29/10/11

EL REY GALLEGO DE LOS JÍBAROS

Husmeando en la Red, he encontrado un interesantísimo artículo, publicado en el periódico EL PAÍS el 03/12/06  por D. Álvaro Otero, en el que trata, con todo lujo de detalles, la curiosa historia del gallego Alfonso Graña que llegó a convertirse en rey de los shuar, tribu amazónica también conocida como jíbaros (los famosos reductores de cabezas), nombre dado por los españoles, a pesar de que ni ellos, ni anteriormente el poderoso imperio inca, consiguieran conquistar sus abruptos territorios. Esta etnia habita entre las selvas de Ecuador y Perú.

En 1979, en una escala en el aeropuerto de Guayaquil (Ecuador) tuve la oportunidad de contemplar una cabeza reducida o tzanza que, colgando del techo, oscilaba sobre sobre la barra de la cantina aeroportuaria. No sé si seguirá allí. Tampoco podría decir a ciencia cierta si era de persona o no; depende de su antigüedad, ya que, en la actualidad, al prohibirse estas prácticas ritualísticas con restos humanos, las tzanzas se suelen realizar con cabezas de mono. Dicha práctica, originariamente tenía un significado religioso, se creía que reduciendo la cabeza de un enemigo y llevándola consigo, se obtenía la sumisión de su espíritu y la obligación de servir al vencedor. Aunque también se decía que la función primordial era evitar que el alma del enemigo tomara venganza.
 
Pues fue buscando datos sobre esta curiosa cultura que llegué al artículo de marras:
 
ELPAIS.com - El País semanal
El rey gallego de los jíbaros

Aventurero y audaz, Alfonso Graña fue uno de tantos gallegos que emigraron en busca de fortuna. Pero su historia es de cine. Empezó como cauchero en Iquitos (Perú), y cuando murió, en 1934, se había convertido en el rey Alfonso I y reinaba sobre 5.000 indios jíbaros del Amazonas.


ÁLVARO OTERO
03/12/2006

Partió analfabeto y aprendió a leer y a escribir en la selva, donde nadie leía y escribía. Las tribus jíbaras huambisa y aguaruna del alto Amazonas, conocidas por guerrear sin pausa y reducir las cabezas de sus enemigos, ejecutaban sus órdenes con respeto y cierta reverencia, pues aquel hombre blanco, inmune a las fiebres, al veneno de las tarántulas o a la furia de los rápidos, parecía a veces inmortal. Como el Kurtz de Conrad en El corazón de las tinieblas, también vivía río arriba, en compañía de los salvajes. He ahí, no obstante, la única coincidencia con el personaje literario. Graña fue un Kurtz bueno que falleció de muerte natural en algún remoto lugar de la jungla. Una desaparición recogida por grandes periódicos de la época y evocada, como antes lo había sido su vida, por escritores y científicos de una II República española que también pronto moriría.

En una casucha derruida de la parroquia orensana de Amiudal, perteneciente al Ayuntamiento de Avión, célebre por ser la patria chica de acaudalados emigrantes como el magnate de la prensa mexicana Mario Vázquez Raña, hay una lápida con la siguiente inscripción: “Casa natal de Alfonso Graña, rey de los jíbaros”.


“Está por ahí arriba”, dice un anciano señalando las ruinas con su bastón. Y añade, mirándome con curiosidad: “De vez en cuando vienen algunos fanáticos a verla”. En su lugar natal no parece despertar demasiado entusiasmo la figura de Alfonso Graña, pero lo cierto es que comienza a cobrar caracteres de mito gracias a un puñado de entusiastas investigadores que desde hace unos pocos años se afanan en recabar información sobre uno de los personajes más fascinantes que haya dado la emigración gallega. Un hombre que, partiendo de una aldea misérrima de la Galicia del siglo XIX, llegó a dominar sobre miles de indios amazónicos y a ser respetado por quienes le conocieron o supieron de él.

Maximino Fernández Sendín, ovetense de padres gallegos y apasionado biógrafo de Graña, afirma en su libro Alfonso I de la Amazonia. Rey de los jíbaros que “a finales del siglo XIX emigra a las Américas, recala en Belén de Pará y un tiempo después se traslada a Iquitos (Perú), donde está documentado que se encuentra en 1910 y trabaja en distintos oficios, incluido el de cauchero”.


