28/10/10

UN BALÓN DE REGLAMENTO


Volvíamos de dejar a mi cuñado Paco en el “Huevo Frito” (Benchijigua Express, para los que no sean de aquí) que viajaba por vía marítima a La Gomera (Isla del Archipiélago Canario, dato también para lo que no sean de aquí) por motivos laborales (cosas relacionadas con el “trabajo”, ahora lo dijo para la gente de aquí, donde resulta algo rarísimo de conseguir) Pues bien, habíamos dejado a Paco a bordo y volvíamos en coche, cuando, detenidos en la cola que, a diario, se forma en la Vía de Penetración (¡Manda cojones! A quién se le ocurriría ponerle ese nombre) que comunica Playa de Las Américas con los Cristianos, vimos un balón de fútbol abandonado en el jardín de la mediana.

-¡Cógelo, cógelo!
Dijo mi tocayo
Guerrero.

-¡Déjalo, déjalo!
Dijo mi mujer.

Y en ese instante de duda, con inusitada rapidez, se bajó el conductor del coche que teníamos delante y se hizo con él. Lo apretó, lo sopesó, lo colocó con mimo sobre el césped del jardín y, ante el asombro general, en vez de llevárselo… le pegó ¡tremenda patada!; con tan mala fortuna, que fue a dar en el parabrisas de un taxi mercedes que se hallaba en el carril opuesto. El taxista, furioso, se bajó a su vez y se fue a por el chutador, con la clara intención de arrearle un sopapo, pero éste, que además de al fútbol debía dedicarse también al atletismo, al ver que se le venía encima aquel gigante endemoniado, en lugar de subirse de nuevo al coche, echó a correr a toda pastilla en el sentido de la marcha, ante lo cual, el otro desistió de su empeño, si bien le regaló una abundante sarta de insultos e improperios.


Ante la pitada monumental que se armó, otro de los pasajeros del vehículo, ahora sin conductor, se puso al volante y deshizo el atasco, recogiendo a continuación al futbolista que, acojonado, esperaba en el cruce, abrazado al semáforo.

Miguel Ángel G. Yanes

24/10/10

EL COLCHÓN DE LA FELICIDAD

Alguien ha intentado convencerme de que existe el colchón de la felicidad. Al parecer es un colchón económico sobre el que se puede saltar y ser feliz. Por lo visto debe de estar muy lleno de billetes, para que amortigüe bien los golpes, porque si no, los costalazos son tan morrocotudos que eres incapaz de volver a levantarte, a no ser que alquien te ayude y lo rellene convenientemente, metiendo muchos más billetes en él, para que puedas subir de nuevo.


El problema es que para hacerte con un colchón de esos, necesitas primero tener un capital, así que, si eres un simple trabajador; a no ser que te caiga del cielo, merced a una herencia o una lotería... iba a decir también a través de un crédito bancario, pero tal cual están las cosas, va a ser más viable lo primero. Bueno, pues a lo que íbamos; que trabajando asalariadamente, nunca vas a reunir dinero suficiente para comprarte uno. Y por lo visto, sin ese colchón, no hay nada que hacer.

¡Ah! Pero no desesperes, porque aunque posea una clara utilidad, no creo yo que tenga nada que ver con la felicidad; como mucho será el colchón del bienestar o el de la seguridad económica, y poco más. Tengo claro que la felicidad no es nada parecido a un colchón.

Es sistema capitalista se ha ocupado de convencernos, generándonos necesidades a diestro y siniestro, de que la felicidad es comprar, comprar, comprar... para tener, tener, tener... "porque cuanto más tengas más feliz vas a ser", pero el consumo desmedido al que estamos abocados, lo que realmente nos está creando es una angustia vital  que nos impide ver la realidad.

No existe un colchón de la felicidad. Sólo existe saltar, saltar libre, desnudo de perjuicios, al espacio vacío de la vida, sin colchón y sin red, porque, caigamos donde caigamos... ¡el propio salto es la felicidad!


Miguel Ángel G. Yanes

22/10/10

LA ANÉCDOTA DEL SEMÁFORO (AÑOS HA)

Avenida de Anaga, 11,30 de la mañana.

Una anciana, bastante ágil a decir verdad, intenta cruzar un paso de peatones con el semáforo en rojo. Frenazos, pitadas, gritos.

Me acerco a ella y tomándola del brazo la hago retroceder hasta la acera.


