29/5/11

HOMENAJE A LAURA HIGUERAS


Aunque, harto y desencantado, no comulgue ya, ni con hostias ni con ruedas de molino, y me declare profundamente panteísta, le debía a Laura Higueras (q.e.p.d.) la asistencia al acto que honraba su memoria de mujer comprometida con nuestra cultura y nuestras tradiciones. Y es que la amistad, a veces, se halla más allá de creencias religiosas y políticas, aunque los diálogos se tornen difíciles y en ocasiones se hagan imposibles. Sé bien de lo que hablo, porque me ocurre incluso con miembros de mi propia familia: Unos somos de izquierda, otros de derecha, unos religiosos, otros no… pero no por ello dejamos de querernos aunque, con el tiempo, nos hayamos distanciado más de lo conveniente. Pero ellos saben que cuando me necesiten siempre estaré ahí, y a la recíproca, yo también lo sé.

Mi abuelo me enseñó, de niño, palabras importantes: libertad, república, tolerancia, aunque había que decirlas bajito (cosas de la posguerra) pero mi abuela me enseñó también otras más comunes en la época, pero harto valiosas: amabilidad, educación, respeto… Curiosamente, mi abuela era de derechas y mi abuelo de izquierdas; así y todo se amaron y convivieron durante más de 40 años. Recuerdo siempre que, cuando Franco daba el mensaje navideño por televisión, mi abuela, pañuelo en mano, no podía contener las lágrimas, mientras mi abuelo soltaba toda clase de improperios. Así me crié.


Por eso estuve ayer en Igueste de Candelaria, invitado por Holanda Coello, para asistir al homenaje que todo un pueblo rendía a Laura Higueras a los 10 años de su fallecimiento, que no de su ausencia, porque, su pálpito, se puede notar aún entre los suyos. Laura, mujer comprometida siempre con el prójimo, defensora a ultranza de raíces y valores incuestionables, poseedora de una mirada especial, cuyo magnetismo atrapaba, como la luz atrapa a las falenas, era también persona correctísima donde las hubiera. Siempre tuvo la deferencia de contar conmigo, invitándome, cada vez que organizaba algún evento literario, a través de nuestro común amigo Adolfo Martín Coello; cuya inasistencia hoy, por imponderables de salud, dejó en el aire la helada ausencia de su voz.

Dada la coincidencia de horario con la final de la Copa de Europa de fútbol, pensé que no asistiría casi nadie al nuevo espacio cultural Porfirio Torres Cruz, pero contra todo pronóstico, el salón se llenó, a excepción de la primera fila, reservada para las autoridades, que resultaría vacante por completo. Siempre me ha dado la sensación de que autoridades y cultura no forman un buen tándem.


Fue un acto entrañable, perfectamente coordinado por el periodista Zenaido J. Hdez. Cabrera, y al que puso su punto de emoción, Dimas Coello, pintor, escritor, poeta… y amigo personal de Laura, al glosar su figura ante los presentes. Actuaron también el Ballet de Alicia Fariña y la Agrupación Folklórica Igonce de Araya. En el apartado de pintura, colaboraron con diversas obras los pintores Ángel González, Manuel Hernández, Adela Machín Oliva y Rebeca Sosa García. Se efectuó, así mismo,  una proyección de diapositivas, donde diversas fotografías recogidas y organizadas por Francisco Coello y José Antonio Martín sobre paisajes y tradiciones de Igueste, se fueron intercalando, sobre un fondo musical, con otras en las que aparecían determinadas imágenes de Laura Higueras. Los ganadores del concurso de micro-relatos organizado por Pilar Maceín Núñez: los jovencísimos Nerea Negrín Ruiz y Daniel Coello Oliva, leyeron sus respectivos trabajos. Y un servidor tuvo también el honor de leer unos poemas.

¡Ah!... Y nos obsequiaron con unos ramilletes de flores, elaborados con un gusto exquisito.

