AQUELLOS AÑOS...


 ...EN QUE FUIMOS MOTEROS

 Honda CB-450 y Ney (1974)

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GALERÍA FOTOGRÁFICA DE LOS AÑOS 70


BMW 900S
  
BULTACO EL LOBITO

 BULTACO EL MATADOR

BULTACO EL BANDIDO

 BULTACO PURSANG

BULTACO SHERPA T

 BULTACO TRALLA
  
 BULTACO METRALLA MK-II

DUCATI 24 HORAS

 DUCATI 750

DUCATI 750 DESMOND

DUCATI 250 SCRAMBLER

HARLEY DAVIDSON SHOVELHEAD

HARLEY DAVIDSON XR750

HONDA 70

HONDA 350

HOND CB 450

HONDA 500 FOUR

HONDA 750 FOUR

HONDA SL 350 K1

HONDA WOLD WING 1000

HONDA CBX 1000

KAWASAKI 500 Z

KAWASAKI 900

LAVERDA 750

LAVERDA 1000

MONTESA COMANDO 150

MONTESA COTA 250

MONTESA IMPALA 175

MONTESA KING SCORPION

MONTESA CAPPRA 125

 MONTESA CAPRA 250

 MORINI 350
 
MOTO GUZZI 850

 MUNCH 1200 TTS

MV AUGUSTA 500

NORTON COMANDO 850

 OSSA ENDURO 250

OSSA MIKE ANDREWS 250

 OSSA PHANTOM 250

 SANGLAS 400

 SUZUKI GT 550

 SUZUKI RG 500 MK-1 (BARRY SHEENE)

TRIUMPH SCRAMBLER 650

 TRIUMPH BONEVILLE 750

 YAMAHA 650

 YAMAHA VIRAGO  250


AQUELLOS "MOSKITOS"

DERBI ANTORCHA 49 C.C.


  DERBI ANTORCHA SUPER 49 C.C.

  DERBI COYOTE 49 C.C.

 DERBI CARRERAS CLIENTE 50 C.C.
 
 DUCATI 48 CADET

 DUCATI 50 MINI 2

 DUCATI 50 TS

DUCATI 50 TT

 DUCATI APM SPORT 50 C.C.

 
 DUCATI CAFE RACER 50 C.C.

DUCATI CROSS 50 C.C.

 DUCATI MINI MARCELINO

DUCATI SENDA 49 C.C.

 GIMSON 50 TT CANIGÓ

 GIMSON ÉLITE 49 C.C.

MONTESA FURA 49 C.C.

MONTESA INDIANA 49 C.C.

 MONTESA BRÍO 50 C.C.

 MONTESA COTA 49 C.C.

 MORINI 50 C.C.

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HISTORIAS DE MOTOS


MOTERAS

En la mañana de ayer coincidí con un grupo de motoristas que, a lomos de potentes y lustrosas monturas, recalaron en una cafetería de Guamasa, en cuya terraza me hallaba a eso del mediodía. Los observé llegar, aparcar sus enormes máquinas, y desprenderse de guantes y cascos, prácticamente al unísono. Al hacerlo, dejando al descubierto cabellos, rostros, uñas... vi, con asombro y agrado, que eran un grupo de jóvenes moteras.


Con el subterfugio lingüistico de hacer extensiva la máxima rockera al mundo de las motos: "los viejos moteros nunca mueren", me acerqué a ellas, y me identifiqué como uno de aquellos pioneros de las dos ruedas (venido a menos, claro está), allá por la lejana década de los años 70. Y es que, aunque ya no ande en moto, ese gusanillo sigue inmerso en mi sangre. No lo puedo remediar: todavía se me van los ojos tras esos cacharros, tan cercanos y tan lejanos para mí, a la libertad y a los caballos.


