31/3/17

"CIUDAD DE ÁNGELES"

Grupo de ángeles cargándose de energía al amanecer

Fotograma de la película "City of angels" rodada en 1998; protagonizada por Nicolas Cage y Meg Ryan y dirigida por Brad Silberling.

Sin llegar a ser una gran película, merece la pena verla. Inténtelo. No se arrepentirán.

Miguel Ángel G. Yanes


21/3/17

DIÁLOGO CONTRAPUESTO

 

Cierta conversación, acaecida años ha, entre un exseminarista católico y un anarquista convencido, derivó, como era previsible, hacia el ámbito de lo religioso.

J.A.: "Jesucristo instauró los sacramentos"

M.A.: "Mira, J.A., no me jodas; las ruedas de molino están pasadas de moda. 

Yo no soy uno de esos toletes que todo se lo creen. Sé, a ciencia cierta, que fue Pablo de Tarso, coetáneo de Jesús de Nazaret, pero que no llegó a conocerlo personalmente, quien  inventó el cristianismo.

 La conversión de Pablo

Entretanto Saulo, respirando todavía amenazas y muertes contra los  discípulos del Señor, se presentó al Sumo Sacerdote, y le pidió cartas  para las sinagogas de Damasco, para que si encontraba algunos seguidores  del Camino, hombres o mujeres, los pudiera llevar atados a Jerusalén.  Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente  le rodeó una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le  decía: 

«Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» El respondió: «¿Quién  eres, Señor?» Y él: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate,  entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer». Los hombres que  iban con él se habían detenido mudos de espanto; oían la voz, pero no  veían a nadie. Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos  abiertos, no veía nada. Le llevaron de la mano y le hicieron entrar en  Damasco. Pasó tres días sin ver, sin comer y sin beber.

Después del suceso vivido por Pablo en el camino de Damasco, Ananías lo curó de su ceguera imponiéndole las manos. Pablo fue bautizado y permaneció en Damasco «durante algunos días» 


 

M.A.: Amigo, estoy convencido de  que aquel judío llamado Jesús no pretendía fundar ninguna iglesia, pero  "ellos", los controladores, los listos de turno, los mismos a los que él pretendía combatir: los que lograron que fuera torturado y crucificado vieron, con  posterioridad, el tremendo negocio que sería manipular su palabra, y  el poder omnímodo que les daría sobre la conciencia de los ciudadanos autotitularse servidores de la divinidad para, cambiando de "vestiduras" (talares siempre), ejercer un radiante y nuevo ministerio para gloria y loor... ¡de los de siempre! Y así llevan  dos mil años llevándonos al huerto. Y es que la clave de todas las  religiones está encerrada en estas cuatro letras:

 OBDC:
"Ten fé. No hagas caso a lo que te dicta la razón,
sino a la palabra de dios".

Ésa es la divina máxima con la que, los "sagrados pastores", haciendo de voceros celestes, transmiten la palabra de "dios" y apacientan sus rebaños.


Desde la década de 1950 se presentaron trabajos científicos que sugirieron la presunta epilepsia de Pablo de Tarso, y se postuló que su visión y experiencias extáticas pudieron ser manifestaciones de epilepsia del lóbulo temporal. También se propuso un escotoma  central como dolencia de Pablo, y que esa condición podría haber sido  causada por retinitis solar en el camino de Jerusalén a Damasco.

El historiador Alan Bullock sugirió hasta seis posibles causas de la ceguera de Pablo en el  camino a Damasco: oclusión de la arteria vertebrobasilar, contusión  occipital, hemorragia vítrea secundaria/desgarro de retina, lesión  causada por un rayo, intoxicación por Digitalis, o ulceraciones (quemaduras) de la córnea. Con todo, el estado de salud física de Pablo de Tarso permanece desconocido.

Pablo de Tarso comenzó su ministerio en Damasco y Arabia (Gálatas 1:17), nombre con el cual se hacía referencia al reino nabateo. Fue perseguido por el etnarca Aretas IV (2Corintios 11:32), hecho que se suele datar de los años 38-39, o eventualmente de antes del año 36.