Miguel Ángel G. Yanes

25/5/11

HUELGAS Y CARADURAS

Trabajé durante 35 años en una misma empresa y puedo decir que, del primer departamento en el que estuve ¡27 años apenas! y cuya plantilla andaba también por esa cifra, sólo tres personas, salvo algún-a ocasional, acudíamos sin falta a todas las huelgas que se convocaran: Rosi, Tono y yo (si alguien opina que esto no era así, ruego se manifieste al respecto) Perdíamos dinero, arriesgábamos el físico en la calle, el puesto de trabajo… para que el resto, a buen recaudo siempre, sin mover un dedo, sin arriegar el pellejo y sin perder una lata, terminara beneficiándose, si es que triunfaban nuestras reivindicaciones. Y es que, en mi caso al menos, aunque nunca estuve afiliado a sindicato o partido político alguno, el hecho de no tener que acatar determinadas disciplinas, no fue óbice jamás para dejar de reconocer qué ribera del río me tocaba defender.



Aunque, al final, terminas hartándote de la falta de solidaridad, del cabreo de recibir una nómina descafeinada, de las risitas jocosas de algunos "prójimos"... y entonces, la mala leche se te rebosaba y te hacía decir en voz alta: ¡A la próxima huelga, van a ir los que nunca mueven el culo, porque yo no pienso volver sacarles las castañas del fuego!, pero a la postre... ibas. Uno no puede traicionarse a si mismo.

Muchos, para no acudir a la huelga, ponían la excusa de sus problemas económicos, cuando en realidad, casi todos se hallaban más resueltos que nosotros: ganaban más, o estaban pluriempleados, o su pareja trabajaba, o tenían montado algún negocio... otros alegaban que por mucho que hiciéramos, todo aquello no servía para nada, porque todo estaba ya acordado y hasta firmado. (¡la libertad no existe! gritaban los esclavos)*  Había algunos que, por una vez, llegaban a apuntarse al día de huelga, pero luego no se atrevían a salir de su casa, e incluso quiénes, mostrándose totalmente en contra de lo decidido por las asambleas, nos recriminaban por el hecho de echarnos a la calle a defender nuestros derechos... y los suyos. De todo había en la viña del señor, pero el no va más eran aquellos tipos que, estando afiliados a los sindicatos convocantes de la huelga, se pasaban las directrices por los forros y no se adherían a ella. Algo así como una "discipollina sindical".



Años más tarde, cuando la lucha laboral ya no era ni asomo de lo que había sido, y yo había cambiado de departamento motu proprio, descubrí, con respecto al tema de las huelgas, algo que venía a ser "el remate de la puñeta": Haciendo uso de su información privilegiada como sindicalistas, determinados... iba a decir compañeros, pero no, diré "tipos". Pues eso; determinados "tipos" solicitaban librar el día de la huelga (cosa ilegal), antes de que se hiciera pública la convocatoria, con lo que, no perdían un duro y sin embargo, aparecían siempre en las fotos, formando parte de la cabecera de la manifestación.

¿Cómo lo ven?

Y es que... ¡caraduras hay siempre en todas partes!

(*) El loco de la vía (Rafael Amor)

Miguel Ángel G. Yanes

21/5/11

FULE

Una de esas palabras que no sé porqué hemos dejado de utilizar en las islas. Es apócope de "fulero", recogida en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, con dos acepciones bien diferenciadas:

fulero, ra.

1. adj. Dicho de una persona: Falsa, embustera, o simplemente charlatana y sin seso.
2. adj. coloq. Chapucero, inaceptable, poco útil.

A la segunda de estas acepciones es a la que quiero referirme. Nosotros, allá por los años de Maricastaña, la utilizabamos a menudo, en lenguaje coloquial, cuando algo no funcionaba bien o estaba mal hecho. Por ejemplo, cuando una pandilla de críos decidíamos hacer entre todos un "gometón" (cometón) que no era ni más ni menos que una cometa gigantesca para la que empleábamos la caña completa de una escoba, papel de seda de colores, un buen rollo de cuerda (por lo general sacada de alguna rueda vieja de camión) y una ingente cantidad de trapos que íbamos anundando uno tras otro para formar la cola.


