25/2/11

ENRIQUE GONZÁLEZ BETHENCOURT


Ahora que es tiempo de Carnaval, y la imagen de Enrique González Bethencourt (pintada con devoción por  Elena, su hija) aparece como cartel anunciador de este año, inundando con franca sonrisa de payaso esta ciudad nuestra, me adhiero, de todo corazón, a la propuesta de "Yo también quiero una estatua para Don Enrique González Bethencourt" abierta en la red social Facebook, donde cada ciudadano puede mostrar, públicamente, su apoyo a tal iniciativa, a fin de presionar a las autoridades municipales.

Reconozco que es de justicia homenajear a quien fue fundador y, durante tantísimos años, director de la murga decana del carnaval chicharreo: la Afilarmónica Ni Fu - Ni Fa, trabajador incansable y  firme valedor de la verdadera esencia de nuestra fiesta, erigiendo un monumento a su memoria, tal y como se hizo con el querido Tom Carby, pero... ¡por favor! sin esperar tantos años para ello.

Miguel Ángel G. Yanes

23/2/11

23-F

Fue también un 23 de febrero, pero del año 1973. Todo un golpe de estado contra mi libertad personal. Apenas había cumplido 17 años y medio, cuando firmé aquel contrato que me cortaría las alas para siempre. Entré a trabajar en una empresa hoy inexistente; se denominaba Compañía Telefónica Nacional de España (CTNE) y recuerdo que su anagrama era un escudo circular fundido en bronce (aunque en la imagen aparezca de cobre) donde se vislumbraban, en relieve,  Península Ibérica e Islas Baleares. Las Canarias, o no cabían o no eran España.


Lo nuestro fue una tríada de mano de obra urgente: MªCarmen Cedrés Hernández, Ana Mª Zuppo González (carezco de fotos suyas) y el que suscribe, logramos las tres plazas ofertadas por la empresa y entramos de golpe en su vorágine. Pasamos a formar parte de un departamento de reciente creación denominado Financiero. Tras tan pomposo nombre, se encontraba la oficina de cobro de recibos, y allí, tras un muro de papeles que me ocultaba a la vista (¡tierra trágame! fue mi primer pensamiento) comenzó mi vida laboral de la mano de Dª Isabel González, que era quien dirigía circunstancialmente aquel cotarro. Al poco tiempo se incorporaron también al equipo, Domingo Quintero, en calidad de jefe, y el amigo Bernardo Benítez Falcón, a quién ya conocía, con  lo que la oficina fue tomando cuerpo.


Haciendo llamadas telefónicas a troche y moche para comunicar a los abonados que acudieran a pagar, cortando talones a los recibos ya pagados, rellenando formularios a destajo, tachando de un lado y escribiendo en otro, sumando, restando, moviendo papeles, escribiendo a máquina, y aprendiendo a hablar en clave: A7, A8, 598, 599, C-95, transcurrieron los años, aquellos años hermosos de la juventud, tan mal aprovechados. Tenía un trabajo, sí, pero también una condena diaria de 8 horas entre cuatro paredes, bajo el tableteo ametrallador de las máquinas de escribir y el timbre incesante de los teléfonos, y mi espíritu comenzó a languidecer, porque... aunque procuraba hacerlo lo mejor posible, no me satisfacía nada aquel trabajo.


La gran ventaja era el horario. Trabajábamos de 7,30  a 3 de la tarde, y a partir de esa hora el tiempo era tuyo, pero como buen novato, me dejé imbuir por aquel sin sentido, por aquella absurda dinámica laboral de trabajos que no acababan nunca, y les vendí también esas horas sagradas. Bueno, les vendí unas cuantas y les regalé muchísimas, porque, éramos pocos para tanto volumen, y para aligerar la carga diaria, solía llevarme trabajo a casa, que nunca me pagaron. Pero, en fin, lo hice bajo la convicción de que aquella empresa era "nuestra", como nos hacían creer. Fuimos unos pobres ingenuos.

Tras casi dos años de diversos avatares, en diciembre de 1974, obtuve, por fin, plaza de empleado fijo. Entonces fue peor. Ya con un sueldo seguro "de por vida", como pensábamos entonces, dejé los estudios, compré una buena máquina y me convertí en motero de pro. Al menos aquello me aportó cierta libertad física y espiritual.


Agradezco profundamente a Gloria Castellanos Luque, Rosalina Honrado Franco, Cristi Cabrera Suárez, Enrique Palomo Díaz y Pedro Sebastián Rdguez. Álvarez, las fotografías del antiguo escudo de la C.T.N.E. que me remitieron.