- ¡Maleducados, que son unos maleducados! Apostilla.

- ¡Señora!, es que ahora mismo ellos tienen preferencia.

- Pues “Allí” siempre paran.

- ¿Y dónde es “Allí”?

- ¡En La Palma!

- ¡Ah...!

De inmediato lo vi claro; en aquella época, el ritmo de la vida "Allí", era otro bien distinto, sosegado, distendido, amable... nada que ver con la barahúnda de aquí. De hecho, el único semáforo que existía en la isla estaba en la zona de los Cuarteles, y con toda probabilidad, ella no lo habría visto nunca.


Intento explicarle qué debía fijarse también en la luz del semáforo.

- ¿Ve Vd. aquel muñequito rojo? Pues cuando cambie de color es el momento de cruzar.

- ¡Ay, no me haga reir!… y si se avería y no cambia ¿voy a estar aquí toda la vida?

Miguel Ángel G. Yanes

20/10/10

LA NUEVA PLAZA DE ESPAÑA

A mí, personalmente, no me gusta nada.

Por fortuna, en el país en el que estamos y en los tiempos que corren, ya se puede opinar sobre cualquier cosa con total libertad sin que te metan mano, y hoy voy a decir en voz alta: ¡No me gusta! No me gusta en absoluto cómo ha quedado la Plaza de España.


Entiendo bien poco de arquitectura, y supongo que no estoy capacitado para ningún tipo de valoración, pero me basta con mirar alrededor para comprender que aquello, no tiene nada que ver con el entorno. Un entorno de corte neoclásico (Cabildo, Correos) y racionalista (Casino) destrozado desde hace tiempo por la imagen del Edificio Olimpo, sustituto del antiguo hotel Orotava, que era, cabe decirlo, menos pretencioso y más acorde con el resto de edificaciones.


No me gustan los negros mamotretos (léase pabellones, si se quiere) aunque me admire la belleza del "jardín vertical". Yo había entendido que se trataba de abrir la ciudad comunicándola con el puerto y no de ponerle muros que dificultaran su visión.

Sentarte en la terraza del British o del bar Atlántico, ya sin su balaustrada de madera y sin sus típicas macetas colgantes, nunca ha sido lo mismo de antaño, pero es que ahora, y por muy bonito que esté decorado, tienes un muro a cuatro palmos de tus narices que te impide ver la plaza, y no digamos los barcos o la mar.
Tampoco me gusta la telaraña de cables que pende sobre nuestras cabezas, por muy originales que sean las "gotas". Pero si ya habíamos prescindido de ellos por incómodos y antiestéticos. Es como retroceder hacia épocas pasadas, cuando los cables se tendían de fachada a fachada para sostener las viejas luminarias.

No me gusta la "lámina de agua". Lo desmesurado de su tamaño hace que, al bordearla, no pueda reprimirme y diga lo de… "vuelta al ruedo y oreja".

¡Sí! Sé que se puede cerrar el grifo y aprovechar la zona para cualquier tipo de evento, pero no es eso lo que me molesta, sino la cantidad de espacio útil que ha quitado, sobre todo a los críos.

No me gusta la situación en que la han quedado los guerreros de bronce. Antes, sus enormes pies, quedaban a la altura de nuestros ojos y la perspectiva los hacía parecer gigantescos. Hoy, al haber perdido sus pedestales, en comparación me resultan enanos.

Tampoco me gusta un prisma negro situado frente a la fachada principal del Cabildo, supongo que será la caja del ascensor para acceder a unos garajes subterráneos, merced a los cuales no se pudo instalar la arboleda que figuraba en el proyecto original. Con media docena de laureles nos taparon la boca.


Echo de menos los hermosos parterres: el césped, los rosales, y ya no digo nada de los bancos de piedra con sus respectivas pérgolas, y las enredaderas ofreciéndonos el amparo de su sombra en las horas de sol.


No era lo mismo dar la vuela a la plaza entre las esculturas, la torre y los jardines que hacerlo ahora alrededor de un charco.

Miguel Ángel G. Yanes
05/10/08

17/10/10

32 AÑOS DESPUÉS

Pocas emociones pueden compararse al encuentro de un grupo de amigos tras más de 30 años sin verse. Algo vibra muy adentro del pecho y los ojos se nublan de repente en la fuerza efusiva del abrazo.