Y, cuando tras la ardua labor de cortar las cañas, rasparlas, hacerle muescas, unirlas luego para formar una especie de estrella que después tendría forma hexagonal, atar su centro e ir amarrando la cuerda, muesca a muesca, hasta rodear el exterior de la estructura, pegar luego el papel con poliada o con papas guisadas (almidón al fin y al cabo) y por último colocarle la larga cola de trapo en una punta y el rollo de cuerda en la otra. Y si después de tanto trabajo el artilugio no volaba bien, caracoleaba y a cada rato estaba en el suelo, la frase estaba hecha en boca de todos:

¡Que "gometa" más fule.

Miguel Ángel G. Yanes
 

17/5/11

CANARIOS, BALEARES Y CONQUENSES

Canarios, baleares y conquenses del 4º reemplazo de 1976, pertenecientes a la 1ª Compañía del Centro de Instrucción de Reclutas nº 8 de Rabasa (Alicante)... atentos, a ver si consiguen encontrarse en esta foto de "época".


Pinchando sobre la foto la pueden agrandar.

Y ahora voy a contar cómo fue esta historia:

Los canarios llegamos antes que nadie, en los primeros días de octubre de 1976. Sólo estaban los mandos y los instructores; estos últimos eran soldados veteranos que habían quedado adscritos al CIR para enseñarnos a marcar el paso, saludar, manejar los "chopos" (fusiles marca CETME, con culata de madera y unos 5 kg. de peso) arrastrarnos por aquellos andurriales y no sé cuantas zarandajas más.


No consigo recordar la capacidad de alojamiento que tenía el campamento en aquella época, ni el número de compañías que lo componían, pero sí sé que a los canarios, que veníamos hechos polvo, después de viajar en aviones de carga, en trenes insalubres y en traqueteantes camiones, nos metieron de cabeza en la 1ª Compañía, el sitio más cutre que había visto en mi vida: un barracón que databa de 1898, con unos estrechos ventanucos pegados al techo, literas metálicas de tres pisos y carente hasta de taquillas. Había que enganchar el petate al cabecero de la cama con la famosa anilla y el candado. No vean que odisea, cada vez que había que coger algo. La Compañía tampoco estaba dotada de duchas, apenas unos pocos lavabos y retretes, a todas luces insuficientes, máxime cuando, al par de días, llegaron baleares y conquenses.


Pues así, incómodos, abigarrados, sucios (en pleno otoño había aún restricciones de agua, y sólo nos permitían bañarnos una vez por semana en las duchas del batallón) y obedeciendo órdenes a tutiplén pasaron los meses de instrucción. Y no digamos nada de los "elefantiásicos mosquitos piraña"* que nocturnamente nos acribillaban. Aunque, las huellas del ataque aparecían en toda su magnitud al amanecer, tras el toque de diana; cuando nos mirábamos aterrados los unos a los otros y apenas nos reconocíamos: labios, carrillos, párpados, orejas... hinchados y deformados más allá de lo imaginable. 

Al cuarto día, finalizada la jornada "laboral", mi amigo Lalo (q.e.p.d.) me pidió que lo acompañara hasta las cabinas telefónicas, que se hallaban cerca de la entrada. Lo que vimos por el camino nos encrespó los ánimos. Los edificios de las compañías asignadas a madrileños, catalanes, vascos... eran una verdadera pasada: novísimas algunas, incluso de dos plantas, bien ventiladas (fíjense en las ventanas de la que se ve en la foto... y ésa no era de las mejores) convenientemente iluminadas, con taquillas individuales, excelentes baños e incluso con sala de recreo: billar, futbolín, juegos de mesa... No nos lo podíamos creer. Nosotros, los primeros en llegar, vivíamos como los antiguos esclavos de las plantaciones algodoneras, y sin embargo otros, rayaban en el lujo. Lo comentamos con el resto de compañeros, y estuvimos de acuerdo, casi todos, en que habíamos sufrido un trato discriminatorio. Pero, como nunca falta un roto para un descosido, se elevó una voz que dijo:

- No podemos quejarnos. La Biblia dice bien claro que los últimos serán los primeros.