Pablo huyó a Jerusalén donde, según Gálatas 1:18-19, visitó y conversó con Pedro y con Santiago. Según Hechos 9:26-28, fue Bernabé  quien lo llevó ante los apóstoles. Podría interpretarse que fue  entonces cuando le transmitieron a Pablo lo que más tarde mencionó en  sus cartas haber recibido por tradición sobre Jesús (1Corintios 11:23; 1Corintios 15:3). La estancia en Jerusalén fue breve: se habría visto obligado a huir de Jerusalén para escapar de los judíos de habla griega. Fue conducido a Cesarea Marítima y enviado a refugiarse en Tarso de Cilicia (Hechos 9:29-30). Raymond Brown señala que no se conoce con exactitud cuanto tiempo permaneció allí, pero pudieron ser varios años.

Bernabé acudió a Tarso y fue con Pablo a Antioquía,  donde surgió por primera vez la denominación de «cristianos» para los  discípulos de Jesús. Pablo habría pasado un año evangelizando allí,  antes de ser enviado a Jerusalén con ayuda para aquellos que sufrían  hambruna (Hechos 11:25-30). A partir de ahí, Antioquía sería el centro de los cristianos convertidos desde el paganismo.

Wikipedia - La enciclopedia libre


M.A.: Hubo una frase que, siendo joven, cuando aún creía en zarandajas, logró abrirme los ojos de repente:

"El señor es mi pastor"

- ¡Coño!  Grité para mis adentros en mitad de la misa... ¡No quiero ser una oveja!


J.A.: ¡Tú lo que eres es un hereje!

M.A.: Y a mucha honra.

Miguel Ángel G. Yanes

13/3/17

"LA POESÍA ES LA MADRE DE LA LITERATURA"

Navona recupera ‘Toda la noche oyeron pasar pájaros’, el premio Ateneo de José Manuel Caballero Bonald, a quien entrevistamos

José Manuel Caballero Bonald

Con un inteligente prólogo de Juan Cruz, fechado hace tres meses, reaparece la excelente novela de José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1926) Toda la noche oyeron pasar pájaros (volumen de tapa dura, de un azul deslavazado, en la colección Los ineludibles de la editorial Navona). Creo que en esta novela de 1981, premio Ateneo de Sevilla, es donde el autor se bate el cobre con toda la literatura: memoria y lenguaje. Así pues, poco se puede decir de ella que no se haya escrito por activa y por pasiva, y poco más se puede decir del escritor que no sepamos ya. Merecedor como es del premio Nobel de Literatura.

Esta es una novela, la tercera de su haber, que se inicia con la llegada a un puerto del sur de España de los Leiston, familia inglesa dedicada al negocio marítimo. En sus más de 470 páginas se da cuenta de la vida y milagros de varias familias, con sus respectivos personajes, para las que, si bien respiran mar, todo a su alrededor se vuelve asfixiante, de una densidad tal que ni el aceite. No existiendo un personaje principal, pues todos lo son en un logrado equilibrio a la hora de aportar su parecer sobre la realidad que les circunda. Por eso, la parte más importante es la del lector, pues con esas piezas debe construir el puzle de esa realidad de posguerra española. La realidad, que no deja de ser palabra inventada, domina todo el escenario de ese pequeño teatro portuario. Sabiendo que “la verdad procrea siempre otras verdades igualmente contradictorias”.

La novela, en esta edición, está organizada en tres partes de siete, seis y ocho capítulos respectivamente, y en ellas se desarrollan varias sagas familiares como las de la ya citada o la familia Benijalea, con la participación estelar de otros como los Lacavallería, Casalajunta o Anafre y Gazul, con mamá Paulina a la cabeza; también David, Lorenzo, Estefanía, Mojarrita, Nieves, Antonia, Sagrario, Natalia y Miss Bárbara o Marquitos, sin ir más lejos. O sea, unas familias, cual grupo social, que conforman el encofrado novelístico, con un narrador todopoderoso, que en tercera persona relata los hechos, y con unos personajes a los que deja hablar; y, unas veces directamente y otras indirectamente, los pergeña y hasta devela sus más ocultas intimidades, pues “cada uno es también otro distinto”.