Los años y la distancia nos había separado más de lo previsible, pero merced a la labor y al empeño de Joan, pudimos darnos ese abrazo tanto tiempo postergado. Fue a orillas del Ebro, en plena plaza del Pilar de Zaragoza, al peso de un mediodía de plomo derretido. “Lorenzo” no quería perderse tampoco aquel encuentro y nos iluminó con toda la fuerza de su agosto.


A mí, como isleño de las “colonias de ultramar”, viviendo a tantas millas de la metrópolis, es a quién más le cuesta desplazarse; no tengo más opciones que el barco o el avión, pero ellos que pueden hacerlo con mayor facilidad, bien en coche, en autobús (allí no hay guaguas) o en tren, apenas se habían visto en alguna ocasión. La verdad es que la vida nos encarrila y nos absorbe de qué manera.

En principio habíamos previsto aquel encuentro para la primera semana de mayo, aprovechando la festividad del día 1 (ya no me atrevo a llamarla por su santo nombre) y que aquí, en Santa Cruz, el día 3 también era festivo, pero un problema de índole familiar me hizo postergar el viaje, de modo y manera que, a la postre, viajó la familia al completo, a excepción de mi suegra, que ya se encontraba atendiendo a su hija mayor en Palamós (Girona), hacia donde nos dirigimos.


Me ha faltado apuntar que del grupo de amigos, siete en total que, además de la mili, compartíamos piso en Cartagena, hubo dos a los que nos fue imposible localizar:Guillermo Contreras González (chicharrero como yo) y Tomás Velasco Alonso (vasco de pro) y un tercero: Jesús Mir Mur (catalán, está claro) quién, a pesar de que Joan logró contactar con él, no pareció muy interesado en el proyecto. Así que nos reunimos:Joan Puig Bolta (artífice del encuentro), Pere Casajuana Soler, Jesús Mutuberría Ibarra y el que suscribe, amén de las esposas de todos, y de mi hija y su novio, que no quisieron perderse el acontecimiento.


He de decir que, físicamente, los reconocí sin problema, estamos más o menos conservados para nuestra edad: menos pelo, más barriga, algunas arrugas; lo normal después de los 32 años transcurridos.

Compartimos una comida fraternal en la mismísima plaza del Pilar, charlamos sobre los viejos tiempos, recordamos anécdotas, personajes, sitios, vimos fotos de la época… en fin, lo que suelen hacer unos amigos, en su intento de recuperar lo que han sido la vida de los demás durante todos estos años.


Tras el café, levantamos el campamento y, para cumplir con la tradición, nos decidimos a visitar la basílica. La verdad es que se agradecía huir del calor al amparo de bóvedas y cúpulas, a la vez que disfrutar de la magnificencia de su obra y de su arte. Lo primero que captó mi atención fueron los huecos abiertos en el techo, fruto de dos bombas (que aún se encuentran en el templo) al parecer, tiradas por la aviación republicana durante la Guerra Civil, y que no llegaron a explotar. Yo no tengo claro si fue un milagro o si carecían de espoleta… tampoco tengo muy claro quién las tiró. Otra cosa que me impresionó por lo inusual, fue el gran despliegue de banderas hispanoamericanas que adornan las columnas. No en vano, la Virgen del Pilar es la Patrona de la Hispanidad. Lo majestuoso de la basílica y la gran cantidad de obras de arte de su interior, sobrecogen el ánimo de cualquiera: pinturas, templetes, esculturas… pero sobre todo me sentí impresionado por el coro y el retablo mayor.


Concluida la visita, y a pesar de que el calor no había cedido un ápice, decidimos dar un paseo por los aledaños de la plaza. Recorrimos algunas calles, algunos rincones típicos, pero pudo más “Lorenzo” que nosotros y terminó obligándonos a buscar refugio en una tasca donde, entre ventiladores y cañas de cerveza, apuramos la tarde.

Tras un fuerte y emotivo abrazo nos despedimos en el mismo lugar en el que nos habíamos encontrado unas horas antes. ¡Ah! Y nos prometimos no volver a dejar pasar tantos años hasta la próxima reunión, ¡je, je! que posiblemente se haga en Tenerife.



Miguel Ángel G. Yanes

15/10/10

EL "ABURRAMIENTO"

"Cogito ergo sum" (pienso, luego... existo) o bien: pienso, luego... burro, o cualquier otro animal que se les ocurra y que se alimente de pienso, o sea que “piense”.