Y entonces, fue cuando se me escapó aquello de: 

- "Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho. Ahora si que estamos jodidos."

Esas palabras subrayarían mi nombre en rojo para siempre, porque, en la mili, "Radio Macuto" funciona que da miedo.

Me reafirmé en mi aseveración cuando, el primer domingo tras nuestra llegada, formados ya para asistir a la misa de campaña, haciendo gala el ejército de un incipiente aperturismo, la voz cascada de un sargento tronó diciendo:

- ¡Atención! Los que no estén interesados en asistir a la santa misa, que den un paso al frente.

Hubo cuatro ingenuos que dieron ese paso; lo que, ciertamente, los eximió de aguantar a pie firme y bajo un riguroso sol de otoño,  aquella matutina ceremonia; pero, como contrapartida, los obligaron a cambiar la ropa de paseo por la de faena, y mientras el resto de compañeros disfrutábamos de la primera jornada libre, ellos se hartaron de fregar cubiertos, vasos, platos, sartenes, calderos, cucharones...

A partir de ese día, todos asistimos a misa, sin excepción. Pero, como amores a la fuerza, dejan de ser amores, si quedaban rescoldos de religiosidad en algunos, terminaron apagándose en la mili.

(*) Esta frase se la he cogido prestada a Forges, porque no he encontrado otra que definiera mejor a aquellos monstruos.

Miguel Ángel G. Yanes

13/5/11

CRISTINA

Sólo existía una Cristina en el universo remoto de mi infancia, era como una hermana mayor que cuidaba de mí y me llevaba con ella a todas partes. En realidad éramos una especie de primos en segundo grado, pero, muchas veces, donde se diluyen los vínculos familiares, triunfa el cariño que provoca el trato, y ése era nuestro caso.



Cristina era la hija menor de Agustín (el único hermano que le quedaba a Melania) y de Angelita, su esposa. Antes había nacido María Victoria y con bastante anterioridad, Ernesto, fruto del primer matrimonio de Agustín. Hecha esta capitulación, me queda indicar que su tía Melania fue la mujer que me crió, por lo tanto, aunque no existieran lazos sanguíneos, había una estrecha relación entre nosotros.

Para mí siempre fue el paradigma de la dulzura y de la belleza. Tenía un encanto que la hacía especial, y tengo de ella recuerdos imborrables, aunque también tenía su carácter. A pesar de la diferencia de edad, asistíamos al mismo colegio, aunque mi memoria no alcanza a recordar el nombre. Sólo sé que se hallaba en la parte baja de la Calle Calvo Sotelo, en Santa Cruz de Tenerife. Estaba regentado por dos hermanas: una maestra y la otra guardiana (la guardiana era dulce y la maestra ácida) Era un salón inmenso, al menos a mí me lo parecía, en el que, pequeños y mayores convivíamos separados sólo por la distancia, sin tabiques ni mamparas que la delimitaran.

Como vivíamos relativamente cerca, Micaela, su abuela paterna, era la encargada de llevarme a diario hasta el colegio, pero luego era Cristina, quién, por la tarde, me devolvía directamente a casa; salvo en esporádicas ocasiones en las que, con algunas de sus amigas, nos encaminábamos a la parte alta del Barrio de Salamanca, para comprar recortes de hojaldre en el obrador de un vieja pastelería. Es cierto lo que dicen de que, los olores, son una de las cosas que con mayor persistencia se fijan a la memoria. Aún hoy, cincuenta años después, ese aroma es capaz de despertar un carrusel de imágenes antiguas. Me ocurre lo mismo con el pan recién hecho, con el café tostado, con la tierra mojada...

