NARRATIVUS

LA NIEVE Y LA COMETA

El día amaneció gris y desapacible. Hubo tormenta durante gran parte de la noche, y ahora que había escampado, un leve viento helado bajaba de la sierra, barriendo las calles blancas y solitarias.


Desde la ventana de mi habitación, aluciné al contemplar cómo la nevada nocturna había cubierto por completo asfalto, aceras, jardines… con su manto impoluto, no hollado aún por huellas o rodadas de auto.

El viento, al agitarme los cabellos trajo, de pronto, una imagen a mi semi-adormecida cabeza: ¡la vieja cometa! Así que, aún en pijama, presto, eché a correr escaleras arriba hacia la buhardilla. No me costó encontrarla. Allí estaba desde el pasado otoño: una estrella azul de papel de seda y finas cañas, colgada de una alcayata en la pared, con su cola de trapo enrollada alrededor, aguantando a su vez el gran ovillo de hilo de bala que me permitía dejarla volar sin que escapase.


Era domingo y todos dormían aún, así que, sin cortapisas por parte de nadie, me vestí, me calcé unas botas de goma y un gorro de lana, y sin tan siquiera desayunar, allá que me fui a la calle con la cometa entre las manos. La altura de la nieve era escasa, lo que me permitió correr por mitad de la carretera y hacer que se elevara sin esfuerzo. Así que corrí y corrí hasta quedarme sin aliento, logrando que el ovillo se desenrollara por completo y la cometa ascendiera a su máxima altura. Me encontraba extasiado contemplando sus giros y caracoleos, cuando una niebla densa comenzó a formarse a mi alrededor hasta hacer desaparecer el entorno por completo. Recogía el hilo con toda la rapidez posible, cuando un temor me asaltó el ánimo.

¡Dios mío! Estaba en mitad de la carretera. Y con aquella niebla tan espesa ocultándolo todo, cabía la posibilidad de ser atropellado. Aún lo estaba pensando cuando la cometa, momentáneamente, se hizo visible a unos pocos metros sobre mi cabeza, y un coche me esquivó de milagro, rozándome casi y haciendo sonar su bocina con un sonido largo y estridente que., “in diminuendo”, se perdió tras él.

Sin referencias de hacia dónde podía huir, quedé petrificado en medio de la nada con aquella cuerda en la mano, cuyo final azul ahora no veía, hasta que, tras unos ¿segundos? interminables, la niebla comenzó a deshacerse y el mundo recuperó de nuevo su conocido aspecto. Fue entonces cuando puede ver, con nitidez, a mi estrella volante (aspirante, tal vez, a fugaz) engalanando el cielo tenso y gris con la luminiscencia de su azul eléctrico y aquella cola de retales y nudos serpenteantes. Pero cuando estaba haciéndola llegar hasta mí, un golpe de viento la llevó a enredarse entre las ramas en uno de los árboles que flanqueaban la carretera. El miedo a que pudiera quebrarse su frágil estructura, me llevó a trepar por él hasta que la alcancé y conseguí liberarla. Y con ella entre las manos, cerrando los ojos con fuerza, salté hacia la blanca superficie de la calzada.

Cuando abrí los ojos nuevamente, el universo entero había cambiado. El cielo raso, de ser gris pasó, de pronto, a un blanco mate con rectangulares esquinas, y el blanco de la nieve se trocó, de repente, en el color eléctrico de las sábanas (también de raso) que mi cuerpo envolvían. Y entonces supe que la nieve era azul, blanco impoluto el cielo y transparente el niño que, haciendo volar sus sueños de cometa, jugando más allá de la linde gris del tiempo, seguía siendo yo…este aprendiz de anciano que hoy escribe.