En Iquitos, próspera ciudad amazónica gracias a la industria del caucho, reside Alfonso Graña durante una década y traba profunda amistad con otro personaje de novela: Cesáreo Mosquera. Originario de una parroquia cercana a Amiudal, Mosquera era un ferviente republicano que había hecho la guerra en Filipinas antes de asentarse en la capital del departamento peruano de Loreto, donde había formado una familia y fundado la célebre librería Amigos del País, verdadero centro de reunión de una colonia española que acudía allí para enterarse de las últimas novedades de la patria y leer con fruición las novedades del Ya o El Sol.


Pero la prosperidad de Iquitos comienza a tambalearse con la caída de los precios del caucho natural en los mercados internacionales. Esta crisis se vuelve virulenta alrededor de 1920, y es entonces cuando Alfonso Graña se adentra río arriba en busca de nuevas oportunidades. Hay varias versiones sobre cómo acabó contactando con los jíbaros, pero muchas coinciden en que hubo un enfrentamiento con los indígenas durante el cual el hombre que le acompañaba murió y Graña se salvó de correr la misma suerte porque “se encaprichó con él la hija del jefe de la tribu”, según uno de los testimonios recogidos por Fernández Sendín.

A Graña, alto y delgado, la apostura le venía de familia, conocida en la remota aldea natal por el apodo de Los Chulos. Le gustaba –quizá herencia del padre, sastre– vestir elegantemente, y se tocaba con unas gafas redondas que le daban un aire intelectual. Esa imagen, al parecer, le libró de morir a manos de los feroces jíbaros, y su audacia e inteligencia le servirían para suceder a su suegro a la muerte de éste.

Lo cierto es que Graña desapareció en los confines de la selva sin que ni siquiera su gran amigo librero tuviera noticias de él, pero cuando vuelve a aparecer lo hace de forma espectacular. El periodista y escritor Víctor de la Serna, el primero que utilizó el sobrenombre de Alfonso I, Rey de la Amazonia, y quizá la persona que más contribuyó a ensalzar la figura de Graña en la España republicana, describió así el momento: “Al cabo de unos años se supo por unos indios jíbaros, de la tribu de los huambisas, que allá por la gigantesca grieta que el Amazonas abre en el Ande, hacia el Pongo de Manseriche, vivía y mandaba un hombre blanco. Graña era el rey de la Amazonia. Y entonces un día, hacia Iquitos, avanzó por el río una xangada con indios jíbaros, muchas mercancías (…) y Graña. Lo reconocieron sus amigos y, sobre todo, con doble alegría, Mosquera”.

“Los indígenas lo adoraban y seguían a todas partes”, cuenta el editor y escritor Gonzalo Allegue, precursor en el redescubrimiento de este personaje. “En la ciudad les curaba las úlceras de las piernas, les cortaba el pelo, les invitaba a helados y los llevaba al cine. Por las tardes, los huambisas se vestían de frac y sombrero de copa de los masones de la colonia española y salían a pasear en el Ford 18 descapotable cedido por Cesáreo Mosquera”.


Más allá de estos divertimentos, Graña acudía a la ciudad para hacer negocios y después se iba. Aparecía una o dos veces al año con las balsas cargadas de carne curada, pescado salado, monos, venados, bueyes y tortugas, siempre rodeado de jíbaros que mostraban a las asombradas hijas de Mosquera las tzantzas o cabezas reducidas. Nadie sabía dónde vivía exactamente, pero se movía sobre todo en el entorno del Pongo de Manseriche, el terrible rápido a 10 jornadas enteras de canoa, río arriba, desde Iquitos.

“Diez kilómetros de violentos remolinos, rocas, torrentes…”. Así describe Mario Vargas Llosa el Pongo en su novela La casa verde. Con el tiempo, la gente fue relacionando la ascendencia de Graña sobre los jíbaros, entre otras cosas, con su capacidad para atravesarlo sin siquiera amarrarse a las balsas, como un loco inmortal llegado de otro mundo. No es para menos, porque el Manseriche, donde las aguas del Marañón se encajonan en un angosto cañón rocoso de sólo 25 metros de ancho y acaban precipitándose sobre una piedra de 30 metros de altura, era y sigue siendo un infierno de remolinos que se traga decenas de hombres y barcos de gran porte.