A pesar de que mi abuelo poseía carné de conducir (nunca entendí para qué) jamás tuvo coche, por lo que, de vez en cuando, Agustín acudía a buscarnos con su pichirilo: un Austin con una matrícula de tres dígitos a la que mi memoria no consigue llegar. Ponía dos banquitos de madera entre los asientos para Cristina y para mí, y salíamos de jira por las enrevesadas carreteras de la isla. De esas salidas dominicales tengo una clara estampa de una que hicimos al Sauzal:  Un día luminoso y azul,  en una casa de comidas, sentados frente a una ventana que enmarcaba un pequeño velero sobre la mar en calma; Cristina disfrutando de un huevo frito "achicharrado" (como a ella le gustaba) mientras yo mojaba trocitos de pan en la yema del mío. Lo que son las cosas; es la única imagen que tengo de ese viaje.

Al morir Melania que era nuestro nexo de unión (yo apenas tenía 14 años) la relación con su familia fue diluyéndose paulatinamente hasta casi desaparecer. Transcurrieron los años, me independicé y perdí el contacto con ellos por completo. La vida siguió con su paso implacable y, al no movernos en los mismos ambientes, no volvimos a vernos aún habitando en la misma ciudad.

Cierto día, mi mujer, al volver del trabajo, me dijo:

- Recuerdos de Cristina.

No hizo falta más. Automáticamente supe de qué Cristina se trataba.

- ¿La sobrina de Melania, verdad?

- ¡Sí! Trabaja también en el hospital. Me detuvo esta mañana en mitad de un pasillo para preguntarme si yo era tu mujer. Se identificó explicándome que su tía Melania te había criado. Que te diera muchos recuerdos de su parte, y que hacía la tira de años que te había perdido la pista.

Las vueltas de la vida a veces son extrañas. A las pocas semanas volvió a hablarme de ella:

- Cristina vino hoy a nuestra unidad. Está enferma de cáncer.


Días más tarde, una mañana de sábado, para ser exacto, después de ¡treinta y tantos años! sin vernos, nos tropezamos en una esquina de la calle del Castillo. Un cariñoso abrazo y sendos besos intentaron ocultar tan larga ausencia, pero a pesar de su sonrisa, la tristeza de sus ojos hablaba ya de un tiempo malherido. Me explicó que había enviudado años atrás y que sus dos hijos aún vivían con ella. La tarde de ese sábado la volví a tropezar en la confluencia de las calles Méndez Núñez, Doctor Guigou y José Naveiras, justo donde se alza una solitaria palmera, frente al parque García Sanabria. Tuve un mal pálpito. Nunca he creído en las casualidades.

Ese verano, a la vuelta de un viaje, supe por boca de su hermana, que había fallecido dos semanas atrás. No conozco a sus hijos, pero me gustaría que supieran que su madre ocupa un lugar importante en mi corazón, y que, a pesar de haber cumplido su ciclo en este universo físico, mientras palpite en nuestro pecho, nunca estará ausente.

Quiero dejar aquí, en su memoria, este poema que no llegó a leer:
 
  BAILANDO SOBRE TALCO
(A Cristina Jorge Romero)
 

Danzando sin cesar
sobre una tenue alfombra
de iluminado talco,
perdiste pie en un giro
fugaz, y un golpe heló,
de pronto, la alegría
de la fiesta; tu cuerpo
contra la dureza
del granito estrelló
la luminosidad
de su sonrisa.

Rota muñeca fuiste
envuelta en una nube
de polvo blanco y gritos.

La música detuvo
su impetuoso fluir.
Cesaron al unísono
las palmas y los golpes.
Y un rictus de dolor
frunció tu frágil boca,
desmadejó tu rostro,
anegando tus ojos
en un mar de sal fina.

Lo intentaste tú sola,
pero el punto de apoyo
que buscabas cedió.
El excesivo peso
del dolor impedía
el intrépido acto
de elevarte.

El mundo se rompió
para ti en mil pedazos
cuando viste, aterrada,
que tu brazo también
estaba roto. Y el piano,
flotando tras la bruma
lunar de los espejos,
dejaba ver, abierto
de par en par, las hebras
metálicas del sueño
gestado en sus entrañas.

Pero yo siempre supe
que aparte de la luz
de la armonía, eras
la luz de la constancia.

