30/10/09

UNA BOUGANVILLA SE RESISTE A MORIR

Primero voy a intentar ubicarla por si ustedes no han reparado en ella: Puerto de la Cruz; Urbanización La Paz, parking del supermercado SPAR; confluencia con la avenida Marqués Villanueva del Prado. (¡Que venga Dios y la vea! No entiendo cómo una ciudad turística se puede permitir tener el asfalto de su acceso principal en unas condiciones tan deplorables). Pues bien, en esa esquina, una bouganvilla se resiste a morir.

Cuando se asfaltó, años ha, el terreno de lo que hoy en día es el mencionado aparcamiento, ella ya se encontraba allí, pero nadie tuvo la delicadeza de dejarle, al menos, un palmo de tierra junto al muro donde pudiera medrar. La cortaron a ras del suelo y la cubrieron de "piche".

Pues sí, "piche" fue lo que sepultó las raíces de la bouganvilla, una capa asfixiante, ardiente, pegajosa, densa y oscura que parecía condenarla sin remedio, pero también fue "piche" lo que, contra todo pronóstico, se resquebrajó un día ante su empuje. Y hoy, diminutas ramas intentan aferrarse con desesperación al aire diáfano, a un rayo de sol, a una gota de lluvia.

No molesta a nada ni a nadie, y sin embargo sobrevive a duras, a durísimas penas en un rincón carente de lo más elemental, sin que se le preste la más mínima ayuda.

Así y todo, en un alarde de generosidad, regala sus incipientes flores a los ojos de todos aquellos que reparan en ella.

No sé de quién depende el minúsculo territorio donde habita; si del ayuntamiento, del supermercado o de algún particular, pero pido por favor que, sea quien sea, tenga a bien compensar su empeño, su lucha, su generoso sacrificio, habilitándole un mínimo espacio, una diminuta poceta, un puñado de tierra desde donde pueda trepar libremente hacia la luz, porque así, al tiempo que crece, la magia de su alquimia va a llenarnos el alma de paz, de malva, de silencio.

Miguel Ángel G. Yanes
01/04/09

25/10/09

A CUENTA DE UN POEMA DE MACCANTI

 Comencé a conocer la obra de Arturo Maccanti a principios de los años 80, merced a mi amiga Mª Cleofé Linares, que era y supongo seguirá siendo (no hemos hecho mucho caso a Platón y ha crecido algo de hierba en el sendero de nuestra amistad) una ferviente admiradora del poeta.

De inmediato me sentí cautivado por la profundidad de su poesía. Leí con avidez los libros que a mis manos llegaron y descubrí que me sentía bastante identificado con su perspectiva de la vida, con el ritmo vital de su búsqueda y también de su denuncia. Puede que haya leído poemas más hermosos, pero pocos me han impactado tanto como "Columpio solo".

Lo he releído en repetidas ocasiones a lo largo de estos años y sigue estremeciéndome el mismo escalofrío de la primera vez. Cuánto dolor y cuánta tristeza se hilvanan hilo a hilo para formar la urdimbre, cuánta ternura pende de sus hebras y cuánto desconsuelo tiñe su enfurtida memoria.

El inmenso dolor de haber perdido un hijo más allá de la luz. Quizá el mayor dolor del mundo para el qué, los consuelos humanos o divinos, no sirven demasiado. Queda la fe, el resto de la familia, los amigos... pero esa herida abierta nunca dejará de sangrar en el pecho de un padre (no digamos ya en el de una madre).

No puedo remediarlo. Aquel poema caló tan profundo en mi interior qué, cuando alguna vez al anochecer, se me hace paso frente a los columpios del García Sanabria, me paro a contemplarlos con una especie de temor reverencial, al tiempo que desgrano sus versos mentalmente. Ahí sigue columpiándose sobre la piel del aire y no consigo evitar que una humedad nocturna distorsione en mis ojos la frágil realidad que nos circunda.

Asumir el dolor de los demás, hacerlo propio, no llegará jamás a tener la intensidad de quien lo sufre pero, si un temblor repentino nos estremece, acaso ese hijo perdido sea nuestro también, por arte de la magia sublime de unos versos.