Sólo los jíbaros más valientes se atrevían a navegar el Pongo… y Graña. Según cuenta Allegue en su libro Galegos: as mans de América, cruzaba la torrentera agarrado tan sólo a su pértiga y encomendándose a voz en grito al padre Rafel Ferrer, un sacerdote español que 100 años antes había muerto en el río y cuyo espíritu, según el gallego, le protegía. Graña, además, había enseñado a los indios a aumentar la producción de sal, indispensable para curar el pescado y la carne, y se empleó a fondo para reducir los conflictos entre aguarunas y huambisas utilizando sus dotes de persuasión y su capacidad de mando.

Su fama, con el transcurrir de los años, fue creciendo. Mosquera, que, a pesar de haber aprendido a leer ya mayor, tenía una irrefrenable pasión de cronista, le sentaba delante de él cada vez que llegaba, le instaba a contarle sus aventuras y, mientras tanto, reproducía su cháchara tecleando compulsivamente en su vieja máquina de escribir. Esas páginas, redactadas con fluidez y gracejo, cuajadas de faltas de ortografía y expresiones en gallego, representan hoy un testimonio clave para comprender la vida de Graña, su relación esporádica con la civilización y su posterior contacto con uno de los proyectos científicos más ambiciosos de la II República.

“Acaba de llegar aquí nuestro paisano Alfonso Graña de su tribu del río Santiago y Marañón con indios huambisas trayendo una balsa con mucha metralla para vender aquí”, consigna en uno de esos escritos. “Animales y aves curados y ahumados, parece un necroterio (sic), que diría Darwin”. “Ya nos retratamos y todo con ellos”, añade en otro, “y hasta con la cachola de una mociña que han escamochado saben ellos por qué”.

La autoridad de Alfonso Graña sobre ese vasto territorio selvático se consolida con el tiempo y llega incluso a oídos de los hombres más poderosos del planeta. “Cuando en 1926 la Standard Oil [la petrolera propiedad de los Rockefeller] quiso explotar los supuestos pozos petrolíferos del alto Amazonas”, relata Lois Pérez Leira, responsable de migración de la Confederación Intersindical Galega y otro precursor en las investigaciones sobre el personaje, “tuvo que pactar con Graña, y gracias a él pudo hacer los sondeos”. Sólo Graña podía evitar que las tribus atacasen a los expedicionarios, sólo él podía proveerlos de víveres y, lo que es más importante, sólo él conocía dónde brotaba el petróleo de la tierra con la misma naturalidad que el agua de una fuente.

Mientras tanto, Cesáreo Mosquera se entera por un artículo de Víctor de la Serna de que el famoso aviador republicano Francisco Iglesias Brage lidera en España una denominada Expedición Iglesias al Amazonas, con el apoyo del Gobierno y de intelectuales de la época como Gregorio Marañón o Ramón Menéndez Pidal. Sin pensárselo dos veces, y aún incrédulo, Mosquera le escribe a Brage: “Supongo que es una broma [la noticia], pero si no lo es, aquí estamos Graña y yo”.


El aviador, famoso por hazañas como su vuelo sin escalas de Sevilla a Salvador de Bahía en 1929, le contesta de inmediato y a partir de ese momento el librero y su amigo Graña se convierten en entusiastas colaboradores del proyecto. Mosquera escribe decenas de cartas a Brage con datos preciosos para los preparativos de la expedición, “entrevista” compulsivamente a Graña cuando éste se acerca a Iquitos sobre todo de tipo de aspectos relacionados con la vida en la selva –costumbres de los indios, distancias, fauna, formas de las embarcaciones– e incluso inquiere a los jíbaros –con la ayuda de un sospechoso ahijado de Graña, de gran parecido con éste, que hacía de traductor– sobre la técnica para reducir cabezas o los efectos de la ayahuasca, la planta “que no se toma para curar, sino por soñar”.