La perseverante muchacha
cuyas manos,
ingrávidas gaviotas,
sin cesar aleteaban
sobre un mar blanco y negro
intentando atrapar
los cristalinos peces
que al escapar de ellas
nos salpican
aliviando las almas
de dolores,
de terribles olvidos
y de fuegos.

Más temprano que tarde
volverías
al sagrado misterio
de tocar.

Miguel Ángel G. Yanes

11/5/11

EL ZAPOTERO

Antonio, mi vecino, con el que suelo coincidir a diario a la hora de echar el primer café de la mañana, buen conversador donde los haya, me hablaba hoy de la desaparición en la isla de un curioso árbol procedente, al parecer, de las Antillas: el zapotero, y por ende, de sus dulces frutos, los zapotes. Automáticamente se iluminó un rincón de mi memoria:

- Pues en la carretera general del norte, en el término municipal de Santa Úrsula, existe un bar llamado El Zapotero, y creo que debe su nombre al árbol que se encuentra a su vera. La verdad es que jamás he reparado en sus frutos. Tampoco he tenido nunca la oportunidad de probarlos.


Supongo que pocos canarios conocerán tal fruto, pues, que yo sepa, no se comercializa en las islas; así que voy a aprovechar para pegar la reseña que, sobre él, ofrece el diccionario de la R.A.E.:

Zapotero o zapote

(Del nahua tzapotl, cualquier fruto de sabor dulce, aplicado luego al del zapote).

1. m. Árbol americano de la familia de las Sapotáceas, que puede alcanzar los 20 m. de altura, con tronco grueso y recto, de corteza gris verdosa y madera blanquecina, hojas lanceoladas, persistentes, flores blancas en umbelas, fruto drupáceo, aovado, de unos 7 cm de diámetro, con la corteza parda, dura y desigual, de pulpa amarillenta oscura, muy suave y dulce, con semilla gruesa, negra y lustrosa.


Rebuscando en la Red, he encontrado que existen diversas variedades de zapote, lúcuma o mamey, como también se le denomina en otras latitudes, aunque no todas provienen de la familia botánica de las sapotáceas, tales como el zapote negro y el amarillo. 



Una curiosidad: en la República Dominicana, el término mamey ha quedado como sinónimo de anaranjado.

Antonio, que de joven conoció la existencia de diversos ejemplares, cree que aquí está prácticamente extinguido.

- ¿Cómo que extinguido?... Si hasta hay un zapotero de esos que ha llegado a presidente de gobierno.

- ¡Sí!... pero se está perdiendo.

Miguel Ángel G. Yanes 
 

9/5/11

EL CIP


- Abuelo ¿Sabes qué es el CIP?

- ¿El qué?

- El CIP: Ce, I, Pe

- Pues… a mí me parece la mitad de CIP-OTE.

- No abuelo. Es el Código de Identificación Personal del Servicio Canario de Salud.

- ¡Ya estamos con las jodidas siglas! Hay tantísimas que no me aclaro con ellas. Además, eso del código de… no sé qué puñetas, es demasiado largo para mí. Yo lo voy a llamar el “CIPOTE”. Seguro que así no se me olvida.

Miguel Ángel G. Yanes

7/5/11

AGUACERO (POEMA)


Tras la cortina fría
de la lluvia se mienten
mar y cielo, fundidos
en un gris incesante.

Raya la aurora el lienzo
con un trazo continuo.

La boca de la gárgola
deja escapar un hilo
de curva transparente,
a intervalos cortado
por el beso del viento.

Una verde
luminiscencia puebla
el fondo del barranco;
ruge invisible el agua
bajo el frondoso manto.

En un charco no espejo,
infinitas y efímeras
las cúpulas se abisman.

Arrecia el aguacero
sobre los rostros fríos
que, estáticos, aguardan
el paso de los muertos.

Débilmente la niebla
se posa tras sus ojos.