Reconozco que no soy seguidor del vizconde de Bonald como el obispo Kilmuir, pero sí lector de Caballero Bonald. Pues en la aparente sencillez del relato existen diversas lecturas posibles, que necesitan de la complicidad del lector. Y aún diría más, es una novela que ha pasado y con nota de sobresaliente la prueba del tiempo, pues son ni más ni menos que 36 años y mantiene su vigencia, como podrán comprobar si leen esta excelente obra de un grande de los escritores en lengua española.

Y J.M. Caballero Bonald ha tenido la amabilidad de contestar a Librújula las preguntas surgidas al hilo de esta nueva lectura de Toda la noche oyeron pasar pájaros.

¿La reedición de esta novela, en la era digital, llega al lector con un delincuente sigilo, como Lorenzo abrió la cancela para salir a la calle?

Bueno, es una edición especial, una especie de regalo de cumpleaños del editor Pere Sureda. Más que con sigilo, yo pienso que aparece con una cierta condición de resucitada. Me gusta esa imagen de novela resucitada. A ver cómo se porta.

¿Usted tiene la culpable sospecha de que todos sus recuerdos son erróneos, como David?

No es que tenga la sospecha, es que estoy seguro de que nada de lo que recuerdo ha sucedido de verdad, o ha sucedido como lo recuerdo. Bueno, quizá sea un poco exagerado afirmar eso, pero de lo que no tengo dudas es de que en el fondo de la memoria hay un intruso que no dice nunca la verdad, que trata de engañarte. No hace mucho dije en un poema: “Evocar lo vivido equivale a inventarlo”. Pues eso.       

¿Habrá quien vea poesía en la belleza trágica de esa realidad oculta que expone su novela?


Ojalá ocurra algo así en el entramado de la novela. Pienso que la poesía es la madre primera de la literatura y la ausencia de ese nutriente poético produce una especie de sequedad en la prosa narrativa. Por supuesto que no me refiero a la poesía en un sentido simple, convencional, sino en la significación desconocida de las palabras, en el secreto flujo verbal que alimenta lo que se entiende por sugestión literaria.

Por cierto, una imagen poética se hace título de su novela: si la poesía es metáfora, ¿de qué es metáfora el poeta?

Pues ni idea… Pongamos que una metáfora o una alegoría que puede asociarse al poeta es la del perdido en un laberinto que encuentra de pronto la salida. Algo así.

¿Poesía y denuncia social pueden ir de la mano?

Pueden ir, pero solo en el caso de que esa denuncia social esté contenida, integrada en la materia expresiva del poema. Ya se sabe que la poesía no depende de ningún argumento previo, no tiene por qué contar historias, sino intentar descifrar ideas.

¿Del poeta a los dioses hay un verso?


Vamos a ver… La verdadera poesía, es decir, la única posible, tiene también, como el Torá de los cabalistas, un sentido oculto. Llegar a interpretarlo supone la iluminación. ¿Puede andar por ahí el verso que hay entre el poeta y los dioses?

¿En poesía y en Argónida es importante la generosidad?

No veo por ninguna parte qué importancia puede tener la generosidad en la poesía, no me parece que ese sea un buen término de comparación. En el caso de Argónida es distinto. Argónida puede ser el equivalente de la naturaleza concebida como sustitución del edén. Y ahí siempre se filtra una cierta clase de generosidad.

¿Sabe cuánto vale cenar con un poeta?      

Hay poetas que prefieren la cocina tradicional y otros que optan por las bagatelas de esa cocina de laboratorio tan en boga. Yo me quedo sin duda con los primeros, que son los que coinciden con mis gustos gastronómicos y con los que se puede prolongar adecuadamente la sobremesa. En cuanto a la cuenta, como dicen en el Caribe, lo más seguro es quién sabe.

¡Gracias por escribir, maestro!


FUENTE: librujula.com
Texto: Enrique Villagrasa
Fotografía: Elena Blanco

11/3/17

PALABREJAS EXTRAÑAS


No sé si a ustedes les ocurrirá lo mismo, pero en ocasiones me encuentro con palabrejas extrañas que no  tengo claro lo que significan. A veces son términos médicos o tecnológicos, unos relativamente comprensibles y otros indescifrables para mí; tal vez sea porque estoy demasiado anticuado y sin posibilidad de que mi sesera se actualice a una versión moderna. Que le vamos a hacer. 

