17/12/15

DOS MUJERES SEVERAS

De mis años mozos, recuerdo con cierto afecto a dos profesoras: Fuencisla y Sara. No dejo de reconocer que, en común, se mostraban como dos mujeres atípicas: joven una, mayor la otra, pero secas y cortantes, tendentes a un exceso de severidad con los alumnos; no sé si por exceso de carácter o por autodefensa.


Fue una de ellas, Fuencisla, profesora de literatura en el colegio donde cursé estudios hasta la llegada al instituto, quien me empujó a escribir en aquellos años, aún tiernos para mí de la adolescencia, y aquí sigo, sin parar aún, merced a ella.

Muchos años más tarde la volví a ver en la cafetería de la universidad; seguía siendo la misma mujer que yo recordaba: guapa, elegante, de grandes ojos y oscura melena, a la que, haciendo gala de mi contumaz timidez, apoyado en la barra, muy cerca de ella, no me atreví a saludar, porque departía con otras personas. No he vuelto a verla jamás.


Sin embargo a Sara (profesora de Física en el instituto) bajita, delgada, de pelo corto y dentadura prominente, soltera empedernida, la solía ver más a menudo, ya que, coincidíamos con relativa frecuencia paseando por las calles de esta ciudad nuestra de Santa Cruz de Tenerife.

Ambas me aportaron una serie de conocimientos en diferentes etapas de mi vida; cada una en su área de enseñanza, claro está. Es por ello que quiero mostrarles mi agradecimiento a través de estas líneas, porque aun siendo mujeres severas, tenían el mágico don de la enseñanza y la suficiente pedagogía para hacerla fluir hacia sus alumnos, a poco que uno les prestara la debida atención. Y si lo descubrían, te habrían un trocito de su alma.


Miguel Ángel G. Yanes 

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