Miguel Ángel G. Yanes

21/2/11

ESTA MEMORIA MÍA

Más allá de la coincidencia o discrepancia con sus criterios, alguna que otra vez, leo la columna que Andrés Chaves escribe para el periódico El Día y, en alguna ocasión, siguiendo su hilo conductor, logro hilvanar determinadas anécdotas o sucesos que esta memoria mía difuminó con el ineluctable discurrir de los años. Pero hoy no he conseguido hacerlo.

Nos explica D. Andrés, dónde se hallaba el 23 de febrero de 1981 y con quién, cuando el teniente coronel de la Guardia Civil, Antonio Tejero Molina y sus acólitos, irrumpieron por la fuerza en el parlamento español, con la clara intención de dar un golpe de estado. También nos cuenta cómo logró rapiñar, para su periódico, la famosa foto del golpista, pistola en mano, amenazando a todo un pueblo, no sólo a los presentes en el hemiciclo.


Pues bien: comento en voz alta dicho artículo con los parroquianos (son las 8 de la mañana y estoy leyendo la prensa y tomando mi ración diaria de cafeína, en el bar de costumbre) haciendo hincapié en la nitidez de los recuerdos del periodista, lo que nos da pie para preguntarnos dónde estaba cada uno de nosotros en ese momento histórico. Y cuál no sería mi sorpresa, al caer en la cuenta de que mi memoria confundía a Tejero con el Papa. ¡Dios mío! Bueno, no es eso exactamente, y tampoco tiene nada que ver con la famosa fotografía de Benedicto XVI con tricornio, no; me estoy refiriendo a Juan Pablo II, y a que, a pesar de tener una imagen nítida de dónde me hallaba y con quién (en el Bar de Las Tortillas, en La Laguna, con mi amigo José Ramón Ballesteros Navas "Pepín") cuando la radio dio aquella noticia que nos hizo ponernos en pie; no logro recordar si ése fue el día del intento del golpe de estado o el del atentado contra el Papa.


Miguel Ángel G. Yanes

14/2/11

EL DÍA DE SAN VALENTÍN

Mi abuelo Juan era aficionado a la cría de pájaros, aunque nunca le hizo gracia aquella palabra: pajarero. Decía que le sonaba a pajareta (vaya usted a saber por qué). Pues bien, saco esto a colación de la fecha en la que estamos, 14 de febrero, Día de San Valentín o de los Enamorados, porque era este día cuando él emparejaba a las aves. Hasta ese momento, cada macho ocupaba su propia jaula, mientras que las hembras se hallaban juntas en uno o varios jaulones (jaulas de mayor tamaño) dependiendo del número de ellas que tuviera. Había que preparar un jaulón especial para cada pareja, con espacio suficiente para ambos y para las futuras crías. Se colocaba un nidal y se ponía a su alcance algún tipo de elemento que les permitiera confeccionar un nido sobre él; solían ser, por lo general, hebras de tela, estopa o arpillera.

Un día que le pregunté por qué había elegido esa fecha para “casar” a los pájaros, me explicó que era justo en esa época cuando se emparejaban y apareaban en la naturaleza, y que, posiblemente, fuera ése el origen del Día de los Enamorados, al ser observado este hecho por los humanos, considerándolo como un símbolo de amor y procreación.

 Históricamente esta festividad tiene su origen en la Roma clásica donde, Cupido, dios del amor, heredado de los griegos que lo llamaban Eros, recibía ofrendas por parte de quienes deseaban encontrar el verdadero amor. Posteriormente, el cristianismo adaptaría esta fiesta pagana, asignándola bajo la advocación de San Valentín, un sacerdote cristiano que, ya en la Roma del siglo III, cuando aún el cristianismo era perseguido, se atreve a casar a los soldados (algo que estaba prohibido) a escondidas de las autoridades romanas, por lo que resulta procesado, siendo declarado culpables y ajusticiado por decapitación, un 14 de febrero.

Siglos más tarde, la Iglesia Católica, recupera la historia de San Valentín, como medio para acabar con una tradición pagana que aún subsistía entre la población, una fiesta derivada de los ritos en honor del Fauno Luperco (Pan para los griegos), dios de la fertilidad, que se celebraba el día 15 de febrero. Consistía en una especie de sorteo, a través del cual, a cada joven se le asignaba una muchacha, que sería su compañera durante todo el año. La Iglesia sustituyó esta celebración pagana, canonizando a San Valentín y convirtiéndolo en patrono de los enamorados.


San Valentín es considerado, por la tradición popular, el fundador y primer obispo de la comunidad cristiana de la ciudad de Terni (Italia). Allí reposan sus restos, en la basílica de su mismo nombre.