 

Ayer, sin ir más lejos, mientras conducía, escuchaba un programa radiofónico de divulgación sanitaria en el que oí decir: "tendinopatía rotuliana", "rinitis vasomotora" y "ependimoblastoma". Bueno, de las dos primeras tuve claro que una acepción designaba problemas de tendones de la rodilla y la segunda una afección de las fosas nasales, pero lo de "ependimoblastoma", a pesar de que "blastoma" me sonó a algo cancerígeno, me dejó fuera de juego; así que, al llegar a casa, no me quedó otra que recurrir a un diccionario especializado que pudiera ilustrarme:

Ependimoblastoma.- Tumor neuroectodérmico primitivo supratentorial (PNETs) Tumor maligno de estirpe embrionario (https://www.aecc.es)


Y entonces tropecé con otras dos palabrejas: "neuroectodérmico" y "supratentorial", y me dije:

- Zapatero a tu zapato.

Porque si seguía tirando de aquella hebra, corría peligro de que las pocas neuronas que me quedan se enredaran en ella para siempre.


Lo curioso del asunto fue que, esa misma tarde, en un concurso televisivo (de los pocos de tipo cultural que en este país existen) alguién apostilló en un momento dado:

- Te voy a dar dos ósculos y un amplexo.


Sabía que "ósculos" eran besos, pero (reconociendo públicamente mi ignorancia) jamás había oído lo de "amplexo", aunque el significado de la frase dejara claro que debía tratarse de un abrazo. Así que, "vuelta la burra al trigo", tiré del diccionario de la RAE para enterarme con detalle de que...

amplexo
Del latín amplexus.
Poéticamente. abrazo.
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Miguel Ángel G. Yanes

8/3/17

DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER

Diez escritoras silenciadas por la historia 

Siempre a la sombra de los literatos, su legado cayó en el olvido o fue tímidamente reivindicado a lo largo de los años.

Cecilia Böhl (1796-1877)
Fernán Caballero

Pionera en nuestro país, tuvo claro que si quería hacer carrera literaria en la España de mediados del ochocientos, no podía hacerlo con un nombre de pila que sonaba casi a provocación; Cecilia Böhl de Faber y Larrea. Es por ello que decidió cambiárselo por el varonil seudónimo de Fernán Caballero, nombre con el que se daría a conocer en la época.

Hija del cónsul Juan Nicolás Böhl de Faber  y de la también escritora Frasquita Larrea, los críticos sitúan la obra  de Cecilia Böhl —y en concreto la novela La Gaviota (1849)— como precursora de la novela realista española. Le seguirían otras obras como La familia Alardea, Una en otra, Elia y Clemencia. Pero fue su obra La farisea, publicada en 1963, la que se hizo con el beneplácito del gran público.

Caterina Albert (1869-1966)
Víctor Catalá

Las furibundas críticas que recibió la obra teatral La infanticida,  fechada en 1898 y escrita por una jovencísima narradora catalana  llamada Caterina Albert, hicieron que ésta se decidiera por ocultar su  verdadera identidad para evitar así la reprobación profundamente sexista  que sufrió con su estreno literario.

La autora —ya como Víctor Català— pudo desarrollar una fructífera carrera narrativa que alcanza su cénit con Solitud,  texto que se enmarca dentro del modernismo. Locura, violencia y destino  configuran el universo narrativo de una escritora que rompió moldes y  escandalizó a la burguesía catalana de la época. El veredicto estaba  claro: una mujer no podía escribir con el desparpajo y la fuerza  expresiva con que lo hacía Caterina Albert.