Miguel Ángel G. Yanes
13/05/12

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LA BRONCA

Llegamos en coche, mi hija, mi mujer y yo a un pueblecito de la frontera (no recuerdo el nombre, si es que llegue a verlo en algún momento) pero la hora la recuerdo con nitidez; eran las 5 en punto de la tarde, de una tarde brumosa y fría; había llovido con intensidad y el asfalto se encontraba aún bastante mojado. Aparcamos el coche en el arcén, a pocos metros del cine. Curiosamente, tampoco recuerdo su nombre, ni siquiera el título de la película que queríamos ver. Era uno de esos pueblos de montaña de la banda francesa de Los Pirineos, donde, dada la pendiente del terreno, las casas se situaban sólo en la parte ascendente de la ladera a partir de la húmeda carretera, quedando los bancales agrícolas bajo ella, hasta perderse de vista en la niebla que ocultaba algún lejano y previsible valle.


Subimos las escaleras de piedra del antiguo edificio donde estaba ubicada la sala cinematográfica. Sin dilación, me dirigí hacia la taquilla, saludé en castellano a una señora que era la viva imagen de la médium de “Polstergeist”, bajita, regordeta y con su mismo peinado y solicitando tres entradas, deposité un billete de 50 euros sobre el frío mármol.

Su reacción fue de lo más curioso: besó el billete y en vez de introducirlo en el cajón de la máquina expendedora, lo puso a su izquierda, fuera de mi vista.

Me entregó los tickets, no me dio ningún tipo de vuelta y me dijo: “que disfruten “.


Fue entonces cuando caí en la cuenta de que, ni sobre la ventanilla, ni a los lados de la misma existía un cuadro con las correspondientes tarifas, por lo que, pareciéndome 50 euros un precio excesivo, le pregunté cuánto valía cada entrada.

“Pues lo que acabo de cobrarle, señor” me respondió en un perfecto castellano.

Confuso, con las entradas en la mano (tampoco hacían referencia al precio) me giré hacia mi familia que, al ver mi cara de desconcierto, se acercaron a mí.

Explicarles lo que ocurría y, de repente, ponerse la taquillera a gritar como una energúmena, fue todo uno. Con la cara roja y una insufrible voz de pito, armó la de Dios es Cristo. Ahora si que no entendía nada.

Hasta unas lágrimas, no sé si de rabia o de cocodrilo, brotaron de sus ojos saltones, resbalando bajo las gruesas gafas de amarillenta pasta.


Cuando se bajó del taburete, que me di cuenta de lo bajita que era en realidad.

A todas éstas, la música anunciaba ya el comienzo de la película y la cola a nuestras espaldas había crecido considerablemente, por lo que la gente empezó a protestar, lo que la obligó a volver a su trono.

Ante tamaño altercado acudió el encargado del cine, un señor mayor, muy correcto y reposado, con el que no pude entenderme en absoluto porque ni el hablaba castellano ni yo tengo puñetera idea de francés, no sé si por culpa del Colegio, del “Régimen”, de la Democracia, o de la madre que parió a Paneke.

Fue entonces cuando, al oír los primeros diálogos de la película, la ordenada cola que esperaba para entrar, se deshizo de golpe y nos vimos aprisionados contra la pared en la ribera de un verdadero río humano -“Pero… ¿cuánta gente vive en este pueblo?” - que pugnaba por penetrar a toda costa (y a fe que lo consiguieron), al interior de la sala.

Cuando la puerta de doble batiente había engullido ya todo aquel caudal, mi mujer se da cuenta de que le falta el paraguas que llevaba colgado del brazo. Un capricho azul, de esos que los trabajadores sólo nos podemos permitir muy de tarde en tarde, y que habíamos comprado, ese mismo día, en una tienda bastante carilla de Barcelona.


Su rabia y desconsuelo fueron también mayúsculos.

A todas estas, alertado por el creciente follón, apareció el propietario del cine, un señor de mediana edad, bajito, orondo, de forzada sonrisa e inquietante mirada que, por lo visto, vivía en la planta superior del edificio.

Nos tomó del brazo y nos sacó al exterior donde, de nuevo, amenazaba lluvia.

Chapurreaba algo de castellano y, mal que bien, logramos entendernos; bueno, lo de entendernos es un decir porque la cuestión principal quedó sin dilucidar.

Entonces, le amenazo con denunciar en la prensa española, todo lo ocurrido, si no se avienen a devolvernos el dinero pues, a todas estas, la proyección llevaba ya muchos minutos de metraje y, ni merecía la pena entrar, ni yo estaba de humor para películas.