Miguel Ángel G. Yanes

22/10/09

CHÍCHARO

En la Sexta de televisión, en las jornadas de liga futbolística, ponen un programa titulado Minuto y Resultado (bastante logrado desde mi punto de vista) en el que van detallando las incidencias de los diferentes partidos. En el mismo, cada vez que se produce un gol, aparece un pez desfilando de izquierda a derecha de la pantalla, y el locutor de turno indica que se ha marcado un chicharro en tal o cual campo.

¿No será un chícharo en lugar de un chicharro?

Según consta en la vigésima segunda edición del diccionario de la lengua de la Real Academia Española, un chicharro o jurel es un pez teleósteo marino que, entre otras cosas, da nombre a un gentilicio, del cual me honro, dado a los habitantes de Santa Cruz de Tenerife, aunque, en la actualidad, se extiende a todos los habitantes de la isla: chicharrero (término despectivo empleado por los habitantes de La Laguna, que fue la capital isleña hasta el siglo XIX, para designar a las gentes del entonces pobre y pequeño puerto de pescadores de Santa Cruz y que, al trasladarse la capitalidad a dicha población, sus ciudadanos asumieron como propio.) Pero no entiendo qué relación tiene la palabra chicharro con un gol. Sin embargo "chícharo" sí que la tiene.




Recuerdo que de pequeño oía decir: "Le metieron tantos chícharos", refiriéndose a goles, pues la palabra chícharo, también según el diccionario de la RAE, hace mención a algo redondo, como puede ser un guisante o un garbanzo, y esto sí que tiene un claro símil con un balón; pero lo de chicharro, sigo sin verlo claro.

¡Ah! También hay una frase que los canarios hemos hecho nuestra: "no disparar chícharo" refiriéndose a no dar ni golpe en el trabajo, y que tiene su origen en el lenguaje coloquial de los cubanos.

Miguel Ángel G. Yanes

14/10/09

AROZARENA, RAFAEL

Me gustaría poner mi granito de arena en memoria del recientemente fallecido Rafael Arozarena Doblado. Desaparecido tan sólo del mundo de las formas, porque, en la medida en que continúe en nuestro recuerdo y en nuestros corazones, seguirá estando vivo; amén de su pervivencia a través del conjunto de su magnífica obra literaria.

En los últimos tiempos, a pesar de tener la salud bastante quebrantada, no perdió un ápice de su agudeza ni de su proverbial socarronería. Me contaba mi mujer que, recientemente, a raíz de sus problemas renales, no le quedó más remedio que acudir al hospital, y cómo, aún en aquellas condiciones, tuvo humor para piropearla por aquellos ojos que vislumbraba sobre la mascarilla. Ella se identificó como mi esposa, pero él no consiguió recordarme.

La última vez que lo vi fue en la zona de la Cruz del Señor, en compañía de Juan José Delgado, y ya era evidente el deterioro físico que le provocaba la enfermedad. Solía acudir con relativa frecuencia a una empresa editorial que, hasta hace poco, se hallaba ubicada en los bajos del Edificio Mataverde, donde vivo desde hace más de veinte años; y después de gestionar sus asuntos se dirigía, acompañado por Raquel la propietaria de la editorial, a tomar un cortado al bar Los Tres Mosqueteros. Allí coincidimos en alguna ocasión.

Comencé a conocer sus poemas a principios de los años 80, gracias a Fátima Said, con quien le unía una buena amistad. Leí parte de su obra poética con especial deleite, hasta el punto de que algunos de sus versos, quedaron en mi memoria para siempre: "Altos crecen los cardos / brillantes y espinosas / inútiles espuelas"… "vestida de altramuces / con tus maizales verdes"... También leí, años ha, su famosa novela Mararía. Con posterioridad, cuando fue llevada al cine, no quise verla; sabía que, de hacerlo, las imágenes que aún bullen en mi cabeza, serían sustituidas sin remedio por las que aparecieran en pantalla.


Reconozco públicamente que tengo una deuda pendiente con Rafael Arozarena. A pesar de escucharle decir en alguna ocasión que su mejor novela era "Cerveza de grano rojo", aún no me he decidido a leerla. Prometo hacerlo en breve. Hoy, como sentido homenaje a su persona, adjunto este pequeño poema, escrito para él en octubre de 2000 y que forma parte del poemario titulado “Húmedo labio de la isla”, inédito aún.