Colette (1873-1954)
La inefable Colette 

Nacida Sidonie Gabrielle Colette, contrajo  matrimonio con el escritor parisino Henry Gauthier Villars, quien,  consciente de la capacidad literaria de su joven esposa, tuvo a bien  publicar bajo su nombre una serie llamada Claudine, basada  en los recuerdos que esta tenía de su niñez y adolescencia. El éxito  fue tal que superó incluso las expectativas de Gauthier, convirtiéndose  en un auténtico fenómeno literario. Las continuas infidelidades de  Gauthier hicieron que Colette se replanteara su matrimonio,  desarrollando posteriormente una fructífera carrera como escritora,  crítica teatral e incluso llegó a hacer sus pinitos en el music-hall.

Mary MacLane (1881-1929)
Mary Maclane

Pese a que en su día contó con un moderado  éxito, lo cierto es que la historia no ha hecho justicia con la joven  Mary MacLane. Con un estilo transgresor y confesional que adelantó a  escritoras de la talla de Virginia Woolf o Clarice Lispector, esta  canadiense de finales del siglo XIX se sacó de la manga con tan solo 19  años un dietario que más parece un tratado de irreverencia e indignación  para con el provincianismo de la época.

El artefacto, retitulado en su día con un modoso La historia de Mary MacLane —el original llevaba uno algo más urgente: Deseo que venga el diablo—,  encuentra sus lazos literarios en gente como Whitman, Rimbaud o Sylvia  Plath, y ofrece líneas memorables como: "No son las muertes, los  asesinatos, los ardides ni las guerras los que hacen de la vida una  tragedia —confiesa en una de sus anotaciones—. Es la Nada lo que la hace  tragedia. Es día tras día, año tras año, y la Nada".

Concha Méndez (1898-1986)

Empezó a escribir versos bajo la  influencia de Lorca y Alberti. Tras su largo noviazgo con Luis Buñuel,  Concha Méndez comenzó una fructífera labor como colaboradora en publicaciones  de la época como La Gaceta Literaria, Hèlix o Parábola. La  trayectoria de Méndez siempre se caracterizó por un anhelo de  independencia y de libertad que le llevó a vivir en Londres, Montevideo y  Buenos Aires. Cultivó la poesía pero siempre a la sombra de sus  mentores –los ya mencionados Lorca y Alberti– y a medio camino entre la  herencia clásica y la vanguardia del momento. Son de esta etapa sus  primeros poemarios publicados; Inquietudes (1926), Surtidor (1928) y Canciones de mar y tierra  (1930). En ellos, Méndez convierte en materia poética una realidad  vital que experimentó de forma intensa. 

Supo como pocas plasmar la  alegría y el vitalismo propio de los felices años veinte, pero también  hubo de enfrentarse al fatalismo de la guerra, el exilio e incluso a la  muerte de un hijo. De esa época son Vida a vida (1932), Niño y sombras (1936) y Lluvias enlazadas,  tres poemarios en los que se despoja del vanguardismo que le vio nacer  como poetisa, y dan paso a una voz depurada y personal, una voz  confesional en la que el dramatismo y la autenticidad se imponen a los  experimentos iniciales.

Luisa Carnés (1905-1964)
Luisa Carnés, la feminista olvidada y silenciada de la generación del 27

A Luisa Carnés no se le caían los  anillos. Escritora autodidacta, hizo las veces de periodista, camarera y  sombrerera en el taller de su tía. Nacida en 1905 en el seno de una  familia de clase obrera de Madrid, las duras condiciones de vida durante  su infancia le servirían de inspiración posteriormente en su carrera  literaria. Calles mugrientas llenas de miseria preludio de un siglo que  se adivinaba agitado. De ahí surge la pluma afilada y aguda de Carnés,  una voz que nunca encajó en el mundillo literario de la época y que  injustamente terminó siendo engullida por esa máquina de olvido que fue  la Guerra Civil.

Así, pese a que en su día fue reconocida  como una de las más prometedoras narradoras de nuestro país, tuvieron  que pasar más de 60 años para que el historiador Antonio Plaza  desempolvara parte de la obra de Carnés. Una trayectoria literaria que  comenzó en 1927 con Peregrinos de Calvario, un libro de relatos que daría paso dos años más tarde a Natacha, donde testimonia la dura vida de una empleada en un taller textil. La editorial Hoja de Lata rescató recientemente Tea Rooms. Mujeres obreras,  novela periodística en la que narra las desventuras y miserias de un  grupo de mujeres trabajadoras en una ciudad en la que la pobreza campa a  sus anchas.