Miguel Ángel G. Yanes

5/5/11

MANOLO CORREA "EL GOMERO"


En los últimos tiempos, un crescendo de óbitos de amigos, vecinos o conocidos, aún en la línea de la cincuentena o poco más, me zarandea sin cesar. Cada vez conozco a más gente en “esas fotos”. Sé que, paso a paso, mi tiempo se agota también inexorablemente, pero aunque lo asumo con lógica resignación, no puedo evitar un estremecimiento cada vez que un amigo aparece en las páginas necrológicas de la prensa. Todas las mañanas, en la barra del bar de costumbre, mientra consumo la diaria ración de cafeína, suelo ojear de ”pa a pe” el periódico local. Lo digo así porque, como la mayoría, comienzo siempre por el final para acabar llegando a la portada (lástima que no podamos hacer lo mismo con la vida) pero haciendo siempre una rigurosa escala en las esquelas.

Y esto me ha dado pie, antes de que esa ruleta se pare en mi casilla, para rendir un pequeño homenaje a quienes en los últimos tiempos se han marchado sin más: Carlos Bethencourt, Francis "Corleone", Reyes, Zezé, Manolo "El Gomero", ... y así un largo etcétera. Todos aquellos a los que el viento de la vida se llevó por delante, y que, desprendidos de esa carcasa de piel y huesos que nos sirve de soporte y amparo, dejaron atrás su afecto y su recuerdo. Y de entre todos ellos, siguiendo las directrices de aquel avatar de la divinidad que vino a decir, entre otras cosas, que los últimos serían los primeros, quiero hacerlo en principio con el último: Manolo Correa, alias "El Gomero".

Nos conocimos allá por los años 70 cuando él trabajaba para el bueno de Don Manuel en Deportes Lovero. Recuerdo el disgusto que se llevó el hombre cuando, años más tarde, Manolo decidió abandonar la seguridad de su empleo e irse a trabajar por cuenta propia. Y cómo, cuando se enteró de que las cosas le rodaban mal, lo llamó y le inisitió hasta la saciedad para que volviera, pero Manolo, que lo que tenía de buena persona lo tenía también de empecinado, nunca volvió.


En aquella época ya teníamos amigos comunes: Rafa Aguilar, Mele "El Cartucho", Josemari Trujillo, Paco “El Ménimo”. Y aunque no recuerdo quién nos presentó, mi memoria aún retiene la imagen de la primera vez que nos vimos: Barrio del Perú, tarde de verano, ropa de domingo, pantalón de campana, sweter minipull, zapatos de tacón cubano... Hubo siempre entre ambos una mutua empatía; a él le encantaba el boxeo, y a mí la afición me venía por herencia de mi abuelo paterno que, habiendo sido boxeador en sus años mozos, conservaba intacto su apego al deporte de las doce cuerdas. Crecí, por tanto, rodeado de revistas de boxeo y conocía de memoria los nombres de los grandes campeones de todos los tiempos.

Manolo y yo coincidíamos bastante en cuanto a preferencias pugilísticas. Admirábamos a Sugar Ray Robinson, Cassius Clay, Laszlo Papp, Carlos Monzón, Miguel Velázquez, Fred Galiana, Juan Albornoz “Sombrita” y Pepe Legrá, con quien le unía una buena amistad, ya que, habían coincidido en la Sala Price, pues Manolo, aunque amateur, también fue boxeador. Sé por Paco “El Ménimo” (residente en Madrid como Pepe) que se ven amenudo y que siempre le pregunta por él. Qué disgusto se llevará la próxima vez que se tropiecen, cuando le diga que ha fallecido.



Hace unos años a Manolo le detectaron un cáncer testicular. Lo operaron, le dieron radioterapia y consiguió salir adelante, pero el maldito cangrejo no se había marchado, estaba agazapado esperando el momento propicio y… ¡atacó de nuevo! Fue una metástasis fulminante.