Fui hacia las chicas con la intención, no sólo de contemplar de cerca aquellas maravillas mecánicas y humanas, sino de darles algo de "palique" (con el permiso de mi mujer; todo hay que decirlo). En un principio pensé que no me harían ni puñetero caso; pero sí, algunas que aún no estaban enzarzadas en puntuales conversaciones, me prestaron atención, y entonces aproveché para darles un pequeño mitín:

"En mi años jóvenes sólo conocí a una muchacha con el valor suficiente para enfrentarse a lo establecido ('las motos eran cosa de hombres') y hacerse motera: se llamaba Olivia... a lo mejor todavía se llama; la verdad es que no lo sé. Pero creo, sinceramente, que debería ser un referente para todas las féminas que, como ustedes,  han accedido al mundo, no sólo de las motos, sino de tantas otras actividades donde tenían el acceso vetado por el simple hecho de ser mujeres. Es más, pienso que la única posibilidad de forjar un mundo más justo, está en vuestras manos de madres, de esposas, de hermanas, de amantes, de amigas... accediendo a las esferas de poder para cambiar el rumbo de esta sociedad. Por ello os conmino a que lo intentéis con todas vuestras fuerzas. Peor que los hombres que, guerra viene y guerra va, llevamos incontables siglos sin enderezar el rumbo, no creo que lo vayáis a hacer." 

 Con una máquina como ésta, propiedad de Vicente "El Turro", comenzó la época dorada de las motos de los años 70 en Tenerife

No caí en el detalle de preguntarle a las chicas si pertenecían a algún club u organización, o sí sólo eran un grupo de amigas que se echaban a la carretera por el puro placer de disfrutar a tope con la magia de sus potros metálicos. De todas formas les indiqué el camino virtual a este blog, en el que, en la página titulada AQUELLOS AÑOS... EN QUE FUIMOS MOTEROS, aparte de las fotografías de las máquinas que montábamos (verdaderos "hierros" si las comparamos con las suyas: pura aerodinámica y tecnología en la actualidad) también escribo, de vez en cuando, sobre curiosidades y anécdotas de aquella gloriosa época de las dos ruedas.

Fotografía donada por Antonio Solís al "Museo virtual de viejas fotos",
en la que aparece su madre sobre una Montesa en 1962

Miguel Ángel G. Yanes
09/09/2013

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LA DERBI DE PALMIRO

Mi hermano Palmiro se hizo con un ciclomotor Derbi Super Antorcha allá por los 70, para resarcirse, en parte, de los años de infancia y juventud que había perdido internado en diferentes centros hospitalarios, víctima de una puñetera enfermedad que, a la postre, lo condenó a la esclavitud de la hemodialisis: tres veces por semana (en aquella época el proceso duraba ¡4 horas!) tenía que sufrir la dictadura del riñón artificial, y ver como su sangre salía del cuerpo para ser filtrada por aquella máquina, que luego se la devolvería ya libre de impurezas; todo un milagro de la técnica que, gracias a su inventor, el médico alemán Georg Haas, ha permitido que pacientes con la función renal colapsada, puedan sobrevivir, cuando con anterioridad fallecían indefectiblemente.


Un día, bastante temprano, Palmiro arrancó su Derbi y desapareció, decidido a disfrutar de aquel mundo que le había sido vedado durante tanto tiempo. Transcurrió la mañana sin dar señales de vida. Llegó la hora del almuerzo y tampoco. Comenzó a caer la tarde y ¡nada". Entonces empezamos a preocuparnos de veras.
Lo primero que se nos vino a la cabeza, como era lógico, fue la posibilidad de que hubiera sufrido un accidente y que, al carecer de teléfono en casa, no hubieran podido avisarnos, así que decidimos efectuar un recorrido, primero visitando la comisaría, y a continuación las clínicas y hospitales de la ciudad. Todo fue en vano, lo que, hasta cierto punto, nos procuró algo de tranquilidad, pero entonces... ¿Dónde estaba Palmiro?


Al regresar a casa, lo primero que vimos fue la Derbi sin signos aparentes de haber sufrido un golpe. Al menos estaba sano... pero se la iba a ganar.  No obstante, al entrar, y a pesar del disgusto que nos habíamos llevado, no pudimos contener la risa al verle la cara, totalmente quemada por el sol.

Después del abrazo de todos y de la regañina paterna, se decidió a contarnos su odisea: ¡Había llegado hasta Playa de Las Américas! más de 150 km. entre ida y vuelta, rodando, a pleno sol, sobre aquel "mosquito" por el arcén de la autopista del sur. Claro que, con el recalentón del verano y del motor, la bujía le hacía "puente", obligándolo a detenerse a cada rato.

