porque así, al tiempo que crece, la magia de su alquimia va a llenarnos el alma de paz, de malva, de silencio.

Miguel Ángel G. Yanes
01/04/09

25/10/09

A CUENTA DE UN POEMA DE MACCANTI


Comencé a conocer la obra de Arturo Maccanti a principios de los años 80, merced a mi amiga Mª Cleofé Linares, que era y supongo seguirá siendo (no hemos hecho mucho caso a Platón y ha crecido algo de hierba en el sendero de nuestra amistad) una ferviente admiradora del poeta.

De inmediato me sentí cautivado por la profundidad de su poesía. Leí con avidez los libros que a mis manos llegaron y descubrí que me sentía bastante identificado con su perspectiva de la vida, con el ritmo vital de su búsqueda y también de su denuncia. Puede que haya leído poemas más hermosos, pero pocos me han impactado tanto como "Columpio solo".  
 
Lo he releído en diversas ocasiones a lo largo de estos años y sigue estremeciéndome el mismo escalofrío de la primera vez. Cuánto dolor y cuánta tristeza se hilvanan hilo a hilo para formar la urdimbre, cuánta ternura pende de sus hebras y cuánto desconsuelo tiñe su enfurtida memoria.

El inmenso dolor de haber perdido un hijo más allá de la luz. Quizá el mayor dolor del mundo para el qué, los consuelos humanos o divinos, no sirven demasiado. Queda la fe, el resto de la familia, los amigos... pero esa herida abierta nunca dejará de sangrar en el pecho de un padre (no digamos ya en el de una madre).


No puedo remediarlo. Aquel poema caló tan profundo en mi interior qué, cuando alguna vez al anochecer, se me hace paso frente a los columpios del García Sanabria, me paro a contemplarlos con una especie de temor reverencial, al tiempo que desgrano sus versos mentalmente. Ahí sigue columpiándose sobre la piel del aire y no consigo evitar que una humedad nocturna distorsione en mis ojos la frágil realidad que nos circunda.

Asumir el dolor de los demás, hacerlo propio, no llegará jamás a tener la intensidad de quien lo sufre pero, si un temblor repentino nos estremece, acaso ese hijo perdido sea nuestro también, por arte de la magia sublime de unos versos.

Miguel Ángel G. Yanes

22/10/09

CHÍCHARO

En la Sexta de televisión, en las jornadas de liga futbolística, ponen un programa titulado Minuto y Resultado (bastante logrado desde mi punto de vista) en el que van detallando las incidencias de los diferentes partidos. En el mismo, cada vez que se produce un gol, aparece un pez desfilando de izquierda a derecha de la pantalla, y el locutor de turno indica que se ha marcado un chicharro en tal o cual campo. 

¿No será un chícharo en lugar de un chicharro?
 

Según consta en la vigésima segunda edición del diccionario de la lengua de la Real Academia Española, un chicharro o jurel es un pez teleósteo marino que, entre otras cosas, da nombre a un gentilicio, del cual me honro, dado a los habitantes de Santa Cruz de Tenerife, aunque, en la actualidad, se extiende a todos los habitantes de la isla: chicharrero (término despectivo empleado por los habitantes de La Laguna, que fue la capital isleña hasta el siglo XIX, para designar a las gentes del entonces pobre y pequeño puerto de pescadores de Santa Cruz y que, al trasladarse la capitalidad a dicha población, sus ciudadanos asumieron como propio.) Pero no entiendo qué relación tiene la palabra chicharro con un gol. Sin embargo "chícharo" sí que la tiene.




Recuerdo que de pequeño oía decir: "Le metieron tantos chícharos", refiriéndose a goles, pues la palabra chícharo, también según el diccionario de la RAE, hace mención a algo redondo, como puede ser un guisante o un garbanzo, y esto sí que tiene un claro símil con un balón; pero lo de chicharro, sigo sin verlo claro.