Víctor de la Serna comienza a hacerse eco del poder de Graña en los periódicos y revistas de la época, mientras la Expedición Iglesias al Amazonas alcanza velocidad de crucero. El 16 de junio de 1932, las Cortes elaboran una ley para darle el definitivo impulso y se inicia la construcción del Ártabro, un buque especialmente diseñado a tal efecto que contenía desde un laboratorio hasta pequeños aviones de alas plegables con los que realizar las exploraciones.

Mientras tanto, Mosquera, que seguía al dedillo la evolución del proyecto, no sólo se limita a enviar datos por escrito, sino que le hace llegar a Iglesias Brage todo tipo de material traído por Graña: botellitas con agua del río, con petróleo, monos ahumados, paujiles, paiches, capullos de crisálida y decenas de fotografías realizadas por el gallego selva adentro. Víctor de la Serna divulga sin descanso los trabajos. El filósofo Ortega y Gasset se suma al patronato de la expedición y es entonces cuando, de nuevo en el Amazonas, un suceso acaba por asentar definitivamente el reinado de Alfonso Graña.

Todo comienza cuando en 1933 un avión de combate de las Fuerzas Aéreas peruanas que participaba en la guerra entre Perú y Colombia se estrella en plena selva. Fallece el piloto, y el mecánico queda malherido. Los indios, comandados por Graña, localizan los restos del aparato y salvan la vida del herido cuidando de él toda la noche.


Fue entonces cuando Graña toma una decisión con la que alcanzaría una fama imperecedera. Embalsama el cadáver con la ayuda de los indígenas, ordena recoger los restos del hidroavión y los embarca junto al ataúd en una balsa. En otra, monta un segundo avión de la misma cuadrilla que había sufrido desperfectos tras el amerizaje de emergencia, aunque sin víctimas. Y con esa frágil flota se dispone a hacer lo que parecía imposible: cruzar el Pongo de Manseriche.

Con ayuda o no de su espíritu protector, lo cierto es que logra su objetivo, y más de una semana después llega a Iquitos, donde le recibe una multitud impresionada ante la valentía de ese hombre que se había jugado la vida para entregar el cadáver a la familia del piloto. Una familia de gran alcurnia que, agradecida, contribuyó sin duda a que poco después el Gobierno peruano reconociese oficialmente la soberanía de Alfonso Graña sobre el territorio jíbaro y la explotación de sus salinas. Alfonso I, Rey de la Amazonia había dejado de ser el apodo acuñado por Víctor de la Serna para convertirse en una realidad. Aquel piloto se llamaba Alfredo Rodríguez Ballón, y el aeropuerto de la ciudad peruana de Arequipa lleva hoy su nombre.


Alfonso Graña no pudo disfrutar mucho de su gloria. El misterio de la causa y el momento de su muerte se mantendría hasta que Maximino Fernández localizó una carta firmada por Luis Mairata, un español residente en Iquitos, y enviada al capitán Iglesias Brage en diciembre de 1934: “Le supongo enterado de que el pobre Graña murió el mes pasado”, dice, “cuando se dirigía a su fundo del Marañón. El pobre padecía cáncer de estómago y no tuvo remedio”.
Murió en plena selva, y nunca se localizó su cadáver. Su gran amigo Cesáreo Mosquera se había marchado el mes de junio de ese mismo año a España, con intención de quedarse. De la Serna le dedicó en enero de 1935, en el periódico Ya, un inspirado obituario: “Detrás de su alma en tránsito”, escribió; “detrás de su alma simple, como la de una criatura elemental, la selva se habrá cerrado en uno de esos estremecimientos indecibles del cosmos vegetal”. Poco después, la Guerra Civil se llevó por delante, entre tantos sueños, el de la Expedición Iglesias al Amazonas. Y casi se lleva también a Mosquera, que, republicano confeso, huyó a Portugal, y de ahí, de nuevo, a Brasil. Nunca regresaría a España. Murió en Iquitos en 1955. Hoy, su librería sigue ahí, aunque con el nombre cambiado. Se llama Tamara.