Se limitó a encogerse de hombros y decirme con frialdad: “Señog, puede haceg usted lo que quiega”.

En ese instante hizo presa en mí la impotencia al sentirme estafado, y hasta me dieron ganas de aflojarle una buena castaña. Menos mal que me contuve a tiempo, no sé bien si por propio dominio o porque comenzó a llover de nuevo.

Dejando plantado al tipo, nos dimos la vuelta camino del coche, quedándonos con las ganas de esperar a que acabara la función, para ver quién salía con el paraguas azul, pero la lluvia arreciaba y la oscuridad con ella, lo que nos obligó a apretar el paso por la orilla de la carretera. Dos jovencitas, asomadas a una ventana, nos abanaban sonrientes, no sé bien si con consideración o en plan de burla.

De pronto mi mujer se agacha en la cuneta y arranca de raíz una planta de minúsculas flores azules… “A cambio del paraguas”, dice.


Las gotas de agua van perlando la carrocería del coche. Tras un par de maniobras, giramos en la misma recta camino de España… de Cataluña… de Palamós… de...

Estoy en Santa Cruz de Tenerife… Islas Canaria; son las 5 y 20 de la tarde. Apenas han transcurrido 20 minutos desde que me tumbé a dormir la siesta. Me levanto algo aturdido y acercándome a la cocina, digo a mi familia:

“Vengo de Francia. Acabo de tener una bronca de campeonato en un cine de pueblo”.

Miguel Ángel G. Yanes
04/02/08


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AGUSTINITO "EL MALO"

Agustinito “el malo” (título otorgado por Laura, mi hija) era un crío precioso, rubio y regordete, con unos enormes ojos verdes heredados de su madre, que solía frecuentar el parque infantil del García Sanabria, a principios de los años 90. Han pasado casi 15 años, pero lo recuerdo con total nitidez.


Mordía a todos lo críos que se pusieran a su alcance.

Cuando esto ocurría, y la criatura agredida rompía a llorar con todas sus fuerzas, la madre del infante agresor, guapa, alta, rolliza, con los mismísimos ojos de su retoño, sin levantar el culo del asiento, se limitaba a decir con voz melosa:

- ¡Agustinito, ven!

En esa época, mi hija era muy tímida, con verdaderos problemas de comunicación, sobre todo con el resto de niños; de ahí que soliera llevarla a aquel recinto, por ver si se socializaba un poco, pero en cuento me daba la vuelta, cogía un palito o un trocito de rama y se ponía a dibujar figuras en la tierra apisonada; o se limitaba a recoger semillas que luego amontonaba. Siempre en cuclillas, muy atenta al mundo que existía a sus pies, desentendiéndose por completo del resto. Sola, siempre sola.


No le agradaban los juegos de movimiento: columpio, tobogán, balancín…y elegía siempre los estáticos. Allí sólo había dos: la cabañita y la caja de arena. Enseguida observó que la cabañita se encontraba ocupada, por lo que, elevando su diminuta pierna, se introdujo en la caja, donde no había nadie.


El mordelón, al observarla, se dirigió hacia ella, pero no sé si por falta de agilidad o porque se lo impedía el pañal que se adivinaba bajo sus pantalones, no logró superar el obstáculo. Retrocedió sobre sus regordetes pies, hasta los también regordetes de la “sua mamma”, para coger un cubo de plástico. Volvió sobre sus pasos, lo introdujo en la arena, medio lo llenó, y como no alcanzaba a morder a Laura, se lo volcó de golpe sobre la cabeza.

Ella tosió, sacudió apenas su arenada cabeza, y siguió a lo suyo sin prestarle la menor atención, pero a mí se me llevaron todos los demonios, porque la madre estaba atenta y fue incapaz de impedirlo.

- ¡Señora! -le grité- ¿Pero no ve a su hijo?

- ¡Agustinito, ven!

En otra ocasión, acudimos al parque con unos familiares de mi mujer, que también tenían una cría de pocos años. Mientras el padre se afanaba en desatarle las correas del carrito, Agustinito “el malo”, siempre al quite, mordió a la pequeña en un brazo y le arrebató el chupete de caramelo que llevaba.