¡Ah! También hay una frase que los canarios hemos hecho nuestra: "no disparar chícharo" refiriéndose a no dar ni golpe en el trabajo, y que tiene su origen en el lenguaje coloquial de los cubanos.

Miguel Ángel G. Yanes

14/10/09

AROZARENA, RAFAEL


Me gustaría poner mi granito de arena en memoria del recientemente fallecido Rafael Arozarena Doblado. Desaparecido tan sólo del mundo de las formas, porque, en la medida en que continúe en nuestro recuerdo y en nuestros corazones, seguirá estando vivo; amén de su pervivencia a través del conjunto de su magnífica obra literaria.


En los últimos tiempos, a pesar de tener la salud bastante quebrantada, no perdió un ápice de su agudeza ni de su proverbial socarronería. Me contaba mi mujer que, recientemente, a raíz de sus problemas renales, no le quedó más remedio que acudir al hospital, y cómo, aún en aquellas condiciones, tuvo humor para piropearla por aquellos ojos que vislumbraba sobre la mascarilla. Ella se identificó como mi esposa, pero él no consiguió recordarme.



La última vez que lo vi fue en la zona de la Cruz del Señor, en compañía de Juan José Delgado, y ya era evidente el deterioro físico que le provocaba la enfermedad. Solía acudir con relativa frecuencia a una empresa editorial que, hasta hace poco, se hallaba ubicada en los bajos del Edificio Mataverde, donde vivo desde hace más de veinte años; y después de gestionar sus asuntos se dirigía, acompañado por Raquel la propietaria de la editorial, a tomar un cortado al bar Los Tres Mosqueteros. Allí coincidimos en alguna ocasión.

Comencé a conocer sus poemas a principios de los años 80, gracias a Fátima Said, con quien le unía una buena amistad. Leí parte de su obra poética con especial deleite, hasta el punto de que algunos de sus versos, quedaron en mi memoria para siempre: "Altos crecen los cardos / brillantes y espinosas / inútiles espuelas"… "vestida de altramuces / con tus maizales verdes"... También leí, años ha, su famosa novela Mararía. Con posterioridad, cuando fue llevada al cine, no quise verla; sabía que, de hacerlo, las imágenes que aún bullen en mi cabeza, serían sustituidas sin remedio por las que aparecieran en pantalla.



Reconozco públicamente que tengo una deuda pendiente con Rafael Arozarena. A pesar de escucharle decir en alguna ocasión que su mejor novela era "Cerveza de grano rojo", aún no me he decidido a leerla. Prometo hacerlo. Hoy, como sentido homenaje a su persona, adjunto este pequeño poema, escrito para él en octubre de 2000 y que forma parte del poemario titulado “Húmedo labio de la isla”, inédito aún.


Roto y vencido el día
(A Rafael Arozarena)


La sangre sin fin de las amapolas, / el amargo sudor de las ortigas, / la dolorida tierra, su cansancio, / el fragor de los lirios combatiendo / con espadas de luz en la maleza, / el tembloroso labio del helecho / ante el cariz final de la batalla, / y en su pasión, las zarzas / coronando la tarde con espinas / ante la rendición total / de un ejército azul de girasoles.


Miguel Ángel G. Yanes

13/10/09

JEFES TÓXICOS


11 características que los definen

¿Cómo son los jefes que sacan de sus casillas a sus empleados?
 

Seamos realistas, son pocos los individuos a los que les apasiona ir a trabajar y que disfrutan plenamente con lo que hacen. ¿Tú eres de esos que no soporta ir a trabajar? Bienvenido al club... porque no estás solo.

Si ya se hace duro levantarse por las mañanas para tomar unas tostadas rápidamente y salir corriendo hacia la oficina, si encima tienes un jefe (o jefa) que se encarga de que el lugar de trabajo sea lo más parecido al infierno, vivir se hace muy duro.