Cuando supe por mi propia mujer que estaba ingresado en estado terminal en algún centro hospitalario (no sabía en cuál) me dediqué a buscarlo, pero (lo que son las cosas) como toda la vida lo conocí por Manolo Correa, mi búsqueda resultó infructuosa. Pero, de repente, una lejana bombilla se encendió en mi cabeza: ¡Josemari Trujillo! Eran amigos íntimos y seguro que él sabría dónde estaba. Pero no tuve suerte; no logré contactar con él. Mi última baza fue llamar a su hermana Macu que, apenas con un hilo de voz, se atrevió adecirme que, a Manolo, hacía una semana que lo habían enterrado.

Su nombre completo era Expedito Manuel Ángel Gámez Correa. Con razón no lograban encontrarlo, ni filtrando las bases de datos por el nombre ni por el primer apellido. Creo que a mí me ocurrirá tres cuartos de lo mismo, ya que, todos me conocen por Yanes o Míguel, simplemente.

Me enteré por Tasito, propietario del bar donde a diario acudo al café matutino (y a la sazón, vecino de Manolo) de que, el día que ingresaba en el hospital, le pidió que le guardara su álbum de fotografías, pensando, supongo, que nunca volvería, y que estaría más seguro allí que en su propia casa. Creo que acertó. Hoy me lo he subido al piso y estoy en la labor de escanear sus fotos, algunas de las cuales voy a colgar aquí:







Miguel Ángel G. Yanes

1/5/11

CUANDO PENSABAS QUE NO TE VEÍA

Desconozco quién es el autor o autora de este texto. Lo hallé en la Red, como tantas otras cosas preciosas e increibles que, de pronto, aparecen como lotos florecientes en mitad del barro. Está claro que lo escribió un adulto, pero desde la óptica de ese niño que todos llevamos dentro, aunque nos empeñemos tanto en ocultarlo. Pero hay cosas de ese niño a las que nunca deberíamos renunciar: su ilimitada capacidad de asombro, el poderío de su fantasía, la necesidad vital de aprendizaje, la facilidad de su sonrisa...


Cuando pensabas que no te veía, te ví pegar mi primer dibujo en el refrigerador, e inmediatamente quise pintar otro.

Cuando pensabas que no te veía, te vi arreglar y disponer todo en nuestra casa para que resultase agradable para vivir. Te vi pendiente de todos los detalles, y entendí que las pequeñas cosas son las que hacen especial la vida.

Cuando pensabas que no te veía, te escuché rezar, y supe que existía un Dios con el que que hablar  y en quien poder confiar.

Cuando pensabas que no te veía, te vi preocuparte por tus amigos sanos y enfermos y aprendí que todos debemos ayudarnos y cuidarnos los unos a los otros.

Cuando pensabas que no te veía, te vi entregar tu tiempo y tu dinero para ayudar a quienes no tenían nada, y aprendí que aquellos que tienen algo deben compartirlo con los que no tienen.

Cuando pensabas que no te veía, te sentí darme un beso por la noche y me sentí amado y seguro.

Cuando pensabas que no te veía, te vi atender la casa y a todos los que vivimos en ella y aprendí a cuidar lo que se nos da.

Cuando pensabas que no te veía, vi como cumplías con tus responsabilidades, aún cuando no te sentías bien, y aprendí que también debo ser responsable cuando crezca.

Cuando pensabas que no te veía, ví lágrimas en tus ojos y aprendí que algunas veces las cosas duelen, y es bueno llorar.

Cuando pensabas que no te veía, ví que te importaba y quise ser todo lo que pueda llegar a ser.

Cuando pensabas que no te veía, aprendí casi todas las lecciones necesarias de la vida para llegar a ser una buena persona cuando crezca.

Cuando pensabas que no te veía, sí lo hacía; e interiormente daba las gracias por todas las cosas que aprendí de ti… ¡cuando pensabas que no te veía!

Un niño.
***
"NO TE PREOCUPES AL CREER QUE TUS HIJOS NO TE ESCUCHAN... 
TE ESTÁN  OBSERVÁNDO TODO EL DÍA".

Madre Teresa de Calcuta.

Un lector anónimo, a quien agradezco profundamente el dato, me hace saber que la autora es Mary Rita Schilke.

Miguel Ángel G. Yanes