Al unísono se elevaron el llanto de la niña y el consabido…

- ¡Agustinito, ven!

Lo que exasperó las iras de un abuelo que, encarándose con la madre, le espetó:


- ¡Señora! ¡Si su hijo es un salvaje, amárrelo o póngale un bozal!

¿Qué carencias afectivas podía tener aquella criatura para actuar así?

Por la vestimenta y el calzado de ambos, eran de una familia desahogada económicamente, al menos eso parecía. Por su forma de hablar, la señora debía tener una cultura media o algo más. Por su tono de voz, resultaba un poquito pedante, sin exageración, como quien se siente algo superior a los que le rodean. Por su actitud, daba a entender que no estaba acostumbrada a que le recriminaran nada, aunque lo encajaba bien, sin soliviantarse.

¿Qué problema de fondo podía subyacer en aquella familia para que, un ángel apenas descendido, se comportara ya como aprendiz de diablo?

Miguel Ángel G. Yanes
19/09/05


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LA NIÑA QUE TEMÍA A LAS MUÑECAS

Nunca supe de una niña a la que le dieran miedo las muñecas. Sin embargo lo de Laura era algo visceral; ya no diría miedo, sino pánico lo que le producía la cercanía de aquellos seres, para ella totalmente reales. Apenas tenía unos meses de edad cuando... enseñarle la primera muñeca y romper a llorar, todo fue uno. Para más inri, como mandan los cánones, cada vez que cumplía años, por el día de su santo, o bien por Reyes, siempre caía alguna, de la mano de algún pariente o amigo que desconocía su aversión o  no lo recordaba. Ella las apartaba lejos de sí, con un gesto entre el miedo y la rabia, para no volver a tocarlas jamás. Sin embargo amaba a los peluches: desde el primero, un oso blanco y naranja, con un corazón fluorescente en el pecho y un tirador que hacía sonar la canción de cuna de Bramhs, y que le habían regalado sus tíos Braulio e Isabel nada más nacer, pasando por una interminable serie de animales de todo tamaño y color que, a la postre, inundaron su cuarto. ¡Ah! Y a todos les ponía un nombre que no se podía cambiar jamás; como si se los hubiera asignado a través de una especie de bautismo ritual. Así exisitían (mejor diré que existen, porque aún perviven) el oso Amoroso, el burro Tomasito, el conejo Béngoto y un largo etcétera.


Al poco tiempo de comenzar a andar, lo hicieron también los gemelos, y entonces el problema se agravó, pues todas las muñecas que le habían regalado, dormían su olvido en un arcón de mimbre, asequible ya a las inquietas manos de sus primos, a los que Laura temía también, porque aún no hablaban pero gritaban como locos, sobre todo si la perseguían por el pasillo, arrastrando alguna de aquellas muñecas casi tan grandes como ellos. Y no digamos nada, si las malditas muñecas se movían o hablaban.


Había dos de ellas a la que temía sobre todas las demás:

Carlota (he omitido decir qué, aunque las repudiaba, les había puesto nombre) que apretándole un brazo y ofreciéndole la mejilla, daba un beso por succión, a la vez que emitía una frase cariñosa. Y Cristina, a la que, si le tocaban los pendientes decía también algunas palabras. Pero la que, mucho tiempo después le dio el susto de su vida, fue una muñeca enorme, semirígida y vestida de azul, cuyo nombre no consigo recordar, y que yacía boca arriba en el arcón sobre todas las demas, con una chupa entre los labios. Y aunque Laura era incapaz de levantar la tapa de aquel territorio tabú para su infancia, cierto día en que hacíamos limpieza, pudo más la curiosidad que el miedo y, al verla alzada, se acercó con sigilo, se detuvo unos instantes, observó la muñeca con detenimiento y, en un arranque de valor, le quitó la chupa...

Su grito estremeció la casa. Aquella cosa había abierto los ojos de repente y lloraba y pataleaba frente a ella que, impotente, terminó llorando también, sin acertar a introducir la chupa en su lugar para poder callarla.