Jefes hay de muchos tipos, y seguro que a lo largo de tu vida te has cruzado con alguno que te ha amargado la existencia. Pues hoy vamos a hablar de los jefes tóxicos, esos jefes que no queremos ver ni en pintura.


Los jefes tóxicos afectan negativamente al bienestar de los empleados

La relación de los superiores con los subordinados ha sido fruto de diversos estudios en el ámbito laboral, y los psicólogos de las organizaciones se han interesado por esta relación por muchos motivos, pero principalmente porque una buena relación entre los jefes y los empleados aumenta la productividad y los resultados de la compañía.

No menos importante es saber que, aunque muchas empresas no presten la debida atención a este fenómeno, el estilo de liderazgo de los superiores afecta al bienestar de los empleados.


El bienestar de los empleados también está íntimamente relacionado con los resultados de la empresa

Y por eso, las organizaciones deberían tener especial cuidado a la hora de valorar esta variable, porque el estrés y el malestar laboral, entre otras causas, pueden ser fruto de una relación tóxica entre estos actores.

Un estilo de liderazgo tóxico y unas malas habilidades de liderazgo por parte de los superiores puede provocar fenómenos como el conflicto de rol, la ambigüedad de rol o la sobrecarga de rol, que a su vez pueden provocar sentimientos negativos en los empleados: como el de querer dejar la empresa o tener una pobre sensación de pertenencia hacia la compañía.



El liderazgo transformacional para un mejor bienestar de los empleados

El mundo organizacional ha sufrido grandes cambios en las últimas tres décadas debido a la globalización, y el estrés se ha convertido en un problema muy serio para las empresas. 

La crisis ha creado situaciones realmente complicadas para los trabajadores, que se han tenido que adaptar a los cambios y a un entorno laboral menos seguro. Por no decir que sus expectativas son muy distintas a las de hace solo unos lustros, igual que sus necesidades.


Los estudios sugieren que uno de los estilos de liderazgo que mejor encaja con los tiempos que corren es el liderazgo transformacional. Los líderes transformacional emplean niveles altos de comunicación para conseguir los objetivos y aportan una visión de cambio que consiguen transmitir a los empleados.

Son grandes motivadores y aumentan la productividad de los trabajadores que están a su cargo. Con su carisma causan un gran impacto sobre sus subordinados y se ganan la confianza, respeto y admiración. Todo lo contrario que los jefes tóxicos.

Cuatro de cada diez jefes son tóxicos



Y es que hay más jefes tóxicos de lo que pensamos. Al menos eso se puede leer en el diario El Mundo, pues en uno de sus artículos se hacía eco de una afirmación que aparece en el libro, Nuevo management para dummies. Según este texto, cuatro de cada 10 jefes son tóxicos.

Además, en el mismo periódico aparece una lista de cinco perfiles de jefe tóxico que, según Ana María Castillo y Juan Carlos Cubeiro, dos reconocidos profesionales con una amplia experiencia en el ámbito universitario y empresarial, crean un mal ambiente laboral y afectan negativamente a los empleados. Son los siguientes:
  • El acosador o intimidador, caracterizado por humillar a sus subordinados y dar órdenes abusando de su poder.
  • El microdetallista, que es incapaz de delegar porque piensa que nadie está a la altura.
  • El adicto al trabajo, que piensa que los turnos laborales son de 24 horas.
  • El todo-números, que solo da valor a los resultados económicos.
  • El favoritista, que no es justo ni imparcial.


Características de un jefe tóxico

Estos son los 11 rasgos característicos de los jefes que han perdido su sentido de la equidad:


1. Son arrogantes y no comunican bien

Los jefes tóxicos son arrogantes y no se comunican de manera correcta con los subordinados. Piensan que siempre tienen la razón y esperan que los demás acepten sus palabras sólo por el hecho de ser el jefe.