Que digo yo, qué en cuanto a entes pensantes que se supone somos, no estaría de más que tomáramos algunas medidas encaminadas a una clara diferenciación con el burro, asno, onagro o como quiera que llamemos a ése de las orejas grandes y la voz potente; no vaya a ser qué, estando en peligro de extinción en nuestro país, vayamos a ocupar ese nicho vacante porque, incomprensiblemente, ahora que poseemos un medio de comunicación tan poderoso como la televisión, corremos ese riesgo.


Las posibilidades culturales y educacionales de tal medio, rayan en lo infinito, pero no debe interesar demasiado que el pueblo llano se eduque y culturice (está claro que cuanto más culto es un pueblo, más difícil de manipular) y en vez de enseñarnos a pensar, nos echan pienso a destajo, y nos hartamos de él hasta tal punto que se nos atrofian las entendederas.

Fíjense ustedes que a mí, el burro siempre me resultó un animal encantador: noble, suave, cariñoso (supongo que estaré influido por la idea del Platero que nos legó Juan Ramón Jiménez)… pero, en contra de lo que se piensa, trabajador no es, porque si no se le obliga, no asume la maldición bíblica que intentamos traspasarle a toda costa, lo cual me parece hasta políticamente correcto por su parte. Sin embargo, desde pequeñito siempre oí decir aquello de... "no seas burro".


Por algo sería que se nos equiparaba siempre con ese animal y no con otros; hasta el punto de inventar aquel castigo consistente en unas orejas de cartón, que encasquetaban en la cabeza de los más “torpes” (entiéndase también los más rebeldes o poco maleables) para mofa y escarnio del resto de sus compañeros.

Pues bien, si no andamos listos, y dejamos de tragar esa ingente cantidad de basura televisiva, a parte de aburrirnos, vamos a terminar también por “aburrarnos”.

Miguel Ángel G. Yanes

12/10/10

EL REMOLINO

Nunca estuve afiliado a ningún partido político, ni, con la edad que tengo, creo que llegue a estarlo jamás. Ya me siento bastante manipulado por el Sistema y me debo a demasiadas disciplinas, para encima tener que aguantar una de partido. También es verdad que nunca aspiré a medrar en esas lides.


En los primeros tiempos de la actual “democracia”, amigos y compañeros de trabajo intentaron convencerme de afiliarme a un bando u otro, pero mi filosofía de la vida, me empujaba a ser lo más independiente posible, y a votar a quienes merecieran mi confianza (personas, no partidos) siempre que apoyaran a los más desfavorecidos y estuvieran en la ribera que yo consideraba la más justa del río.

Eso no quita para que tenga una tendencia política, unas ideas y unos ideales.

Me crié al amparo de un abuelo republicano que había pertenecido a la FAI (Federación Anarquista Ibérica) y que por ello estuvo preso en Fyffes, y a punto de que le dieran “pasaporte”, pero tuvo la fortuna de que un amigo, coronel del ejército nacional, con el que durante años formó pareja para jugar al dominó, le echó un capote en el momento justo. No supe nunca cómo, pero logró sacarlo de la funesta cárcel.


Aunque mi padre, que era su único hijo; no sé si por las circunstancias sociales y políticas de la época, o por razón de alguna extraña ley de compensación, el caso es que asumió desde joven lo de ser de derechas, y a fe que lo era, aunque nunca entendí el porqué.

Hoy nos quieren convencer, con discursos más o menos manidos, de que esos conceptos de izquierdas y derechas ya se han diluido, que son cosa del pasado, y que ahora, lo único que prima, son los dogmas del capitalismo neoliberal (globalizado y salvaje, añadiría yo) por encima de cualquier otra cuestión. Sin embargo, habría que puntualizarlo muy bien, porque esto es sólo un mecanismo de los neoliberales: presentar al oprimido/a bajo la forma del opresor. En realidad, con la búsqueda de su panacea, que no es otra cosa que el mercado libre total, lo que persiguen es anular las conquistas sociales que tanto han costado a los trabajadores.

Cuando Tierno Galván se decidió a volcar el PSP en las filas del PSOE, como única solución para fortalecer a la Izquierda, se produjo una profunda escisión entre sus miembros. Unos aceptaron el trasvase, otros se afiliaron al Partido Comunista que, más tarde, se iría disolviendo poco a poco, y el resto, juntos con una cohorte de simpatizantes, entre los que me hallaba, quedamos en medio de un remolino que todavía gira sin cesar.

Miguel Ángel G. Yanes