Imagino que, en sus pesadillas, aquellos seres debían cobrar vida para seguir persiguiéndola, ya sin el apoyo de los niños, lo que acrecentaría aún más, si cabe, sus terrores nocturnos.

Hoy, en plena adolescencia, hemos regalado las últimas muñecas, más por cuestión de espacio que de otra cosa, aunque, si hubiera sido por ella, años ha que las hubiera eliminado de su vida. Pero no hemos podido convencerla para que se desprenda de los peluches, tal vez porque eran ellos quienes, en las profundidades de sus sueños, lograban defenderla.

Miguel Ángel G. Yanes
16-07-03


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LAS CRIATURAS

El verano había alcanzado su culmen y la mañana transcurría con total placidez. Nos tostábamos al sol sobre el antiguo muelle de piedra, ociosos, relajados, disfrutando a tope, entre chapuzón y chapuzón, de aquel día de asueto.

Haciendo pantalla con las manos, miraba hacia un lejano grupo de nubes de caprichosas formas cuando observé que un pequeño remolino las agitaba desgajándolas y, de repente, me pareció que dos cuerpos caían a la mar, pero luego no pude distinguirlos.


"Un extraño efecto de las nubes", pensé.

Sin embargo, al cabo de un rato, estando de pie en la punta del muelle descubrí, a cierta distancia, dos blancas criaturas que, luchando contra las olas, parecían pedir ayuda agitando los brazos con desesperación, pero sin emitir sonido alguno.

Sin dudarlo un instante, me tiré al agua y logré sacar a la que estaba más cerca, con gran asombro por mi parte al comprobar lo liviana que era, mientras que mis amigos, al percatarse, rescataban también a la otra.

¡No se estaban ahogando! ¡Se disolvían al contacto del agua!

Eran una mujer y un adolescente. Sus cuerpos de un blanco impoluto carecían por completo de vestiduras. Llamaban poderosamente la atención sus cráneos desprovistos de cabellos, rematados por una especie de corona de ocho puntas con la misma textura que el resto del cuerpo (me recordó la imagen detenida de una gota al golpear sobre una superficie de su mismo elemento)


Los rasgos eran de una perfección exquisita: los ojos, rasgados, enigmáticos, parecían oscuras gemas, la nariz diminuta, delicada en sus formas, los labios, finos y perfilados, blancos también como el resto del cuerpo. El tacto de su piel era bastante extraño; se me antojó a mitad de camino entre la cera y la leche condensada. A ambos se les habían diluido parcialmente las formas desde el pecho a los pies, aunque a ella en menor medida que al muchacho, lo que permitía atisbar aún la armoniosa hermosura de su silueta.
Nunca antes había contemplado criaturas tan bellas y delicadas.

De pronto advertí que no sólo el agua, sino que también el contacto de los rayos del sol los derretía, por lo qué optamos por trasladarlos al interior del cobertizo donde los pescadores guardaban sus redes, depositándolos con sumo cuidado sobre ellas.


Expliqué, ante el asombro general, que los había visto caer de entre las nubes.

- ¿Serán criaturas del aire? Comentó alguien.

- Imposible. La consistencia de sus cuerpos indica que provienen de un universo físico.

Entonces, acercándome a su rostro, le pregunté:

- ¿Quiénes sois?...

- ¿De dónde venís?...

- ¿Cómo habéis llegado aquí?...

Muchas veces hacemos las cosas obedeciendo a un impulso inconsciente. Era lógico pensar que no entendería nuestro lenguaje pero, ante mi asombro, me tomó de la mano y mirándome fijamente a los ojos, sin mediar palabras, me comunicó de alguna forma qué, aún a sabiendas de que perderían la vida, habían decidido, por voluntad propia, acceder a este plano de la realidad.


- ¿Por qué lo habéis hecho?

- Nuestro mayor deseo era conocer la luminosidad de vuestro mundo.

En ese instante su mano quedó fláccida sobre la mía y su postrer mirada me hizo gritar:

- ¡Dios mío! ¡Son seres de un mundo sin luz!

Miguel Ángel G. Yanes
02/04/03


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