Tiempo más tarde, si que tuvo un severo accidente con ella. Fue en un cruce, donde impactó contra el lateral de un coche y tuvo que ser llevado en ambulancia hasta el centro hospitalario más próximo. Allí le diagnosticaron fracturas de pelvis (múltiples) y de uretra, producidas por el tremendo golpe del bajo vientre contra el depósito de la moto. Pero algo más grave le ocurría; al parecer, sufría también un estrangulamiento intestinal, lo que le provocaba vómitos y un dolor intenso y continuado, con el riesgo añadido de una posible perforación. Por fortuna, el intestino recobró su posición original y terminó recuperándose. No obstante, hubo de permanecer algunos meses sobre una cama de madera en la Clínica Pompeya, moviéndose lo menos posible para que su pelvis soldara. Así y todo, no perdió su afición por las dos ruedas.


Le robaron la Derbi cuando la tenía aparcada en la misma puerta de casa y, a pesar de la pertinente denuncia y de la exhaustiva búsqueda efectuada por vecinos y amigos, jamás apareció.

Miguel Ángel G. Yanes
07/01/11

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 MI PRIMERA "MÁQUINA"

Siempre he sido bastante fiel a mis cacharros, de hecho, mientras mis amigos cambiaban a menudo de moto, yo solía seguir manteniendo la misma. Hasta el punto de que, durante mis más de 10 años como motero, sólo tuvo dos monturas.

Desgraciadamente, de la primera no poseo ninguna fotografía. En aquella época, apenas había cumplido los 16 años, y ni siquiera tenía una cámara fotográfica. No es como ahora que ya se nace con un teléfono móvil, un ordenador y no sé cuantos adminículos más.

Su marca era Gimson, modelo Canigó (*) y "calzaba" un motor de 49 cc. con licencia Flandria y una caja de cuatro velocidades con mando en el manillar. Era un ciclomotor atípico en cuanto a la línea y al color, diferente por completo a Derby, Montesa, Ducati... Estaba hecha al estilo de las grandes motos de todo terreno: manillar alto, tubo de escape pegado al sillín y depósito de gasolina y colín trasero fabricados en fibra, toda una innovación para las motos de pequeña cilindrada que solían traerlos metálicos, pero sobre todo destacaba por su color naranja, en aquella época algo inusual en una moto.

Gimson Canigó con manillar modificado (diferente al que traía de fábrica)

Contra la voluntad de mi padre y de mi abuelo, se la compré a Manolo "El Mirinda" con el dinero que saqué al acertar 13 resultados en una quiniela de fúbol. Me costó, de paquete, la friolera de 19.000 pesetas (algo así como 114 euros) que en aquellos años era, poco más o menos, el sueldo de un mes.

Con sus cuatro velocidades, llaneaba que era una maravilla; aunque lo que me a mí me encantaba era saltar con ella por fincas y terrenos abandonados. La disfruté bastante, aunque también tuve algún que otro leñazo.

Murió arrimada en el taller de Antonio "El Perrachica", en el Barrio de Buenos Aires, con un trozo de broca en el tambor trasero que no había manera de sacarle. Se la dejé en pago por una reparación de la segunda moto, en una época en la que, mi economía, no era demasiado boyante que digamos.

(*) Una curiosidad de este singular ciclomotor era su palanca de freno trasero que, en vez de estar situada delante de la estribera, se hallaba tras ella, por lo que se frenaba con el tacón. 

Miguel Ángel G. Yanes
29/11/10

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ALLÁ POR LA DÉCADA DE LOS 60

Mi padre tuvo diferentes motos allá por la década de los 60, entre ellas una Ducati de 65 cc. que nunca supe si la compró o se la regalaron porque no había manera de arrancarla, y con la que luchó, durante semanas a brazo partido, hasta que ¡por fin! un día arrancó, pero fue una ilusión efímera. Dio cuatro petardazos, se volvió a parar y... ¡nunca más!, por lo que terminó arrimada contra un muro del patio, hasta que cierto día desapareció.