Miguel Ángel G. Yanes

13/2/11

FIRMIN

Odio las grandes superficies comerciales, ¡sí! las odio a muerte, pero en algunas ocasiones, no me queda más remedio que transigir y acompañar a mi familia a alguna de ellas, bien para hacer la compra del mes, para buscar algún producto en particular o para comprarle algún regalo a alguien. Me marea la música "ambiental", me agobia la cantidad de gente, me pone de los nervios su continuo barullo de hormiguero, me duelen los talones de tanto tiempo en pie, me... bueno, sólo hay una cosa por la que merece la pena tal paliza: ¡los libros! aunque ése no sea su lugar.


Siempre he sido un ratón de biblioteca, de librería, de ferias editoriales, de ocasionales rastros de librero; disfruto ojeándolos, leyendo sus contraportadas, alguna página al azar, los datos de edición, las notas biográficas... y casi siempre, suelo salir con uno entre las manos. Me gustan los libros gruesos, sobre todo novelas, y si alcanzan las mil páginas o más, mejor que mejor; así me duran un buen rato porque, lo reconozco, soy un adicto, un incondicional, un empedernido lector que no quiere renunciar a uno de los pocos vicios que le quedan. Y eso, a pesar del hándicap que para mí supone el uso de las gafas, a las que no termino de acostumbrarme. Pero la presbicia, vengándose por todos los años en que no las precisé, me ha encadenado a ellas sin remedio. "Y no te quejes", me dice el doctor del Arco Aguilar (mi oftalmólogo) "que yo las llevo desde niño".

En mi última excursión forzada a una de esas grandes superficies, mientras ojeaba los libros más vendidos de la temporada, colocados en grandes y gruesas torres, siempre a punto de desmoronarse: "La caída de los gigantes", "Riña de gatos", "El cementerio de Praga", "El tiempo entre costuras"... de pronto reparé en un libro diminuto que alguién había abandonado entre aquellos. Editado por Seix Barral, su autor era un tal Sam Savage y, en la portada, sobre una reseña que indicaba que se habían vendido ya más de un millón de ejemplares en todo el mundo, aparecía una rata ojeando un libro (¿les suena?)


A pesar de ser una novela harto canija: apenas llega a las 220 páginas, no pude resistirme a su atracción y me hice con ella de inmediato. Creo que, instintivamente, me sentí identificado con aquel roedor. Su imagen y la del libro que observaba, estaban dibujadas a carboncillo sobre fondo blanco, mientras que el título: "FIRMIN" destacaba en rojas letras de molde. Curiosamente, siempre suelo escribir con tinta roja, lo que, dicho sea de paso, me ha ocasionado ya algún que otro contratiempo, pero ese detalle de color, aumentó aún más, si cabe, mi interés por aquella obra diminuta.

Es la historia de una rata, narrada por ella misma, y comienza justo en el momento en que su madre, a punto de parir, busca cobijo en el sótano de una vieja librería. Allí da a luz una camada de 13* cachorros, de los cuales, Firmin es el último en nacer, y por ello no alcanza ninguna de las 12 tetas, ya ocupadas por sus hambrientos hermanos, viéndose condenado a la inanición y a la muerte. Por fortuna para él, su madre estaba alcoholizada. Todas las noches, cuando salía a buscar alimento, aprovechaba para lamer botellas de cerveza, de ron, de whisky o de cualquier otro licor, e incluso bebía de los pequeños charcos que a veces se formaban en la parte trasera de los bares, de tal modo que, borracha perdida, llegaba dando tumbos a alimentar a su extensa prole. De inmediato, los efluvios del alcohol la sumían en el más profundo de los sueños, mientras sus crías mamaban con desesperación; pero claro, ingerían alcohol a través de la leche materna, y terminaban cayendo también en aquella profunda somnolencia, lo cual era aprovechado por Firmin para vaciar el contenido de cada una de las tetas. A esas alturas, la leche se había liberado prácticamente del alcohol. Así logró sobrevivir.


El relato de sus memorias va dando cuerpo a una novela exquisita en la que, el amor por los libros y la devoción por su lectura, va definiendo el caracter de Firmin, conformando un universo propio, donde los sueños y la dura realidad van entretejiendo una madeja que termina envolviéndonos sin remedio. Para mí es una obra genial.

(*) El 13, heredado de mi abuelo paterno, se supone que es mi número de la suerte.

Miguel Ángel G. Yanes

9/2/11

TOM CARBY

Ahora que, cumpliendo con el rito cíclico del tiempo, los carnavales están de nuevo a la vuelta de la esquina, quiero rendir un sentido homenaje a la memoria de Tom Carby, al que tuve la suerte de conocer a través de mi amigo Reyes (q.e.p.d.) quién sentía por él un profundo respeto y admiración. A la sazón, existía un mutuo aprecio entre ambos, no en vano fueron vecinos, prácticamente, durante toda la vida.