2. No tienen en cuenta las necesidades de los empleados

Los jefes que han perdido el sentido de su función en la empresa nunca tienen en cuenta las necesidades de los empleados, pues solo piensan en los números. No son conscientes de que lo trabajadores son el motor de la empresa y, por tanto, hay que cuidarlos.

3. Son autocráticos

Los jefes tóxicos solo permiten que ellos tomen decisiones y fijen las directrices sin la participación del grupo. Son ellos quienes concentran todo el poder y nadie desafía sus decisiones.

4. Son fácilmente irritables

Los malos jefes tienen poca paciencia y se irritan con facilidad. Puesto que no están abiertos a las ideas de los demás, no quieren que les molesten. Los jefes tóxicos no son conscientes de que la verdadera riqueza de su organización es el capital humano.

5. Son inflexibles

Los jefes tóxicos son mentalmente cerrados y tienen pánico al cambio, por lo que son poco innovadores. La falta de innovación, en la mayoría de ocasiones, dificulta la adaptación al mercado moderno y, por tanto, el progreso de la organización.

6. Son demasiado controladores

Este tipo de jefes controlan en exceso. Es por eso que, al supervisar todas y cada una de las tareas que realizan sus subordinados, merman la capacidad creativa de estos.

7. No tienen confianza en sí mismos

Pueden aparentar que tienen confianza en sí mismos, pero la realidad es que no es así. Un líder con confianza en sí mismo no tiene miedo a delegar cuando es necesario, ni tiene miedo en valorar las opiniones del grupo. Su inseguridad les convierte en jefes tóxicos.

8. Tienen expectativas irreales

Los jefes tóxicos tienen expectativas irreales, por lo que suelen exigir más de lo que deben a sus empleados. No solo eso, sino que son poco agradecidos cuando los demás hacen las cosas bien, puesto que solo se centran en lo negativo.

9. Discriminan

Los jefes sin estilo están llenos de prejuicios. De hecho, suelen tener una mentalidad sexista y racista, además de otros comportamientos discriminatorios.

10. Gestionan mal el tiempo

La planificación, tanto del trabajo como del tiempo es primordial a la hora de liderar equipos, pues puede ser una fuente de estrés si no se hace correctamente. Uno de los problemas de los jefes tóxicos es la incapacidad para gestionar y priorizar su tiempo de un modo correcto y eficaz, lo que puede llevar a la saturación de tareas y de responsabilidades. Al final, su la mala gestión del tiempo la pagan sus subordinados. 

11. No dan pie a la creatividad

Los malos jefes son incapaces de reconocer el talento y la creatividad de sus empleados. Se rigen por normas y dinámicas rígidas, sin dejar ningún margen a la improvisación. Esto causa que los empleados tengan funciones totalmente mecánicas y no logren desarrollar sus capacidades. Es un error común, y la empresa es la principal perjudicada de esta actitud.


FUENTE: https://psicologiaymente.net/
AUTOR: Juan Armando Corbin (licenciado en Psicología por la Universidad de Buenos Aires. Máster en Recursos humanos y experto en comunicación empresarial y coaching. Posgrado en Nutrición y Alimentación Sanitaria y Social por la UOC).

Después de leer diversos artículos sobre este asunto, llego a la conclusión de que la crisis económica y el estrés laboral que genera, ha creado un caldo de cultivo en el que los jefes tóxicos crecen como las setas. 

Según un programa presentado por la aseguradora DKV, la pérdida de talento en las empresas se multiplica por cuatro cuando éstas no se preocupan de la salud laboral de sus empleado, y gran culpa de ello la tienen los jefes tóxicos, que castran las expectivas de sus subordinados.

En contra del criterio empresarial que los suele tener en alta estima, las estadísticas "cantan" que los jefes tóxicos y su poca empatía con el personal, son un auténtico lastre para las empresas, provocando un quebranto que afecta a los resultados de las mismas, en cuanto que generan a su alrededor un nefasto ambiente laboral.

Y es que...

"No hay peor tirano que un esclavo
con una látigo en la mano."