En la siguiente fotografía se puede apreciar, a la izquierda, a un descendiente de Alfonso Graña, cuyo parentesco ha sido ratificado mediante las correspondientes pruebas de ADN, cotejadas con las efectuadas a unas sobrinas suyas octogenarias, hijas de su hermana Florinda.


25/10/11

EMOTIVO HOMENAJE

Esta noche, en la librería del Cabildo Insular, ubicada en la Avda. de las Islas Canarias (antigua General Mola) nº 4, de esta ciudad nuestra de Santa Cruz de Tenerife, ha tenido lugar un emotivo homenaje en memoria del poeta Orlando Cova Adrián, reciéntemente fallecido.


Invitados por Rubén Díaz, tuvimos, Maki y yo, el honor y el placer de asistir a tan emocionante evento, en el que, de la mano de Ánghel Morales García, una serie de amigos de Orlando leyeron parte de su obra literaria, tanto en prosa como en verso, aunque más de uno, con un nudo en la garganta, no pudo hilvanar las necesarias hebras de la palabra. También, de cosecha propia, se leyó algún que otro poema a él dedicado.



La guitarra de Rubén Díaz y la voz de Marisa Delgado, intercaladas entre los distintos lectores, contribuyeron, con una serie de temas musicales elegidos amorosamente (...Palabras para Julia, Tears and heaven, Al Alba) a realzar ese hermoso y doloroso encuentro. Finalizó el mismo con un montaje audiovisual en el que, sobre un fondo de fotografías del poeta, pudimos escuchar su desgarrada voz, quebrada por la emoción, recitando unos poemas que estremecieron las almas y los cuerpos de todos los presentes.



De pie, al fondo, como casi siempre, fuimos los primeros en salir, y al elevar la vista al cielo estrellado, me vino de pronto a la memoria una frase dedicada al Che que me gusta emplear con los amigos que inician su tránsito:



"Será una pena que no exista Dios, pero habrá otros... ¡claro que habrá otros dignos de recibirte...!"

9/10/11

HAITÍ: HAMBRE, MISERIA Y DESOLACIÓN


Haití, es un país situado en el Mar Caribe; ocupa la parte occidental de la isla La Española, y tiene la desgracia de ser el más pobre del continente americano, con la renta per cápita más baja de todo el hemisferio occidental. Aproximadamente el 70% de su población vive en la pobreza y, según datos de la FAO, la mitad de su población se encuentra en situación de extrema pobreza, subsistiendo con menos de 1 dólar al día.


Haití proclamó su independencia en1804, siendo el primer país de América Latina en acceder a ella tras una prolongada lucha armada contra Francia, potencia colonizadora desde finales del siglo XVII. Este proceso convirtió a Haití en el primer caso en la historia en el que, la población, compuesta en un 95% por descendientes de esclavos negros subsaharianos, alcanzó su emancipación y condujo a la abolición de la esclavitud. No obstante, para que no cundiera el ejemplo, fueron abandonados a su suerte por las potencias colonizadoras que nunca les perdonaron su rebelión. De ahí su precaria situación actual.


La pugna entre las élites políticas y económicas, y las masas populares empobrecidas, provocó una grave inestabilidad social, que sirvió de pretexto a Estados Unidos para invadirlos en 1915 y ejercer un control absoluto hasta 1934. En 1957 fue elegido como presidente François Duvalier (Papa Doc) que, con la ayuda de los Estados Unidos, se hizo proclamar presidente vitalicio en 1964, y apoyado por grupos paramilitares denominados Tontón Macut (a los que se les achacan más de 150.000 asesinatos y desapariciones)


gobernó el país con mano de hierro hasta que su hijo Jean-Claude Duvalier (Baby Doc) le sucedió en 1971. En enero de 1986, una insurrección popular lo obligó a exiliarse; entonces, el ejército se hizo con el poder. Ya en 1991, tras unas elecciones libres, Jean-Bertrand Aristide resultó elegido presidente, pero fue depuesto en el año 2004 tras una grave crisis que incluyó violentos episodios, lo que dio pie a la ocupación de Haití por parte de los "Cascos Azules" de la ONU. Posteriormente, el 12 de enero de 2010, se produjo un terremoto de magnitud 6.9 en la escala Richter.