María Teresa León (1903-1988)

Se inició en el periodismo bajo el pseudónimo de María Teresa Goyri y sus primeros artículos salieron publicados en el Diario de Burgos.  Cuando los felices veinte –para algunos– llegaban a su fin y un tiempo  de turbulencias se abría paso, María Teresa León publicó su primera  obra, Cuentos para soñar. Era el inicio de una fructífera  carrera literaria en la que cultivaría la novela, la biografía, los  cuentos, el teatro, los guiones y una gran cantidad de colaboraciones  periodísticas.

La defensa de la cultura y la mujer  fueron sus temas predilectos. Sin olvidar su compromiso político, que se  mantuvo firme a los ideales comunistas hasta sus últimos días. Una  trayectoria prolífica y nómada debido al exilio que le llevó a vivir  –siempre a la sombra de su gran amor, Rafael Alberti– a París, Argentina  y, finalmente, Roma. Es aquí donde perfila una de sus obras más  emblemática, Memoria de la melancolía, una insuperable crónica del recuerdo en la que repasa episodios pasados como el fracaso de su primer matrimonio.

Magda Donato (1906-1966)
Magda Donato

Antes, mucho antes de que la pluma  desquiciada y narcótica de Hunter S. Thompson se inventara aquello del  gonzo, hubo una periodista que tuvo a bien pergeñar en los años 30 lo  que bautizó como “reportajes vividos”, consistentes en testimoniar de  primera mano lo que sucedía para luego contarlo. Hija de comerciantes de  ascendencia judeo-alemana, Magda Donato —pseudónimo de un bizarro Carmen Eva Nelken Mansberger—,  tuvo la fortuna de crecer en una familia cosmopolita, educada y  moderna, a años luz del analfabetismo rampante que imperaba en la España  de la época.

Una buena muestra de su obra periodística se puede leer en Reportajes  (Ed. Renacimiento), en cuyo prólogo la académica Margherita Bernard  pone en valor la popularidad que en su día —principios de los 30—  alcanzaron los textos de Donato. Cuenta Bernard que los lectores, ávidos  de detalles y matices, escribían agitados al periódico, debatían y  polemizaban sobre su veracidad. No fue la única, curiosamente en  aquellos años de la II República, otras autoras como Josefina Carabias,  también hicieron las veces de “periodistas infiltradas” en la revista  ilustrada La Estampa o en medios de mayor tirada como Ahora.

Jane Auer (1917-1973)

Truman Capote, gran amigo de la escritora, la  describe sentada en un café de la casbah tangerina, con su “cabeza como  una dalia”. Es quizá una de las escritoras más subestimadas de la  historia, siempre a la sombra de Paul Bowles —nómada, músico y  autor de entre otras obras El cielo protector—. Su legado pasaría a la  historia, no así el de Auer. Mujer cosmopolita que vivió por y para la  literatura, se convertiría en el alma máter de esa pléyade de escritores  retirados del mundanal ruido tras la II Guerra Mundial con Tennessee  Williams, Gore Vidal y el ya mencionado Capote como cabezas de cartel.

Su obra En el cenador, recuperada por la editorial malagueña Alfama, y la reedición por parte de Anagrama de su novela Dos damas muy serias y su libro de relatos Placeres sencillos,  dan muestra del talento innato de Auer. Una adelantada a su tiempo de  quien el editor Jorge Herralde llegaría a ensalzar su “humor  extravagante y chiflado”, asegurando que del binomio Paul-Jane, esta  última era “el verdadero genio”. Su querido Truman Capote, además de  hacer malabares lingüísticos con la forma de su cabeza, no dudó en poner  en valor la capacidad poética de Auer; sárcástica y carente de tabúes.