Roto y vencido el día
(A Rafael Arozarena)

La sangre sin fin de las amapolas, / el amargo sudor de las ortigas, / la dolorida tierra, su cansancio, / el fragor de los lirios combatiendo / con espadas de luz en la maleza, / el tembloroso labio del helecho / ante el cariz final de la batalla, / y en su pasión, las zarzas / coronando la tarde con espinas / ante la rendición total / de un ejército azul de girasoles.


Miguel Ángel G. Yanes

10/10/09

“TUROKA” (LA CIUDAD DE PIEDRA)

Lo de “Turoka” es una licencia que me he permitido en alusión a “Turok”, El Guerrero de Piedra, de Editorial Novaro que, allá por la década de los 60, formó parte de nuestra iconografía infantil de héroes de lo que, en las Islas, dimos en llamar “colorines”, en clara alusión a sus portadas a todo color (en aquellos años, las páginas interiores aún se editaban en blanco y negro) y que en otras latitudes denominaron comics, tebeos, historietas…

¿Qué niño de aquella época no recuerda el formato apaisado del Capitán Trueno, El Jabato o El Cosaco Verde?

Fueron las aventuras de Turok de las primeras, que yo recuerde, en aparecer en formato vertical y con las páginas interiores coloreadas, lo que daba un plus de belleza e intensidad a sus andanzas, siempre ambientadas en la Edad de Piedra y rodeado de todo tipo de dinosaurios.



Contemplando las obras de ejecución del viario y rehabilitación del Barranco de Santos, no sé si es bueno o malo que las márgenes y los aledaños del mismo se hayan cubierto de piedras de arriba abajo; estéticamente es bastante discutible, por lo que tampoco voy a entrar a dilucidar si resulta denso, feo y monótono o sus correspondientes antónimos, pero lo que sí sé, es que no se ha dejado un margen para la vegetación, para que descienda o trepe, igual me da, y cubra en parte, las desnudez vertical de sus paredes.


Hay que recordar que el cauce del barranco (vamos a dejar las basuras que tiramos, a un lado) siempre fue un espacio de una belleza agreste, unas verdes pinceladas de musgo, charcos y arbustos, dando un toque silvestre al exceso de asfalto y hormigón de este paisaje urbano.

Por mucho que se haga mención en el Proyecto de Rehabilitación del Barranco, al “descubrimiento de su roca natural y reimplante de vegetación”, tengo la sospecha de que nadie ha pensado revestir todos estos muros cuya visión… ¡cansa!

Miguel Ángel G. Yanes
30/07/08

6/10/09

ESPERO QUE LO LEA

Hoy hablo de un amigo que está postrado en la cama de un hospital... más bien de alguien que lo atiende, supongo que no gratuitamente, sino cobrando el salario que, en virtud de su categoría laboral, le corresponde. Pues bien, este individuo (lo sé por boca de mi amigo, al que se le saltaban las lágrimas al contármelo) se permite la licencia de gritarle y avasallarlo verbalmente por el hecho de hacerse sus necesidades encima.

El paciente no se hace sus necesidades encima porque le da la gana. No lo puede evitar. Hay una enfermedad terrible que le está deshaciendo los órganos internos (eso debe saberlo usted mejor que yo) y le está provocando una diarrea incontrolable que lo tiene realmente abatido. Si usted encima lo avasalla y lo pelea por algo sobre lo que su organismo ya no tiene ningún control, moralmente lo hunde en la miseria, hasta el punto de negarse a comer para evitar esas heces que luego lo avergüencen.


Me parece una postura deleznable por su parte, máxime cuando estas personas requieren sobre todo apoyo y comprensión. No voy a pedirle que sea cariñoso, no es su cometido; el cariño ya se lo damos otros. Es por eso que hoy, públicamente, me quejo de su forma de actuar aunque no lo nombre, porque tampoco es plan que su incompetencia, me refiero a la humana, no a la laboral, salpique a sus compañeros ni al centro de trabajo.

Mire "amigo", para desempeñar esa labor, aparte de verdadera vocación, hay que tener don de gentes. Si usted no vale para ello, por favor, dedíquese a otra cosa, que hay muchas personas humanamente cualificadas, esperando la oportunidad de un puesto de trabajo. Y no se olvide de que mañana, a más tardar, puede ser usted mismo ese paciente que no consigue controlar sus esfínteres. Supongo que no le gustaría que alguien lo avasallara.