Tomás Carvajal Rodríguez, alias "Tom Carby", alma-mater de Diablos Locos, la murga trónica del barrio santacrucero de Cuesta de Piedra, tiene ya, en la plaza que lleva su nombre (después de 15 años de espera) una merecida escultura, fundida en bronce, que resalta los elementos distintivos, gafas y peluca, que siempre lo caracterizaron como carnavalero de pro.


Hay un dato curioso con respecto a él: y es que fue boxeador amateur en la década de los 60, llegando a enfrentarse, e incluso a ganarle un combate, a quién, ya como profesional, llegaría a ser campeón de Europa del peso superligero: Juan Albornoz "Sombrita". Muchos que desconocían esa etapa de su vida y que "Tom Carby" era su apodo pugilístico, por respeto y quizá por similitud fonética, lo llamaban... Don Carby. De una manera u otra, ha quedado en la memoria de todos los chicharreros, como uno de los más firmes valedores de nuestro carnaval.


Este personaje inolvidable falleció el 31 de octubre de 1994, y aún cuando, cada año, añoramos su presencia, su espíritu sigue vivo en el alma de su murga, representada ahora mismo por su hijo Maxi, y en un próximo futuro por su nieto Tomy, que ya apunta maneras de director, siguiendo la estela de ese abuelo al que no tuvo la dicha de conocer, pero que, desde el cielo, guía sus pasos con cariño y determinación.



Miguel Ángel G. Yanes

7/2/11

UN REGUERO DE LUZ (POEMA)


(A John Oregón)

Desde la línea añil de nuestro mar,
cuyo beso de espuma estalla y queda
prendido en las aristas lávicas de las Islas,
al murmullo distante de tus pasos
sobre la piel de América, se extiende
un reguero de luz que recompone
los antiguos senderos perseguidos.

Miguel Ángel G. Yanes

5/2/11

EL FOULARD

La luz de la tarde se había difuminado más deprisa que de costumbre, empujada por los grises nubarrones que presagiaban la primera tormente del invierno. Oscurecía ya, cuando al pasar frente a la entrada del Jardín Botánico, hallé en sus escaleras un hermoso foulard de seda cuyo dibujo imitaba la manchada piel de los leopardos; bordeado por unos flecos largos y suaves, exhalaba aún un aroma tenue de perfume. Indeciso, lo tuve unos instantes entre las manos, dudando entre si llevármelo o no.



La puerta del recinto con la reja echada, era síntoma inequívoco de que el horario de visitas ya había terminado. Miré a mi alrededor y no distinguí un alma. Por contra, al otro lado de la calle, restaurantes y cafeterías, bullían de gente, y unos pocos camareros, iban y venían, multiplicándose sin cesar, con sus uniformes negros y amarillos, como abejas obreras libando entre las flores, en su afán de servir las vespertinas cenas a una colorida clientela, mayoritariamente extranjera.


Pensé que un objeto bello y delicado como aquel foulard, habría dejado un triste desconsuelo en la mujer que lo perdiera. Tal vez fuera el regalo de una persona amada, un cariñoso presente de algún hijo, un detalle de compañeros de trabajo, o un simple capricho que ella misma se permitiera. De cualquier forma, si se me hubiera perdido a mí, habría vuelto atrás para buscarlo. Claro que, si fue una persona que vino en autocar, en un viaje concertado, no tendría posibilidad de regresar, pero si fue alguién que acudió en coche particular o en el transporte público, ya fuera en guagua, en taxi o en pirata, sí que dispondría de esa posibilidad. No obstante, cabría plantearse también,aparte del valor sentimental, el valor económico del foulard, porque quizá no fuera suficiente como para deshacer el trayecto, y escasas las posibilidades de encontrarlo. A lo mejor su dueña, ni siquiera era consciente de dónde lo perdió. Y en esas disquisiciones estaba inmerso con el pañuelo aún entre las manos, cuando se me ocurrió atarlo al soporte de la señal de tráfico más cercana. Allí lo dejé: bello, nuevo, oloroso... con la esperanza de que su propietaria, al echarlo en falta,  regresara a por él, aunque lo más lógico era que cualquiera, al pasar, se lo llevase.


Han transcurrido las semanas; el invierno llegó con su delirio de lluvia, viento, frío, incluso algo nieve con la que decoró las cumbres de la isla, y el  foulard sigue allí, pero a pesar del nudo que le hice, arrastrado por el peso del agua, resbaló hasta el pie del soporte, y tendido en la acera, deshilachado, desvaído el color,  perdido el apresto, es un simple guiñapo que en nada se parece a aquel precioso foulard que encontré aquella tarde.

Es entonces cuando me percato de las similitudes con la vida misma, y comienzo a hacerme preguntas que nadie responderá jamás.

Miguel Ángel G. Yanes