Luego se hizo con una Montesa Comando de 150 cc.que, a la larga, fue sustituida por otro modelo de la misma marca: una Impala de 175 cc., a la que cambió el típico color rojo de Montesa, pintándola de un verde claro, con lo que resultaba inconfundible en cualquier sitio que estuviera. Pero aparte de por el color, destacaba también por sus niquelados: llantas, escape, manillar... siempre brillantes y en perfecto "estado de revista". Mi padre estaba realmente enamorado de aquella máquina y la cuidaba con verdadero mimo. Siempre la recuerdo limpia y lustrosa como la patena; parecía más una moto de exposición que de andar por carretera.


La familia aumentaba, y entonces se planteó la necesidad de comprar un coche, pero el bolsillo apenas alcanzaba para alguno de segunda o tercera  mano, por lo que hubo de postergar la compra por un tiempo. No obstante, mi padre encontró una solución provisional hasta que pudiera tener un coche propio. Fue algo que me costó creer, pero los domingos le dejaba su amada moto a un amigo, forofo también de las dos ruedas, y del que recuerdo tan sólo el apodo: "Novelero", a cambio de un volkswagen escarabajo de color azul, que éste le prestaba para que nos sacara a todos de paseo.


Con el tiempo pudo, por fin, comprarse un coche, pero eso lo obligó, muy a su pesar, a desprenderse de la Impala. La precaria economía familiar no podía permitirse el lujo de mantener dos vehículos. Y ahí terminaron sus días de motero.

Miguel Ángel G. Yanes
09/11/10

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LA TORTUGA Y LA LIEBRE

Desde pequeño me gustaron las motos; me venía de familia. Mi padre tuvo varias hasta que logró comprar su primer coche para poder sacarnos a todos de paseo. No en vano éramos familia numerosa; seis miembros para ser exactos, contándolo a él, a mi madre, a mis tres hermanos (Palmiro, Braulio y Lala) y a mí mismo.


Recuerdo con nitidez su primera motocicleta. Era una Lanch, una extraña moto de 74 cc, con un tanque de gasolina inclinado, sillín de bicicleta  y unas ruedas enormes. Sólo tenía dos marchas, con lo que resultaba muchísimo más lenta que las nuevas Derbi que ya poseían sus amigos, a pesar de que éstas eran de tan sólo 49 cc. Con lo cual, en llano o en subida, siempre lo dejaban atrás, pero las tornas cambiaban a la hora de bajar.


Contaba una anécdota al respecto, acaecida una tarde de verano en la que, reunidos en el Kiosco de la Plaza de la Paz, su punto de encuentro habitual como moteros, decidieron ir a tomar un cortado al Bar Tranvía en Tacoronte (como si en Santa Cruz no sirvieran cortados) Está claro que se trataba del placer de conducir por conducir. Dicho y hecho. Arrancaron con su agudo silbido de mosquitos, y antes de que mi padre hubiera puesto la segunda velocidad, ya los había perdido de vista.

Se lo tomó con filosofía, y al ritmo cansino de la Lanch, comenzó el ascenso hacia La Laguna. Justo llegando a la hoy desaparecida Plaza de África (devorada por la autopista del norte) donde se hallaba en origen la escultura del Padre Anchieta, encontró al primero de pie junto a su montura.


- ¿Qué pasó?

- Un recalentón. Voy a esperar que se enfríe.

- Bueno. Pues allá nos vemos.

Siguió de largo y, a la altura del Aeropuerto de Los Rodeos, encontró a otro en cuclillas, afanándose en los bajos de la moto.


- ¿Qué pasó? Volvió a preguntar.

- La bujía, que me ha hecho un puente.

- Bueno, pues allá nos vemos. Repitió.


Y al tercero lo encontró en la curva del reventón en Los Naranjeros, soplando el chiclé del carburador que se le había obstruido.

Así que, del cuarteto, y con la moto más lenta, fue el primero en llegar a Tacoronte.
 

Aparecieron luego los demás y tras tomar el famoso cortado, buscando el desquite, acordaron echar una nueva carrera hasta la Plaza de la Paz.

Volvieron a salir zumbando como mosquitos, y mi padre volvio a perderlos nuevamente de vista, pero cuando la carretera se puso cuesta abajo, aprovechando el mayor tamaño de llantas de su moto, en punto muerto, "a tumba abierta", los fue pasando a todos. Y ya se estaba fumando un cigarrillo, cuando  aparecieron los demás, que no se podían creer aquella versión de la tortuga y la libre.

Miguel Ángel G. Yanes
23/09/10

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