Fue el terremoto más severo registrado en el país en los últimos 200 años. El epicentro se produjo cerca de la capital, Puerto Príncipe, llegando el número de muertos a superar los 300.000 y siendo más de un millón las personas damnificadas. (Curiosamente, el país vecino, República Dominicana, con el que comparte isla, no fue afectado por el seísmo... ¿Existirá en realidad el Proyecto Haarp, dotado de una capacidad tecnológica que permita provocar terremotos a voluntad?) Este hecho fue aprovechado por Estados Unidos que, con la excusa de prestar ayuda humanitaria, volvió a posicionarse militarmente en la isla.



A partir de ahí, todo ha sido caos y desolación... La miseria ya estaba asentada en el país, pero, tras el terremoto y la posterior "invasión", ha aumentado hasta límites inconcebibles.



Antonio Fraguas "Forges", famosísimo humorista gráfico español, persona comprometida donde las haya, nos recuerda a diario en sus viñetas la necesidad de no olvidarnos de Haití. ¡Hagámosle caso! 


7/10/11

INTENTANDO AGITAR CON LEVE TACTO (POEMA)


A José Antonio Labordeta (a un año de su muerte)

Desde que alzaste el vuelo y te alejaste
de esta prisión azul -cárcel esférica-
de esta terrible y luminosa ergástula,
cuyas rejas tan sólo abatir puede,
con fugaz, certero movimiento
de su afilada hoja de guadaña,
la poderosa mano de la parca,
ha transcurrido un año... un año ya 
de esa rauda, absurda, cruel falacia 
que los seres humanos, empeñados
en medirlo todo con desesperación,
dimos en llamar tiempo: ese periplo
en torno a un dios, ardiente y solitario, 
del que formas ya parte para siempre.
porque vienes a ser un rayo más, 
un haz de luz divina de esa corte
mágica e infinita que despierta
con la serenidad de la alborada,
intentando agitar con leve tacto
la adormecida conciencia de los hombres.

Miguel Ángel G. Yanes

3/10/11

ORLANDO COVA



He vuelto a perder otro amigo. Es un andancio, como dirían los viejos, que en los últimos tiempos se ha llevado por delante a un nutrido grupo de mi generación: aquellos que nacimos en los años 50 y que aún no alcanzamos la sesentena.

Hoy le ha tocado el turno a Orlando Cova Adrián, prolífico escritor, amigo y "buena gente", nacido en el, antaño pueblo, y hoy barrio pesquero de San Andrés (Santa Cruz de Tenerife) en 1957. Entre sus obras literarias cabe destacar: "Cosas del Lago Rojo", "Nadie contó los días exactos", "Manifiesto", "En las afueras del Balayo"...


La última vez que nos vimos fue un mediodía de verano del pasado año cuando, mi cuñado Paco Brito y yo, nos acercamos a San Andrés para echar una cerveza y unos camarones. En ello estábamos, cuando Paco me señaló con la cabeza a un individuo que se hallaba en la mesa de al lado, diciéndome:

- Lo conozco, pero no recuerdo como se llama. Creo que es escritor.

Y ni corto ni perezoso, se levantó y le preguntó:

- Perdona... ¿tú te llamas Armando?

Y yo, levantándome también y sin darle tiempo a reaccionar, dije:

- ¡Orlando... Orlando Cova!

Sorprendido, se puso también en pie y preguntó:

- ¿Y tú eres...?

- Miguel Ángel Yanes, respondí.

- ¡Amigo!... ¡cuántos años... ! y me abrazó realmente emocionado.



Su deterioro físico era evidente, y lo descuidado de su cabello y de su indumentaria, indicaban que atravesaba por un duro periodo de la vida; aún así, sus neuronas seguían funcionando a la perfección, y aquella energía vital de la juventud, aunque empañada de tristeza, asomaba todavía a sus ojos. Se mostraba dolido con quienes (según él) lo habían dejado en la estacada, y se le arrayaban los ojos al nombarlos.  Sobre todo a una persona muy querida que se negaba a verlo. Ello lastraba, como el plomo, su espíritu.