Miguel Ángel G. Yanes

5/10/09

MERCEDES SOSA

A través de la prensa, me entero en la mañana de este lunes caluroso de otoño, de la muerte de Mercedes Sosa.

La tristeza, con húmedo aleteo, se ha posado de pronto en mis pestañas, despertando un sinfín de recuerdos que dormían sepultados bajo el polvo del tiempo. A pesar de que llevábamos muchos años sin vernos, y de que ya no suena su voz tan a menudo en casa, siempre existirá entre ambos un vínculo de poesía y música.

Tuve el honor de conocerla aquí, en nuestra isla, a raíz de un concierto que ofreció en la Plaza de San Pedro de Güímar, del que guardo un imborrable recuerdo, aunque mi memoria no consigue fijar la fecha de su actuación; debió ser a finales de los años 70 o principio de los 80, y tampoco tengo la certeza de si fue esa la primera vez que actuó en Tenerife, aunque así me suena.


El timbre de su voz, la potencia de sus graves, y la pureza de su corazón derramaron un río de sentimientos sobre los que tuvimos la fortuna de disfrutar de aquella noche mágica, a pesar del penetrante zumbido que emitía uno de los focos del escenario, que a punto estuvimos de apedrear.

Mercedes era, es y será por siempre "La Voz de América"; una garganta puesta al servicio de los pobres, de los humildes, de los desheredados. Defensora a ultranza de las causas más nobles, recorrió el planeta poniendo el alma en el loable empeño de conseguir un mundo más justo para todos.

Sus comienzos musicales no fueron demasiado fáciles, hasta que en 1965, Jorge Cafrune (bendita sea su memoria) la invitó a cantar en el Festival de Cosquín, donde se consagró ante un público enfervorizado. A partir de ahí despuntó de manera fulminante, hasta convertirse en el mayor exponente de la música popular latinoamericana.


En la discografía de Mercedes Sosa hay temas realmente magníficos. Podría enumerar docenas de ellos: Gracias a la vida, La viajerita, La oncena, Como un pájaro libre, Si se calla el cantor, Alfonsina y el mar… pero una de mis canciones preferidas se titula Marrón:

"…Por las calles de la villa / se me astilla mi canción / dos niños se pelean / por un rayo de sol / miseria está muy fea / miseria que pasó / no dejes que te vea / tu espejo de cartón…" "…monedero sin dinero / no se asusta del ladrón".

Como personaje de talla mundial, sus restos fueron velados en el Salón de los Pasos Perdidos, en el congreso de la nación que la vio nacer: Argentina, aunque dado su compromiso social, su lucha en pro de los desfavorecidos y su proyección internacional, me atrevo a catalogarla, con palabras del filósofo Lanza del Vasto (discípulo de Gandhi) como "ciudadana del mundo".


Por todo lo que nos legaste… ¡Gracias Mercedes! Descansa en paz.

Miguel Ángel G. Yanes

1/10/09

TONTO LO JUSTO

Afortunadamente en Canarias no existen guindos (árbol de la familia de las Rosáceas, especie de cerezo, del que puede distinguirse por ser las hojas más pequeñas y el fruto más redondo y comúnmente ácido)

Que conste que no lo digo porque no me gusten las guindas. Me encantan. Incluso el árbol en sí tiene un porte exquisito. Sobre todo cuando se encuentra en flor, es una maravilla para los sentidos.



Lo digo por la sencilla razón de que, si aquí hubiera guindos, tal vez me habría caído de uno sin darme cuenta. Ésa, al menos, es la sensación que percibo. Como si determinadas personas estuvieran convencidas de que me caí de alguno; cuando son ellas las que se pasan la vida columpiándose como si fueran micos, hartándose a reventar en las alturas y tirándonos luego sus desperdicios.

La verdad es que pesan demasiado, en mi ánimo y mi carácter, tantos años de vida laboral. Me doy perfecta cuenta de que estoy envejeciendo y, francamente, ya no estoy por la labor de aguantarle “miconadas”… digo… mariconadas ¡a nadie!

Tonto lo justo, no más.

Miguel Ángel G. Yanes