Lenore Kandel (1932-2009)

Decir Beat Generation es como decir Jack  Kerouac, Neal Cassady, Allen Ginsberg o William Burroughs. Poco se sabe  del talentoso elenco de mujeres que quedaron relegadas tras la  imaginería contracultural de machirulos convenientemente  alicatados. Hablamos de Elise Cowen, Denise Lesertov, Diane di Prima,  Mary Norbert Körte y, muy especialmente, de Lenore Kandel. Nacida en Nueva York en 1932, pergeñó un libelo con cuatro poemas titulado The Love Book en  pleno verano del amor. Acusado de obsceno fue retirado de circulación,  el revuelo fue tal que la policía irrumpió en varias librerías en su  búsqueda. A pesar de ser reverenciada por casi todos los protagonistas  de aquella generación, su obra apenas ha trascendido y es el  macho-beatnik el que pasará a los anales de la historia de la  literatura. La historia, una vez más, se repite.

FUENTE: publico.es
Juan Losa - Madrid
08/03/2017

7/3/17

LA VIEJA CASONA (POEMA)


Atisba el gato de las orejas negras,
desde el borde del búcaro,
la tarde somnolienta.

Húmeda niebla hiende
la textura naranja
y aprisiona, con lentitud,
las formas detenidas
en el enmarañado
jardín de los olvidos.

Una similitud extraña de medidas
se conjuga en las líneas
de la vieja casona.

Ciento cuarenta y cuatro
varillas de metal
amarillean el paño
de la tapia blanquísima,
cuya profundidad
divide en sí la anchura
del frente y las espaldas.

Tres metros y catorce centímetros
entre techos y suelos,
planta tras planta así
hasta el mágico triángulo
del desván, donde ahora,
bajo un velo de polvo,
con sus hilos enhebran las arañas,
coordenadas de tiempo,
rescatando,
del silencio ancestral, ritos prohibidos.

Las puertas, todas,
dan medidas exactas
de camposanto y miran
la muerte desde el centro
de sus almas dormidas.

El ojo circular de su frente,
un instante
cegado por el rayo que en mitades
ha cortado la niebla,
deja escapar un último destello
desde una esquirla de cristal,
milagrosamente
al párpado aferrada.

Doce ventanas tienden
un sueño roto de cristales al sol
mientras las tejas
resbalan en silencio
una tras otra y quedan
oscilando en el borde
quebrado del alero.

Los pájaros detienen
su vuelo en las entrañas
abiertas, y en las vigas
de tea y en las huecas
heridas de su carne
anidan y gorjean.
Un lento ronroneo
vigila sus quehaceres.

La tarde
ya no da más de si.
Se abisma en el mutismo
de unos labios
como puñales fríos.

La casona se pierde,
nocturna, entre las sombras.
Sólo brillan los ojos
refulgentes del gato
que ha cambiado la curva
de la boca del búcaro
por la rama de un árbol.

Miguel Ángel G. Yanes

5/3/17

DESDE LAS SAGRADAS ALTURAS DE MACHU PICCHU


Río Urubamba y carretera de acceso a 
Machu Picchu.

 Y ahora vamos a girar la foto:

¿Qué les parece?...
 
¿Un rostro pétreo que hacia los cielos mira?


Miguel Ángel G. Yanes

2/3/17

LA MAGIA DE LOS NÚMEROS


La amiga Jeannette me ha devuelto un libro que le había prestado tiempo atrás, y en el momento de regresarlo a su lugar, no pude evitar la tentación de abrirlo para leer aquella reseña que anoté en su momento:
2-3-1995*

 "¡Las fechas! Siempre la magia de los números.
Tal día como hoy viajaba hacia Perú 
hace 16 años."


Perseguía un sueño pergeñado a la vista de una fotografía en blanco en negro, cuando apenas tenía 13 años de edad. Era la primera imagen que contemplaba de las ruinas de la ciudad perdida de Machu Picchu, y el impacto fue tal que, en ese mismo instante, me prometí a mí mismo, que algún día la visitaría. Y así fue: años más tarde me planté allí, completamente solo y con una sencilla mochila a la espalda ("ligero de equipaje" como mandan los cánones) decidido a impregnarme de su energía.


Más allá de paparruchadas y fantasías esotéricas o ufológicas, no sé si fue un viaje iniciático o no, pero cambió mi perspectiva de la vida para siempre.

(*) Los que me conocen, saben bien de mi costumbre de fechar los libros al llegar a mis manos.

Miguel Ángel G. Yanes