Hoy, 3 de octubre de 2011, bajo un sol de justicia, hemos acudido a San Andrés, su pueblo natal, para asistir a sus honras fúnebres. A las once y media de la mañana, siguiendo la tradición, como se hacia antaño en todo pueblo, una campana comenzó a doblar, a medida que el ataúd, portado por sus allegados,  avanzaba desde el tanatorio hacia la iglesia. Había olvidado casi ese tañido lúgubre.


Me quedé fuera, cerca de la puerta lateral, escuchando el responso, protegido a la sombra de un laurel de indias; cuando de pronto reparé, de entre la multitud que llenaba la plaza, en una mujer cuyo rostro era el exponente máximo de la tristeza y la desolación. Un dolor infinto estallaba en sus ojos que apenas podían contener el caudal de sus lágrimas.

Terminada la liturgia, la amplia comitiva funeraria de la que formábamos parte, descendió, con el féretro a hombros, por la calle de Avelino Delgado (Pollo de San Andrés) hasta la salida del pueblo, introduciéndolo luego en el vehículo que habría de llevarlo hasta el cementerio de Santa Lastenia para ser incinerado.



No pude reprimirme, y dirigiéndome a aquella mujer solitaria, silenciosa y afligida, intenté consolarla:

- No nos conocemos, pero quiero que sepas que, para los que le quisimos, vivirá siempre aquí, le dije, tocándome en el pecho.

Sólo una palabra: "gracias" brotó de entre sus labios, pero con tanta emoción, que repercutió en el aire tenso del mediodía para alzar, de repente, un vuelo de palomas, que tal vez ayudaron a Orlando a elevarse con ellas, dejando aquí aquel cuerpo vacío, deshabitado, para que fuera pasto de las llamas.



¡Feliz regreso, amigo!

Miguel Ángel G. Yanes


1/10/11

UN BASURERO "AD HOC"

Aunque poca gente recuerde ya los nombres de los antiguos barrios de Santa Cruz de Tenerife: Ballester, Buenavista, Perú, Uruguay... cuyos nombres se han diluido en parte, absorbidos por la nueva reestructuración en distritos de la ciudad, diré que me crié en el Barrio de Buenavista, y es por ello que conozco bastante bien el Puente Zurita, ya que, a diario, me veía en la obligación de cruzarlo al menos en dos ocasiones, a la ida y a la vuelta del colegio. Fue éste uno de los primeros puentes construidos para salvar el accidente geográfico del Barranco de Santos, y unir así los barrios de Salamanca y Buenavista, el uno frente al otro, pero separados por esa profunda grieta; permitiendo comunicar, a su vez, la parte norte de la ciudad con el interior de la isla.


La estructura del puente no había sufrido ningún tipo de variación a lo largo de los años. Su único ojo seguía vigilante, sin perder detalle de lo que acontecía ante si, y sólo con la instalación de la parada del tranvía sobre él, se procedió a colocar unos mínimos refuerzos en  su arco. Pero a raíz de la obra del susodicho invento, se modificaron también sus barandillas.



Desaparecieron los tubos de toda la vida, siendo sustituídos por unas estructuras metálicas rectangulares, decoradas con paneles plásticos amarillos y naranjas, que (dicho sea de paso) pegan como un tiro. Y fue entonces cuando se metió la pata hasta el corvejón: ¡no dejando acceso para el agua bajo ellas! por lo que, como observarán en la siguiente imagen, el líquido elemento sólo encuentra salida por un tramo de muro que se encuentra sin terminar. Habrá que preguntarse por dónde lo hará cuando lo acaben; mientras que ,merced a las antiguas barandillas de tubos, el agua, sin ningún tipo de impedimento, caía libremente al barranco.


Pero no acaba aquí el desaguisado. Hace unos días, transitando el mencionado puente, descubrí un basurero "ad hoc" bajo las famosas estructuras de colorines. Resulta que no sólo impiden el paso del agua, sino que, sus bases son una especie de estrechos y alargados sarcófagos metálicos sin utilidad alguna, donde se ha ido acumulando todo tipo de basuras y que, para más inri, parece que no se limpian nunca. ¡Un asco!



Miguel Ángel G. Yanes